En Oruro, no hay Carnaval sin música, ni música sin Carnaval

Así lo comprobé nada más llegar a Oruro el viernes previo al Festival de Bandas, que cada año se celebra justo una semana antes del sábado de Peregrinación o Entrada.

Aquel viernes, mientras el taxi se deslizaba desde la terminal de buses hacia el centro de Oruro, recién llegado de La Paz, ya sentía que el Carnaval había comenzado para mí: el aire vibraba con ecos de trompetas, bombos y platillos. Abandoné rápido el equipaje en la habitación alquilada y, guiado únicamente por el sonido, aún sin referencias claras de la ciudad, caminé hasta la Avenida Cívica. Al día siguiente, ese mismo lugar congregaría a más de 4.000 músicos y a miles de personas para celebrar la XXIII edición del Festival de Bandas y yo iba a estar allí.

Bajo un cielo altiplánico cargado de presagios festivos, al girar la esquina de la calle Adolfo Mier, me topé, de pleno, con el origen de aquel estruendo que me había dado la bienvenida: cientos de músicos ensayaban, afinando instrumentos y emociones, para lo que estaba por venir. Para mí, era el primer latido de un corazón que ya no dejaría de sonar en los días siguientes.

Esa misma tarde, no sin antes dejar que mis pasos me llevasen por primera vez al epicentro espiritual del Carnaval y de Oruro, el Santuario del Socavón, la música continuó marcando mi jornada. Crucé la ciudad hasta el Teatro de la Casa Municipal de Cultura, donde me encontraría con uno de mis referentes orureños: el historiador Mauricio Cazorla. Esa noche, la Fraternidad Artística y Cultural La Diablada, junto con la Orquesta Sinfónica de Oruro, ofrecían el concierto “Carnaval Sinfónico Oruro”, un homenaje sonoro al Bicentenario que unía tradición folclórica y música académica. Y, lo mejor, que cada interpretación musical iba precedida de una narración histórica, en la voz del propio Mauricio Cazorla, que no solo contextualizó cada pieza, sino que siguió contribuyendo a enriquecer mi mirada sobre el alma histórica, simbólica y festiva del Carnaval que estaba por vivir.

Con solo unas horas en Oruro, ya percibía que la música aquí no es un acompañamiento: es el centro mismo de la experiencia. Recordaba algo que me impactó profundamente cuando viví el Carnaval por primera vez en 2014: algunas bandas superaban los 200 músicos. Yo, que vengo de Elda (Alicante) —tierra de Moros y Cristianos y de música de bandas—, donde ya nos parecen apoteósicas las que alcanzan los 70 u 80 integrantes, no podía dar crédito. Aquello no era una banda, era una marea sonora, una sinfonía andina que rompía cualquier referencia musical previa que yo tuviera.

Y lo mejor era saber que, pocos días después, iba a volver a vivirlo. Que una nueva Peregrinación me esperaba… y yo estaba listo para dejarme atravesar de nuevo por esa sinfonía andina.

En esta tierra, las bandas, integradas efectivamente por cientos de músicos que tocan de memoria y con el alma, marcan el paso, la energía y la emoción del Carnaval. Son ellas quienes guían a los danzarines en su promesa a la Virgen del Socavón, quienes transforman el asfalto en un escenario y quienes encienden el corazón de los espectadores. Ese pulso colectivo que se siente en el pecho más que en los oídos se ha forjado a lo largo de décadas de historia.

La tradición de bandas en Oruro se hunde en un mestizaje musical que comenzó a gestarse entre los siglos XIX y XX, cuando trompetas, trombones y saxofones —herencia europea— se fusionaron con ritmos y cadencias andinas. Tras la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, florecieron las primeras bandas militares y civiles, y fue en la década de 1960 cuando las llamadas “bandas de bronce” comenzaron a interpretar danzas folclóricas con una fuerza y sonoridad que marcaron un antes y un después. Así nació un lenguaje musical propio, un sonido que hoy define al Carnaval.

Desde entonces, algunas agrupaciones se han convertido en emblemas sonoros del altiplano. La Intercontinental Poopó, con su potencia inconfundible; la Internacional Unión Pagador, de percusión temible y corazón vibrante; la Espectacular Bolivia, siempre fiel a la tradición; la Fabulosa Poopó, la Super Central, la Unión Imperial, la Central Cocani… Cada una ha labrado su personalidad, una forma de estremecer con una diablada, de acariciar con una morenada, de elevar una cullawada. Y no faltan agrupaciones más recientes como la juvenil Pendek’s Band o la Banda Imperial Sajama, que aportan nuevas generaciones, nuevos bríos y un colorido particular al repertorio.

Según me contaban muchos orureños, a veces basta con escuchar un solo compás —un bombo, una entrada de trompeta, un repique de platillo— para reconocer qué banda se aproxima. Porque cada una tiene su propio timbre, su cadencia, su forma de conmover. Son más que agrupaciones musicales: son custodios del ritmo, guardianes del sentimiento. Porque en el Carnaval, ellas no acompañan… Ellas guían. Ellas encienden. Ellas hacen que todo, absolutamente todo, comience a danzar.

Pero detrás de ese latido, de ese despliegue sonoro que conmueve a todo Oruro, hay mucho más que intuición o talento: hay ensayo, rigor, compromiso. Y así lo comprobé en los días previos al gran día.

