Voces del Carnaval de Oruro: el alma de un patrimonio vivo
No importa el tiempo que pase, ni los nuevos destinos que mi espíritu viajero me depare: el Carnaval de Oruro en Bolivia siempre ocupará un lugar privilegiado en mi corazón de Trotamundos porque aquella primera visita en 2014, fruto del azar, las causalidades o las casualidades, quedó marcada como un flechazo a primera vista. Jamás desaparecerá de mi recuerdo aquel impacto imborrable de hospitalidad, belleza, majestuosidad, folclore y fiesta en un lugar que ni siquiera existía en mi mapa mental y en mis referencias viajeras. Aquel “Carnaval cerca del cielo” que rezaban las pancartas publicitarias fue, para mí, exactamente eso: un éxtasis entre lo terrenal y lo sagrado, entre lo desconocido y lo sentido.
Ese impacto me ha acompañado desde entonces, y por eso, cada vez que se presenta la ocasión —ya sea en pequeños corrillos o con un micro por delante— me descubro convertido, sin proponérmelo, en embajador entusiasta del Carnaval de Oruro.
Uno de esos momentos “con micro por delante” fue en 2021, en el espacio viajero “De acá para allá” de Radio Elda SER, con el que colaboraba quincenalmente por aquel entonces. Entre tantos destinos que merecían voz, no podía faltar un programa dedicado enteramente al Carnaval de Oruro.
Pero claro, no quería que el programa fuese solo una sucesión de mis impresiones, emociones y percepciones: quería aportar profundidad, contexto y conocimiento.
Y, para ello, volví a buscar a mis bolivianos de referencia, a todas esas personas que, desde aquel viaje en 2014, me hicieron sentir el calor a 3.706 metros sobre el mar. Un simple mensaje bastó para encender de nuevo la chispa. La memoria hizo lo suyo. Y Oruro, como si nunca se hubiera ido, volvió a ocupar su lugar en mi presente.
Además, como canta la canción —“los amigos de mis amigos son mis amigos”—, surgieron nuevas conexiones: Mauricio Cazorla, historiador orureño; Pablo Osorio, amigo de Alicia, a la que conocí en 2014 junto a Raúl… Todos ellos abrieron nuevas puertas para seguir profundizando en esa fiesta lejana en el espacio y en el calendario, pero muy viva en mi memoria.
Lo que empezó como un deslumbramiento se convirtió, con los años, en una búsqueda. Quería comprender no solo lo que había sentido, sino por qué lo había sentido. Qué había detrás de esa emoción que no se apagaba. Fue así como entendí que, para contar el Carnaval de Oruro con justicia, tenía que escucharlo en voz de sus protagonistas.
Y ha sido gracias al máster de Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism que he tenido la oportunidad de desarrollar un proyecto de investigación sobre un destino. Al elegir destino, no lo dudé: vi el cielo abierto. Pero no cualquier cielo, claro está. El de Oruro. Ese lugar que, una década atrás, ya me había hecho vivir un éxtasis cerca del cielo.
Pero esta vez no quería limitarme a observar, ni siquiera a relatar solo desde la emoción —que, dicho sea de paso, nunca he querido dejar de lado, porque las fiestas populares, el folclore y la cultura tienen mucho de corazón, de piel—. Sentía, casi como un deber, la necesidad de escarbar más hondo. De ir más allá de la lente del turista o del viajero entusiasta. El Carnaval de Oruro merecía ser contado con rigor, respeto y profundidad. No bastaba con decir que era hermoso. Había que explicar por qué lo era. Qué memorias, qué símbolos, qué promesas y qué dolores lo tejían. Qué lo hacía único en el mundo.
Fue así como, en ese camino investigativo, llegué al videopodcast Calvario, un archivo sonoro tan esclarecedor como emotivo. Gracias al trabajo de Miguel Ángel Foronda Calle —danzante, gestor cultural y voz comprometida con la difusión del patrimonio— descubrí un mapa afectivo y testimonial del Carnaval que me ayudó a preparar el viaje con otra mirada. Cada episodio era una lección de historia viva, una pieza más en ese puzle que yo quería recomponer con mi propia voz periodística, pero también con las voces de quienes viven, sueñan y danzan el Carnaval desde dentro.
En esos pasos también me di cuenta, a través del material encontrado en el ciberespacio, de que la mayoría de las miradas periodísticas externas —incluso muchas dentro del propio país— se quedaban en la superficie. Mostraban lo espectacular, pero no desvelaban esa hondura que permite, no solo sentir, sino comprender el Carnaval de Oruro. Reforcé entonces mi convicción: a la mirada puesta en la belleza, había que sumarle la mirada puesta en lo profundo, en las raíces.
Y, para ir a las raíces, nadie mejor que los propios orureños: las voces protagonistas.
