Lo esencial es invisible a los ojos: un viaje por la historia y el alma de las danzas del Carnaval de Oruro

Las frases motivacionales de servilletas y azucarillos de bar siguen estando de moda y detonan no pocas conversaciones en torno a una mesa. Incluso quienes las consideran simples chorradas sienten, a veces, la curiosidad de leerlas.
Yo, lo confieso, soy de quienes se mueven entre el interés y la curiosidad hacia estos eslóganes emocionales. Algunos me dejan indiferente, ni frío ni calor, pero otros, quizá por el momento vital en que te encuentras, resuenan dentro cuando los lees.

Hoy, todavía en la cama, mientras me preparaba mentalmente para abordar la tarea de escribir sobre las danzas del Carnaval de Oruro (Bolivia), me vino a la cabeza una frase que llevo tiempo recordando: “Lo esencial es invisible a los ojos”, que todo el mundo asocia con El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.

Esa es, precisamente, la sensación que me invade al comparar la primera vez que estuve en el Carnaval de Oruro, en 2014, con mi segunda y más reciente visita en 2025, el año del Carnaval del Bicentenario por la celebración de los 200 años de la independencia de Bolivia.

Entonces —en 2014—, sentado en la grada como un espectador más, desnudo de conocimiento sobre Oruro y su Carnaval, no tengo dudas de que disfruté de la belleza, del colorido, del espectáculo, de la hospitalidad, del jolgorio, de la fiesta… e, irremediablemente, me enamoré de la celebración. Pero me faltó la esencia.

Porque, entonces, ni siquiera sabía que en Oruro se baila por fe y devoción a la Virgen del Socavón, lo que convierte este en el único Carnaval del mundo con un carácter profundamente religioso. No podía identificar qué danza desfilaba ante mis ojos; mucho menos el conjunto folclórico de los 52 que engrosan la Asociación de Conjuntos Folclóricos de Oruro (ACFO), cada uno con su identidad y su danza propia; no tenía referencias para fijarme en los detalles y percibir cómo cada traje, cada elemento de la vestimenta, despliega un relato histórico propio.

Hoy, por suerte, mi conocimiento sobre Oruro y su Carnaval es mucho más amplio. Ya no me pasan desapercibidas las 20 modalidades de danza que forman parte de esta celebración: diablada, incas, morenada, negritos, caporales, llamerada, tobas, tinkus, suri sicuris, ahuatiris, wititis, cullaguada, zampoñeros, khantus, tarqueada, pujllay, potolos, kallawayas, doctorcitos y waka waka. Danzas que Estalisnao Aquino Aramayo, investigador, defensor del folclore boliviano y ex presidente del Comité Departamental de Etnografía y Folclore de Oruro, clasificó en: danzas folclóricas precoloniales, coloniales, republicanas, autóctonas, de reciente creación; y danzas indigenistas.

Ya no me domina la mirada de “a simple vista”, que hace que todo parezca solo una multitud de personas bailando y festejando. Entiendo —y sobre todo siento— que detrás de cada paso de esos más de 30.000 bailarines y 10.000 músicos hay una promesa, un compromiso con la Virgen y una conexión que trasciende lo físico. Sé que cada danza y cada traje narra historias ancestrales y celebra la fusión única de lo indígena y lo cristiano durante la Peregrinación o Entrada del sábado de Carnaval.

La Diablada, danza más icónica del Carnaval de Oruro, representa la lucha entre el bien y el mal. El arcángel Miguel derrota a los siete pecados capitales y a las legiones infernales, conduciéndolas a la presencia de la Virgen del Socavón en su Santuario. Una danza que tiene como figuras al propio arcángel Miguel, director de la danza; a Lucifer, rey de las tinieblas; Satanás, su lugarteniente; la Reina o China Supay, demonio hembra; y agregados como el cóndor y el oso jukumari.

