Un viaje a lo invisible: el diálogo con la Pachamama y los rituales del Carnaval de Oruro
En Oruro, nadie bebe antes de que lo haga la Pachamama. O, al menos, eso fue lo primero que vislumbré cuando puse un pie allí por primera vez en 2014. Cada lata de cerveza que se abre, cada vaso que se alza por primera vez, comienza con un gesto tan sencillo como cargado de sentido: verter un sorbo sobre la tierra. Es la forma más directa de recordar que todo lo que disfrutamos viene de ella.
Este pequeño ritual se llama ch’allar, una palabra que proviene de los términos quechuas ch’allay o ch’allakuy, que significan literalmente “rociar insistentemente”. La Real Academia Española: lo define en su versión castellanizada como “rociar el suelo con licor en homenaje a la madre tierra o Pachamama”. Pero cuando estás en Oruro —o en cualquier otro rincón de Bolivia, Perú o el norte de Argentina, donde la ch’alla es una práctica común— pronto comprendes que es mucho más que un formalismo.
Sobre todo durante el Carnaval, la ch’alla es un recordatorio permanente de que la vida es un intercambio continuo de dar y recibir. Es entender que vivir es un rito de reciprocidad, donde se ofrece algo a la tierra a cambio de sus bendiciones. O, como resume Jorge Drexler en una sola frase luminosa, “cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da”, de su canción “Todo se transforma”
A grandes rasgos, consiste en rociar con alcohol el suelo, las puertas de las casas, los vehículos, los negocios o cualquier bien que uno quiera bendecir. También se colocan pétalos de flores, serpentinas, confites, granos de maíz. En algunos casos, se queman incienso y hierbas mientras la música de las bandas envuelve el ambiente. Todo ocurre a la vista de todos, con naturalidad, como si aquí la gratitud fuera una costumbre cotidiana y no un acto excepcional.
La primera vez que presencié una ch’alla me quedé con la sensación de no entender nada. Incluso, con mi mirada obsesiva por la limpieza, pensé instintivamente “¡qué guarrada!, se va a quedar todo pringoso”. La segunda vez volví a sentir que no entendía casi nada, pero en esta ocasión me di cuenta de que estaba bien así. Que uno no viajaba para descifrarlo todo, sino para aprender a mirar con otros ojos.
Durante mi segunda visita a Oruro, con una mirada más abierta, con una mente más pausada y con tiempo para la profundidad, pude adentrarme en un viaje más íntimo por los rituales del Carnaval.
Con esa curiosidad encendida, acompañado por el investigador Miguel Ángel Foronda Calle, llegué una mañana al Mercado Fermín López. Tras caminar entre pasillos atestados de figuritas, dulces, velas, sullus y cientos de objetos curiosos, encontramos el puesto de doña Antonia, una mujer de voz serena y manos que se movían con precisión mientras preparaba una mesa ritual.

Pequeñas hormiguitas de plástico, elefantes diminutos, billetitos de juguete, estrellas de colores… Me explicó que cada figura tenía un significado: la hormiguita representaba el trabajo constante; el elefante, la buena suerte; la bolsa de plata, la prosperidad; las estrellas, la claridad del pensamiento.
“Esto no es brujería”, me dijo con un tono firme que no admitía discusión. “Es agradecimiento. Aquí venimos a dar gracias por el techo, la comida, el trabajo”. Mientras escuchaba su relato, me preguntaba cuántas veces habríamos juzgado como superstición lo que simplemente era una manera distinta de agradecer. De Oruro se llevaban mesas a todos lados —me contaba con un orgullo tranquilo—: Chile, Buenos Aires, incluso Estados Unidos, porque todo se hacía con fe.
En aquel puesto lleno de colores y aromas dulzones comprendí que nada se colocaba al azar. Cada elemento hablaba un idioma antiguo que solo se entendía si uno decidía quedarse un rato más, preguntar, observar y dejarse tocar por algo que, a simple vista, parecía pequeño pero era inmenso.

Mi viaje por la ritualidad continuó el viernes previo al Carnaval, el viernes de ch’alla de las minas y los negocios. Ese día, un taxi se convirtió en mi particular Delorean y me llevó desde el centro de Oruro hasta las puertas de las Minas Nuevo San José. Formábamos la expedición el fotógrafo Marcelo Meneses, más conocido localmente como Alma Tunante; Natilena Blanco, arquitecta, danzante, presentadora de televisión y, sobre todo, quien nos abría el paso gracias a su padre, empleado en estas minas; y yo, con expectación ante ese viaje en el tiempo.
Con la expedición reducida a dos, tras la baja por malestar de Alma Tunante, atravesamos un túnel largo y húmedo en el que el “chof, chof” de nuestras pisadas sobre agua ácida rompía un silencio que pesaba más que la oscuridad. Al final, la música de una banda empezó a sonar y la luz se convirtió en guía.