Invitado por Iván Irigoyen, joven músico de la Banda Espectacular Bolivia, tuve el privilegio de asistir a uno de sus ensayos. Para llegar hasta allí tuve que alejarme del centro de la ciudad. Iván me había citado en el Teatro Internacional Oruro. No tenía claro dónde estaba, pero me dejé llevar por el taxi que intercepté junto a mi alojamiento. El trayecto fue largo —el más largo de todos los días que estuve en Oruro— y me dio la sensación de haber salido de los márgenes urbanos.

Al llegar, descubrí un edificio descomunal, cerrado a cal y canto, rodeado de descampados donde flotaba el polvo, sin aparente presencia humana. Tuve que bordearlo hasta alcanzar la parte trasera del complejo. Desde la distancia, vislumbré un grupo de personas ataviadas con trajes rojo, amarillo y verde: los colores de la bandera de Bolivia. Me sorprendió ver que, en medio de aquel paisaje desolado, bajo la fuerza seca del sol altiplánico, los músicos ensayaban con sus galas completas. Comprendí que, si en ninguna parte del mundo la música se improvisa, en Oruro menos que en ninguna.

Aquel nivel de entrega, disciplina y pasión era la materia prima del engranaje sonoro que sostiene al Carnaval. A un lado, músicos de todas las edades afinaban instrumentos, repasaban repertorios, corregían pasajes con atención quirúrgica. Al otro, parte de la banda ensayaba las coreografías que pronto llenarían las calles. Era como observar un corazón ensayando sus propios latidos.

Fue, sin duda, una experiencia de inmersión total. Ese primer pulso musical con el que me recibió Oruro la tarde de mi llegada seguía resonando en mi interior. Me fui de allí con la melodía grabada en la memoria… y con la marca del sol andino tatuada en la coronilla.

Como tatuado tienen los orureños un nombre, el “Jacha” Flores. Porque hablar de la música del Carnaval es, inevitablemente., hablar de él: José Félix Flores Orozco, conocido por todos como el Jach’a, palabra aymara que significa ‘el grande’. Y lo fue. A lo largo de su vida compuso más de 300 canciones, muchas de las cuales hoy son himnos populares cargados de emoción y devoción. Su nombre, aunque no era el centro de mi investigación, apareció una y otra vez en las entrevistas que realicé a diversas “Voces del Carnaval de Oruro”.

Y luego, escuchando y sintiendo en la calle muchas de sus composiciones, entendí que el Jach’a no solo compuso canciones, sino que escribió parte del alma del Carnaval de Oruro. Temas como El Chiru chiru, Chiquita Orureñita, Cecilia o Antes de morir han trascendido generaciones y forman parte del repertorio ineludible de toda buena banda. La música de Jach’a tiene algo de marcha de guerra, de oración, de declaración de amor al pueblo y a la Virgen. Esas canciones no solo se tocan: se gritan, se bailan, se lloran. En cada compás se oye la memoria de un pueblo que ha sabido hacer de su música una forma de trascendencia.

No solo ocurre con las composiciones del “Jacha” Flores, sino con la mayoría de las canciones que suenan durante el Carnaval. Son verdaderos relatos que condensan emociones intensas: historias de amor, nostalgia por la tierra, orgullo por la fraternidad o ruegos a la Virgen. En sus versos se encierra una parte esencial del alma orureña. Algunas letras se convierten en mantras colectivos, coreados con fuerza al paso de la danza. Y, para un recién llegado como yo, resulta abrumador ver cómo cada letra está en boca de todos, sin distinción entre danzarines y público.

En la Peregrinación, aún para un oído no afinado como el mío, te das cuenta que cada danza tiene su estilo musical propio. La Diablada suena potente y teatral, con piezas como «Diablos Locos», «El Chiru Chiru», o «Corazón de Sudamérica». La Morenada es cadenciosa, elegante, a veces melancólica: «Brujita», «Aromeñita» o «Soy de Mejillones» son clásicos. Los Caporales combinan ritmo y fuerza, con temas como «Ay Rosita» o «Soy Caporal». Los Tinkus, con su energía guerrera, resuenan con «Leydi» o «Para que la vida». Los Tobas traen dinamismo y agilidad: «Somos de la Central» o los mixes de Fusion Ruana animan a saltar sin pausa.

Y así podría seguir con las llameradas, incas, negritos, wititis, cullaguadas, kallawayas, suri sicuris, potolos, zampoñeros o doctorcitos. Cada estilo tiene su color musical, sus instrumentos distintivos y su cadencia.

Y cada fraternidad y conjunto folclórico escoge cuidadosamente su banda y su repertorio.

En mi caso, fue una melodía la que me escogió a mí. El último día que estuve en Oruro, el lunes 3 de marzo, al subir al bus que me llevaría de regreso a La Paz, no podía sacarme de la cabeza un verso que había escuchado durante todo el Carnaval: “Mañana cuando me vaya, tú llorarás…”. El alma musical del “Jacha” Flores también se había apoderado de mí. Era como un eco, como un mantra, como una despedida sentida.

Y entonces, el viaje se cerró con una escena tan inesperada como simbólica: en el mismo bus viajaba Luzmila Carpio, la musa de “Jacha” Flores, una de las voces más icónicas de la música andina, como me contó mi hermanito boliviano, Marcelo Meneses, “Alma Tunante”. Sentí que el Carnaval no quería dejarme ir del todo. Que, incluso en la despedida, la música seguía marcando el compás.

La música del Carnaval de Oruro no es solo una banda sonora. Es un latido ancestral que sigue resonando en quienes lo han vivido. Porque cuando uno se va, no se va del todo: se lleva esas melodías tatuadas en el alma. Y algo de su alma, también, se queda danzando allá.

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