Ante una mirada curiosa y abierta a la sorpresa como la mía, todos los personajes resultan llamativos, pero, dentro de la Diablada, especialmente el oso jukumari (del aimara jukumari y quechua ukuku), nombre que se le da al oso andino u oso de anteojos, un mamífero nativo de Sudamérica que habita principalmente los Andes bolivianos, peruanos y ecuatorianos. Aunque en la naturaleza es un animal solitario y poco agresivo, en el imaginario andino tradicional tiene un componente mítico asociado al mundo salvaje, el bosque y la montaña.

Desde luego, no es un demonio en sentido estricto, pero se lo asocia con lo salvaje, lo caótico y la amenaza latente de la naturaleza indómita frente al orden divino. Por eso acompaña a los diablos y chinas supay en la coreografía.

Pero, sin duda, lo que más me llama la atención de esta figura es su carácter entrañable dentro del Carnaval. “Osos, osos, osos…” es un cántico que se escucha frecuentemente en las gradas a su paso. Es un personaje que despierta el cariño del público, quizá por su toque cómico, su cercanía, sus gestos exagerados y su aspecto de un peluche de grandes dimensiones al que dan ganas de abrazar. Y si este personaje de la Diablada va en monociclo —aunque cada vez es una especie más en extinción en el Carnaval— la frase que te nace es: “es imposible no sonreír”.

La Morenada, otra de las danzas más representativas y con más bailarines del Carnaval de Oruro, recrea con un simbolismo profundo la imagen de los esclavos africanos trabajando en los lagares coloniales, pisando la uva para producir vino. Según los cantos dramatizados tradicionales, el vino, fruto de esa molienda, primero se destinaba al altar de Dios, después saciaba la sed del cruel español y, solo al final, servía para mitigar la fatiga del propio esclavo.

Resulta imprescindible fijarse en cada detalle del traje del moreno, porque cada elemento es un relato histórico. Su máscara, inconfundible, representa el rostro de un moreno negro con los labios gruesos y una lengua sobresaliente, una sátira de la extenuación y la sed. Sobre su cabeza, un casco de soldado castellano remite a la conquista; la peluca evoca a los nobles europeos; la casaca recuerda a los atuendos rurales castellanos del siglo XVI. El pollerín en forma de tonel de vino y la matraca —instrumento que marcaba el ritmo de la pisa— completan el atuendo. No hace tanto, algunas matracas se elaboraban con el caparazón del quirquincho, un armadillo peludo del altiplano boliviano. Esta práctica generó polémica y preocupación por el impacto sobre la especie, hasta el punto de que National Geographic le dedicó un reportaje específico. Hoy, muchas fraternidades han optado por versiones artesanales que respetan la fauna.

Entre los personajes que integran la Morenada destacan el Rey Moreno, figura jerárquica y casi mítica que encarna al líder de los morenos; el Achachi —o viejo abuelo—, que es una combinación del antiguo Caporal y el desaparecido Rey Blanco; la China Morena o negra, un personaje interpretado por un hombre desde hace muchos años; y las damitas o cholitas, figuras femeninas que se fueron agregando posteriormente y que hoy llenan de color, gracia y solemnidad el conjunto. De hecho, me sorprendió el nivel de belleza femenina entre las damitas, reconociendo, incluso, la presencia de Juliana Barrientos, Miss Bolivia 2024.

También me impresionó descubrir que cada traje de moreno puede llegar a pesar más de 30 kilos. Pensar que los bailarines recorren con ese peso encima casi 4 kilómetros de peregrinación, mientras sostienen la matraca y siguen el ritmo pausado de la banda, me hizo entender todavía más que esto va mucho más allá de la fiesta: es una demostración de resistencia, promesa y fe que se siente en cada paso.

La Cullaguada es una danza que, hasta mediados del siglo XX, estaba reservada principalmente a mujeres y hombres solteros en edad de contraer matrimonio. Quienes participaban ya casados —aunque fueran jóvenes— recibían el calificativo de qencha kullagua, un término que conllevaba una fuerte carga de desprestigio social y suponía la pérdida de reconocimiento dentro de la comunidad.

