Santuario del Socavón de Oruro: cielo e infierno conectados por una escalera

Desde el primer paso que di dentro del Santuario del Socavón, primer lugar que pisé nada más llegar a Oruro, sentí que estaba entrando en un espacio de contradicciones armoniosas: la Virgen de la Candelaria, conocida como la Mamita del Socavón, miraba desde su altar neogótico, mientras abajo, por una escalera de piedra, me esperaba el Tío de la Mina en su museo subterráneo. Era una conexión entre cielo e infierno y ese misticismo, esa energía indescriptible pero palpable me alcanzó en cada una de mis visitas al Santuario, pese a no ser creyente.

Hay lugares que concentran en sus muros símbolos y tensiones que trascienden el tiempo. El Santuario del Socavón es uno de ellos. Allí, una devoción ancestral y una espiritualidad contemporánea conviven con signos que revelan el sincretismo y la profundidad de las creencias andinas. Porque allí, en el corazón del altiplano boliviano, el cielo y el inframundo están unidos por una escalera.

La cima: devoción a la Virgen del Socavón

Al llegar, lo primero que se encuentra es una iglesia que mira a Oruro desde una colina sagrada. El templo, oficialmente dedicado a la Virgen de la Candelaria —aunque todos la conocen como la Virgen del Socavón—, es el corazón espiritual del Carnaval y uno de los grandes santuarios marianos de Bolivia.

La imagen de la Virgen, una pintura mural, está colocada en el altar mayor, es pequeña, morena, de expresión serena. A sus pies llegan a postrarse los danzarines cada sábado de Peregrinación, tras recorrer cerca de cuatro kilómetros de recorrido desde la Avenida 6 de Agosto hasta la Plaza del Folclore. No vienen solo a bailar. Vienen a cumplir promesas. A agradecer. A pedir.

La importancia del Santuario no se limita a lo litúrgico. Según el arquitecto Carlos Delgado —uno de los responsables de su restauración y entrevistado para mi pódcast Voces del Carnaval de Oruro—, “coexisten capas simbólicas y arquitectónicas que cuentan una historia profunda”. En sus bóvedas, en sus pasillos y altares, no solo se respira devoción mariana, sino también rastros de otras cosmovisiones.

Iconografía andina: señales dentro del templo

El fraile Sergio, rector del Santuario y miembro de la Orden de los Siervos de María —otra de las personas que entrevisté para la serie documental de pódcast Voces del Carnaval de Oruro— habla de la “genuidad” de este lugar. Una palabra que resume la autenticidad espiritual y cultural de Oruro. En su visión, el Santuario es un punto de encuentro entre la religiosidad popular católica y el sustrato ancestral andino.

Esa genuidad se expresa en detalles que a veces pasan desapercibidos: figuras de animales prehispánicos talladas en piedra, patrones que remiten a la Chakana o cruz andina, la presencia de elementos vinculados a los cuatro elementos de la naturaleza. “Aquí no se trata de imponer una visión religiosa sobre otra —afirma el fraile—, sino de aceptar que muchas veces conviven, dialogan, se funden”.

El resultado es un espacio que, arquitectónicamente, funciona como una tesis viva del sincretismo. En una misma bóveda pueden convivir frescos de víboras, sapos, lagartos y hormigas —símbolos de plagas y castigos en la cosmovisión Uru— con pinturas barrocas de ángeles, querubines y custodios del Santísimo. Todo convive. Todo dialoga. Nada se excluye.

Estas pinturas, realizadas por artistas locales, no son meros ornamentos. Son testimonios visuales de una espiritualidad que no se borró con la evangelización, sino que se transformó, se adaptó, se camufló… y sobrevivió. Por eso no es extraño que el Santuario acoja mesas rituales durante el martes de ch’alla, ni que en sus inmediaciones se realicen pagos a la Pachamama. Aquí la fe tiene muchos rostros. Y uno de ellos espera bajo tierra.

El descenso al Museo del Socavón

Una de las singularidades del Santuario es que bajo sus cimientos late una mina. El acceso al Museo del Socavón parte del interior mismo del templo. Una escalera empinada, de piedra húmeda, conduce desde el altar mariano hasta las entrañas del cerro Pie de Gallo. El descenso es literal y simbólico: del mundo celestial, al subterráneo.

