Un Carnaval con calendario litúrgico
En casi cualquier parte del mundo, el carnaval es la gran fiesta pagana previa a la Cuaresma. Un estallido de música, baile y exceso que sirve como último respiro antes del ayuno y la sobriedad que marca el calendario cristiano. Oruro comparte esa condición… pero la transforma por completo.
Su historia está íntimamente ligada a la Virgen de la Candelaria, cuya festividad se celebra el 2 de febrero. Durante siglos, la fiesta patronal de Oruro coincidía con esa fecha, que marcaba el corazón de las celebraciones religiosas.
El historiador Mauricio Cazorla me explicó que ese vínculo se mantuvo hasta que, por razones de organización y para no coincidir de lleno con otras festividades andinas, la celebración principal se desplazó: “De la fiesta patronal del 2 de febrero pasamos al sábado de Carnaval, sin perder el sentido religioso. Ese día se realiza la Peregrinación, que es la Entrada del Carnaval, y todo el recorrido se convierte en un acto de fe”.
En ese cambio de fecha se mantuvo el hilo invisible que une el calendario litúrgico con la devoción popular: el Carnaval de Oruro sigue celebrándose en vísperas de la Cuaresma, pero la procesión-bailarín no se limita a un breve recorrido. Aquí dura horas y recorre kilómetros, con miles de danzarines que avanzan hasta el Socavón.
Javier Cárdenas Medina me detalló que la fiesta patronal tenía un carácter profundamente religioso mucho antes de la institucionalización del Carnaval como Patrimonio de la Humanidad: “La Virgen del Socavón fue incorporando elementos locales y, con el tiempo, se entrelazaron las prácticas católicas con las tradiciones prehispánicas. El calendario litúrgico marcaba la fecha, pero el pueblo lo adaptó a su forma de celebrar”.
Hoy, cada año, el sábado de Carnaval comienza con la Peregrinación. Miles de danzarines —diablos, morenos, caporales, tinkus, cullawadas— parten desde distintos puntos de la ciudad para recorrer cerca de cuatro kilómetros que culminan en el Santuario.
A lo largo del trayecto, las coreografías y las músicas no pierden su fuerza, pero al llegar a la explanada del Socavón todo cambia: la danza se vuelve más solemne, los pasos se suavizan, y la entrada al templo se convierte en un momento de recogimiento.
El fraile Sergio Mendoza, rector del Santuario, me dijo que, aunque el Carnaval tenga su parte festiva, la estructura sigue respondiendo a un marco de fe: “Aquí no solo se baila, se peregrina. El Carnaval es el camino para llegar a la Virgen, y eso es lo que lo hace único. Si se pierde ese sentido, deja de ser el Carnaval de Oruro para convertirse en otra cosa”.
En otras partes, el carnaval se agota en la calle. En Oruro, se culmina de rodillas, frente a un altar. Esa diferencia, marcada por el calendario y reforzada por la tradición, es lo que hace que esta fiesta no sea solamente un carnaval, sino una peregrinación danzada.