Al llegar, frente a nosotros se extendía una mesa ritual cubierta de ofrendas: botellas de cerveza abiertas, confites, serpentinas, figuras pequeñas que parecían hablar un idioma propio. Junto a la mesa, además de mineros, familiares y amigos, cinco llamas blancas esperaban inmóviles con los ojos vendados. Parecía que intuían lo que les aguardaba una vez dentro de la mina. Representaban la conexión con la vida y la fertilidad.
Se trataba de rituales que los mineros ofrecían al Tío de la Mina, pidiendo permiso para trabajar la tierra y extraer el mineral que sustentaba la economía de la región. Él, dios del mundo subterráneo para los mineros andinos, les transmitía la fuerza espiritual y el coraje para afrontar el trabajo diario.
Sentí que aquel instante no era un espectáculo, sino un acto de respeto profundo. Durante un rato tomé fotos en silencio, hasta que un minero se me acercó con cortesía firme y me pidió que no siguiera. Guardé la cámara sin protestar. Entendí que allí no se iba a documentar, sino a aprender. A reconocer que este ritual, cargado de sincretismo entre creencias indígenas y cristianas, se convertía en una conexión directa con los valores espirituales que también se celebraban durante el Carnaval.
Salí de la mina con la sensación de que algo se había transformado en mí. Mi manera de mirar Oruro ya no sería la misma. Partí con la convicción de que un periodista no siempre necesitaba llevarse imágenes: a veces bastaba con quedarse con el recuerdo. Y, curiosamente, recordé la primera vez que, en aquel lejano 2014, en un mercado de Potosí, me había llamado la atención un tenderete donde colgaban pequeños fetos de llama que, en mi ignorancia, confundí con simples peluches a modo de souvenirs. Hoy sabía que los sullus, al igual que las llamas sacrificadas en los rituales al Tío que acababa de presenciar, eran ofrendas que representaban la fertilidad y la vida.
De regreso al corazón urbano de Oruro, me reencontré con Alma Tunante. Él tenía prevista para mí una nueva parada en ese viaje íntimo por los rituales vinculados al Carnaval. Mientras en las calles la música de las bandas se mezclaba con el aire espeso de Khoa y mixtura, nuestros pasos se encaminaron al negocio de uno de sus amigos, muy cerca de la Plaza 10 de Febrero.
Allí, haciendo real la canción de “los amigos de mis amigos son mis amigos”, me recibieron con abrazos y serpentinas que caían sobre mi cuello como símbolos de buenos deseos. Ya habían llevado a cabo la ch’alla del negocio que, debo confesar, interpreté que era un despacho, pero nunca supe bien de qué.
Llegamos justo en el momento de compartir los manjares, porque poco después de nuestra llegada apareció un invitado especial: la cabeza de vaca asada, recién traída del horno de una panadería. Este plato típico de la gastronomía orureña, especialmente en Carnaval, aún conservaba su forma animal y el vapor denso se mezclaba con el aroma de la carne. No estaba seguro de si aquel era el mejor día para experimentos culinarios, después de una noche de malestar y una mañana de ayuno. Pero ¿cómo resistirme a compartir la comida en un ambiente tan cálido?
Con una cerveza Huari fría en la mano, me animé a probar primero un trozo de carne, luego la lengua, tierna y casi aterciopelada, y por último los sesos, suaves como mantequilla. No fui capaz de llegar a los ojos. Entre brindis, risas y aquel calor que no venía solo del horno, comprendí que allí no solo se compartía un plato: se compartía la gratitud por la vida y la esperanza de que nunca faltara el sustento.
Los días de Carnaval transcurrieron entre amigos, confesiones, fotografías y muchos sorbos vertidos a la tierra en señal de gratitud. Aquella ritualidad tuvo su punto culminante el martes de Carnaval, ya lejos de Oruro, a las afueras de La Paz, donde tuve la suerte de sentirme uno más en la familia Meneses Vargas —la familia de mi amigo Alma Tunante— durante la celebración del conocido martes de ch’alla. Fue un tiempo de celebración que también fue, sin saberlo, un tiempo de aprendizaje silencioso.
Esa vez no fui un mero observador de la mesa ritual presidida por un sullu. Me convertí en un actor más, entregando a la Pachamama ofrendas sencillas, como piezas de fruta, desde el respeto y la gratitud.
Mientras reíamos, compartíamos y brindábamos, comprendí que lo inolvidable no era solo lo que uno veía o probaba. Era aquello que se quedaba pegado a la piel como un tatuaje. Quizá eso fuera lo esencial: entender que la gratitud allí no se proclamaba en voz alta. Se practicaba cada día, con gestos pequeños que resultaban más poderosos que cualquier discurso.
A menudo, después de aquel viaje, me he preguntado qué ocurre cuando dejamos de agradecer. Si no es entonces cuando empezamos a creer que todo nos pertenece por derecho. En Oruro entendí que nada estaba garantizado. Que la música, la salud, la cosecha o la compañía podían faltar mañana. Quizá por eso lo esencial era invisible a los ojos. Porque no siempre se ve, pero siempre se siente. Y porque, a veces, viajar consiste precisamente en eso: en aprender a mirar de nuevo y recordar qué es lo esencial.
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