Como metáfora, esa escalera resume lo que Oruro representa: no hay cielo sin tierra, ni fe sin raíces. Arriba, las promesas. Abajo, los pactos con la vida y la muerte.

Durante mi visita, el guía de la visita nos recordó que esta es una mina real, en la que se empezó a extraer plata en el siglo XVI, poco después de la llegada de los españoles. Pero, mucho antes de eso, el cerro Pie de Gallo ya era considerado un cerro sagrado por los pueblos originarios. Era un lugar de poder espiritual y energético, hogar de apus y espíritus tutelares.

El recorrido por el museo transcurre entre galerías húmedas, marcadas por vetas aún visibles. Las paredes rezuman historia. La luz es escasa. El suelo, inestable. El aire, denso. Hay que caminar con cuidado, como si el cerro exigiera respeto.

El Tío de la Mina: protector del inframundo

En lo más profundo de la galería espera una figura imponente: el Tío de la Mina. Con casco minero, bigote, una sonrisa inquietante y mirada fija. A menudo confundido con el diablo, el Tío no es tal cosa. “No es el diablo, es el alma del cerro, su guardián”, nos precisó el guía.

En la cosmovisión andina, todo lugar tiene su espíritu protector. En las minas, ese espíritu es el Tío. A él se le ofrece coca, alcohol, cigarrillos. Pero no es un ídolo al que se venera por miedo, sino un ser con el que se establece un pacto de reciprocidad.

“El Tío protege, pero también exige respeto”, apuntó el guía. No basta con ofrecer: hay que compartir. El minero mastica coca junto a él, bebe lo que también le ha dado, fuma con él. Es una forma de decir: ‘Estoy aquí, y reconozco tu poder’.

Carlos Delgado destaca la paradoja: “El altar de la Virgen está justo encima del Tío. Están en planos distintos, pero forman parte de una misma experiencia espiritual”. Es un templo sin fronteras tajantes entre lo celestial y lo telúrico.

Un museo que cuenta y conmueve

Además del Tío, el Museo del Socavón muestra herramientas originales de los mineros, vetas reales, y símbolos como el agua de copajira, que fluye entre galerías con su olor azufrado y color metálico. El túnel principal conecta, bajo tierra, con la antigua mina San José. No está abierto al público por seguridad, pero su existencia refuerza la idea de que Oruro se alza sobre un entramado físico y simbólico que une el mundo material con el espiritual.

Una leyenda impactante es la del Chiru Chiru, un personaje mítico de Oruro que robaba a los ricos para ayudar a los pobres y que, tras ser asesinado, fue hallado con una imagen de la Virgen sobre su lecho. Ese mito encarna la fusión de justicia, resistencia y devoción popular.

Volver a la superficie con otra mirada

Al terminar el recorrido por el subsuelo de Oruro, se vuelve a la superficie por una escalera diferente a la de acceso que conduce a la calle, que te lleva hacia la luz, pero tras haber atravesado por símbolos, creencias, ecos de dinamita, susurros de oraciones y mitos entrecruzados. Reconozco que uno no sale igual que entró. Se vuelve con otra mirada. Porque, como dice el fraile Sergio, “el Santuario tiene una espiritualidad que no necesita traducción. No hay que entenderlo todo con la razón. Hay que vivirlo”.

Eso es, tal vez, lo que vuelve tan singular este lugar: su capacidad para ser sentido más que explicado. Para mostrar que el cielo y el infierno, lo sagrado y lo profano, lo indígena y lo cristiano, no siempre se oponen. En Oruro, a veces conviven a tan solo unos escalones de distancia.

Quizá por eso el Socavón no es solo un templo, sino un espejo. Un reflejo de lo que somos: seres de fe, contradicción, memoria, deseo. Que peregrinan, se internan en la oscuridad y emergen agradeciendo lo que no siempre se ve… pero siempre se siente.

DATOS PRÁCTICOS

Precio entrada Museo del Socavón: 10 Bs

Precio permiso uso de cámara: 20 Bs

Horarios de visita:

  • Mañanas de 09:00 a 12:00
  • Tardes de 15:00 a 18:00

Ingreso por grupos, armándose dos grupos por la mañana y dos por la tarde.

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