Fuera de la mirada vigilante de los padres, los jóvenes podían enamorarse con mayor libertad, e incluso convivir durante un tiempo para conocerse antes de formalizar el matrimonio. En esa convivencia, el varón debía respetar a la mujer como si fuera su kullagua, su hermana, de donde toma su nombre la danza. Entre sus personajes más singulares destaca la madre soltera o la mujer engañada, un papel tradicionalmente interpretado por un hombre vestido con prendas femeninas que carga una muñeca en un aguayo. Este personaje simboliza la consecuencia social de la relación prematrimonial sin compromiso.

El director de la danza es el wapuri —una palabra proveniente de “guapo”, aymarizada—. Su máscara luce una nariz exageradamente grande, que representa el deseo y la fertilidad, y por extensión la figura del seductor o patriarca. Todos los danzantes portan en la mano su phuska, la rueca con la que simulan hilar mientras avanzan en una coreografía cargada de simbolismo. Hoy, la Cullaguada sigue siendo una danza de amor y de compromiso, pero también de sátira y transgresión.

Tuve la oportunidad de comprender esta dimensión transformadora gracias a mi entrevista con David Aruquipa, activista LGTB, gestor cultural y miembro de la familia Galán, que desde hace más de dos décadas reivindica su lugar en la Cullaguada como wapuri galán. Recuerdo cómo me habló, con una mezcla de orgullo y serenidad, de la primera vez que se atrevieron a salir en Oruro —en 2002— con un traje que rompía los moldes: un atuendo inspirado en Juan Gabriel, brillante y provocador, que se apartaba del diseño tradicional. Me contó cómo aquel gesto no fue recibido con indiferencia: primero surgieron las dudas y las reticencias, pero finalmente el público comenzó a aplaudirlos con entusiasmo, bautizando de manera espontánea a su personaje como wapuri galán.

Escucharle me ayudó a entender que la Cullaguada no es solo una expresión folclórica anclada en el pasado, sino también un espacio donde hoy se disputan nuevas formas de identidad, visibilidad y afecto. A través de su cuerpo, su danza y su compromiso, David no solo transformó la mirada sobre esta tradición, sino que abrió un camino para que la diversidad ocupe un lugar legítimo y respetado en una de las festividades más importantes de Bolivia. Fue un recordatorio poderoso de que las danzas populares, igual que las personas que las mantienen vivas, pueden reinventarse sin perder su esencia.

Como ocurre con la Diablada, la Morenada y la Cullaguada, cada una de las veinte danzas que forman parte del Carnaval de Oruro es un universo propio de historias, símbolos, promesas y herencias culturales que se entretejen con la devoción a la Virgen del Socavón. Narrar todas con detalle requeriría un libro entero, porque cada coreografía y cada máscara guarda la memoria de pueblos enteros, la huella de los sincretismos coloniales y la creatividad de quienes han mantenido vivas estas expresiones durante siglos. Esa riqueza incomparable es, precisamente, la que llevó a la UNESCO a declarar en 2001 el Carnaval de Oruro como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, un reconocimiento que no solo respalda su protección, sino que confirma su valor universal como testimonio vivo de la diversidad cultural, la fe y la resistencia de los pueblos andinos.

Quizá por todo esto, hoy comprendo con más claridad que “lo esencial es invisible a los ojos” en el Carnaval de Oruro. Detrás del estruendo de las bandas y el deslumbrante colorido de los trajes, late una verdad silenciosa que solo se revela cuando te detienes a mirar con respeto: la certeza de que cada paso, cada gesto y cada ofrenda son la expresión de un compromiso profundo con la memoria, la identidad y la fe.

Si decides viajar algún día a Oruro, o a cualquier lugar donde la tradición se manifieste en forma de fiesta, no te conformes con la superficie. Donde fueres, no solo hagas lo que vieres: pregunta, observa, respeta y siente. Porque la verdadera belleza de estas celebraciones no está solo en lo que se muestra, sino en lo que permanece invisible, esperando ser descubierto por quien se atreve a mirar con el corazón.

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