Comencé a tejer un universo de contactos de la mano de quien se convirtió en mi guía en todo este proceso, el historiador Mauricio Cazorla. Tenía claras las capas que quería abordar: la historia y orígenes del Carnaval, su dimensión religiosa, la organización y promoción de la fiesta, las tradiciones, el folclore y la música, las vivencias desde dentro, la economía, la moda, la artesanía, la sostenibilidad, la gastronomía y también cómo se vive el Carnaval desde la distancia. Y, por supuesto, los retos y desafíos que enfrenta.
Siempre con el acompañamiento generoso de Mauricio, fui armando una red de más de 50 contactos anotados en mi Excel. Por supuesto, muchos se fueron quedando en el camino. Incluso, una vez en Oruro, algunas personas que habían confirmado su participación se cayeron de la agenda a última hora. Hubo inevitables dosis de frustración, pero también el aprendizaje de saber fluir con la vida. Como dice el dicho popular: “Somos los que somos, y estamos los que estamos”.
No voy a negar que me hubiese gustado contar con más representatividad institucional, especialmente por parte de organismos como el Viceministerio de Turismo , la alcaldía de Oruro o la ACFO (Asociación de Conjuntos del Folklore de Oruro), estos dos últimos, según la Ley N° 602 de Bolivia, los organizadores del Carnaval de Oruro conjuntamente con el Comité Departamental de Etnografía y Folklore de Oruro. Pero las puertas que se abrieron, y las voces que se sumaron, fueron las que han terminado dando alma a este proyecto hoy. Quién sabe si habrá otras que le den continuidad.
Igual que algunas entrevistas se truncaron en el camino, este también deparó otros descubrimientos. Como por ejemplo, el encuentro fortuito, en una entrevista a pie de grada, al Nuncio apostólico del Vaticano en Bolivia, Fermín Emilio Sosa Rodríguez.
Y así, una vez en Oruro, poco a poco, las voces se fueron sucediendo. Todas, sin excepción, dejaron en mí una huella. Historias de danzantes que lloran por promesa, diseñadoras que bordan identidad en cada traje, músicos que sienten la banda como una extensión de su alma, activistas que bailan por amor y por justicia. Cada testimonio me mostraba una nueva arista de ese mosaico inmenso que es el Carnaval de Oruro.
Entrevisté a Marcelo Meneses, “Alma Tunante”, cuya cámara no solo capta luz y color, sino también alma, memoria y dignidad y que, tras un carnaval codo con codo, se convirtió en mi “hermanito boliviano”. A Mauricio Cazorla, historiador incansable, que me llevó por los túneles del tiempo hasta los orígenes más profundos de la fiesta. A David Aruquipa Pérez, wapuri Galán de la Cullaguada, que danza con orgullo, disidencia y ternura. A Germán Flores, artesano caretero, cuyas manos modelan el rostro simbólico del Carnaval en el seno de una familia con más de 150 años de tradición. A Carlos Delgado, arquitecto y danzante, que me enseñó que entre piedra y fe también se puede bailar. A Mónica Siles y Carla Pinky, diseñadoras que no solo visten cuerpos, sino que visten historias, identidad y cultura. A Miguel Ángel Foronda, creador del videopodcast Calvario, que ha hecho de su voz una plataforma para preservar, emocionar y difundir. A Natilena Blanco, cocani y comunicadora, que encarna el poder de la promesa y la belleza vivida. A Ramiro Flores, músico fundador de Llajtaymanta y promotor cultural, cuya voz y guitarra resuenan como himno identitario. A Fray Sergio Mendoza, rector del Santuario del Socavón, con quien comprendí el verdadero significado de la peregrinación. Y a Javier Cárdenas, investigador y escritor, que me ayudó a mirar el sincretismo no como contradicción, sino como esencia del alma orureña.
Estas voces —doce, pero inmensas— dan forma a “Voces del Carnaval de Oruro”, el serial sonoro que he creado dentro de mi proyecto de pódcast En viaje y alma. Pero no son las únicas que resonaron durante mi paso por Oruro. Muchas otras personas me regalaron palabras, gestos, historias y miradas que, aunque no quedaron registradas en una entrevista formal, sí quedaron grabadas en mí. Danzantes anónimos, señoras que compartieron su comida, fotógrafos venidos de lejos, artesanos que me mostraron su taller sin cita previa, músicos que me hablaron entre ensayo y ensayo, desconocidos que se convirtieron en aliados. Todo eso también es parte de este viaje.
Porque si algo aprendí durante mi investigación es que el Carnaval de Oruro no se termina nunca. Siempre hay algo más por descubrir, por sentir, por entender. Cada encuentro abre nuevas preguntas. Cada relato invita a quedarse un poco más. Tanto, que no me bastarían diez carnavales para abarcarlo todo. Y aun así, valdría la pena vivirlos. Yo estoy dispuesto.
Por eso, con la mochila llena de grabaciones, emociones y certezas inciertas, quiero invitar al mundo a escuchar este universo compartido. Voces del Carnaval de Oruro no es solo un pódcast: es una celebración hablada de la memoria, la identidad y la fe de un pueblo. Un retrato coral tejido desde dentro. Ojalá al escucharlo, tú también sientas el eco de esos pasos que, como promesa, siguen danzando cerca del cielo.