Presentación «En viaje y Alma»

En viaje y alma es un pódcast que conduzco como periodista y viajero apasionado por las fiestas populares y el folclore del mundo. A través de relatos, emociones y las voces de sus protagonistas, te invito a descubrir la cultura y las tradiciones más auténticas de cada destino. Un viaje sonoro para escuchar, sentir y comprender cada celebración desde dentro.

Carnaval de Oruro: el único del mundo donde los diablos bailan por una Virgen

A diferencia de otros carnavales, que celebran la vida como antesala del ayuno, el de Oruro celebra la fe en medio del bullicio. En ningún otro lugar del mundo los personajes infernales protagonizan una peregrinación devocional hacia una Virgen.

En Oruro, el carnaval no es solo fiesta: es promesa hecha danza, procesión vestida de alegría, herencia sagrada nacida del sincretismo entre el mundo andino y el cristianismo colonial.

Aquí, como me dijo Víctor Hugo Vásquez Mamani, Secretario de Cultura y Turismo del Municipio, “los diablos bailan por la Virgen”. Y esa frase, más que una imagen poética, es la clave para entender por qué el Carnaval de Oruro no tiene igual en el mundo.

Lo entendí la primera vez que vi a un diablo arrodillado frente al altar de la Virgen del Socavón, la “Mamita” del Socavón. No era contradicción. Era devoción pura. Era el alma de un pueblo expresándose en cada paso y en cada nota, en cada máscara y en cada mirada.

La Virgen del Socavón, Mamita de los danzarines

La Virgen del Socavón, la “Mamita” del Socavón, no solo es la patrona del Carnaval: es el destino final de la peregrinación, la razón íntima que mueve los pies de miles de danzarines que atraviesan la ciudad durante horas.

Su imagen preside el altar mayor del Santuario, en la entrada misma de la mina, como un punto de encuentro entre cielo y tierra, entre lo divino y lo subterráneo.

Los bailarines hacen una promesa: danzar tres años consecutivos para ella. Y esa promesa es personal e intransferible. Algunos la cumplen en silencio, otros la renuevan año tras año. Fray Sergio Mendoza, rector del Santuario, me explicó que en este lugar la fe no es un adorno, sino el centro de todo: “Si se pierde la genuinidad del culto, el Carnaval pierde su alma. Los que bailan para la Virgen lo hacen con el corazón, no solo con los pies”.

Su presencia se siente en los trajes bordados, en los murales urbanos, en muchas esculturas callejeras, en las letras de las morenadas y diabladas que la invocan…

En las entrevistas que realicé, Javier Cárdenas, investigador y escritor, me recordó que su origen está ligado a la Virgen de la Candelaria, y que su culto se fusionó con leyendas locales hasta convertirse en la Virgen del Socavón que hoy veneran.

Para Mauricio Cazorla, historiador e investigador, la conexión con la Virgen de la Candelaria de Canarias y la fijación de la fecha en el calendario católico son claves para entender su centralidad en la fiesta. Y, sin embargo, en Oruro esta devoción adquirió un matiz único: “Aquí no se la celebra con procesión solemne solamente, sino con música, baile y color. Pero el sentido sigue siendo el mismo: honrarla”.

Algunos devotos hablan de milagros. Otros, de protección en momentos difíciles. Muchos, simplemente, de gratitud.

Yo pienso en las palabras de un texto que encontré escrito en un pequeño libro conmemorativo del centenario de la Morenada Central fundada por la Comunidad Cocani: “A tus pies siempre llegamos, Mamita Kantila, cantando y bailando con el corazón… Bendita seas por la eternidad, Dulce Morena de nuestros corazones, por permitirnos recorrer el mundo con esperanza”.

Porque al final, todo el Carnaval, con su ruido, sus máscaras y su exceso de vida, converge en ese instante: cuando un danzarín exhausto se arrodilla frente a ella y la mira como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.

Y es ahí donde confieso algo: yo no soy creyente, pero su fuerza me alcanzó. El Santuario del Socavón fue para mí un punto de energía pura, un lugar donde lo sagrado se siente más allá de la fe, como una vibración que te envuelve, te aquieta y, al mismo tiempo, te impulsa. Tal vez no rece como ellos, pero en ese instante entendí que, en Oruro, la devoción también se baila.

Un Carnaval con calendario litúrgico

En casi cualquier parte del mundo, el carnaval es la gran fiesta pagana previa a la Cuaresma. Un estallido de música, baile y exceso que sirve como último respiro antes del ayuno y la sobriedad que marca el calendario cristiano. Oruro comparte esa condición… pero la transforma por completo.

Su historia está íntimamente ligada a la Virgen de la Candelaria, cuya festividad se celebra el 2 de febrero. Durante siglos, la fiesta patronal de Oruro coincidía con esa fecha, que marcaba el corazón de las celebraciones religiosas.

El historiador Mauricio Cazorla me explicó que ese vínculo se mantuvo hasta que, por razones de organización y para no coincidir de lleno con otras festividades andinas, la celebración principal se desplazó: “De la fiesta patronal del 2 de febrero pasamos al sábado de Carnaval, sin perder el sentido religioso. Ese día se realiza la Peregrinación, que es la Entrada del Carnaval, y todo el recorrido se convierte en un acto de fe”.

En ese cambio de fecha se mantuvo el hilo invisible que une el calendario litúrgico con la devoción popular: el Carnaval de Oruro sigue celebrándose en vísperas de la Cuaresma, pero la procesión-bailarín no se limita a un breve recorrido. Aquí dura horas y recorre kilómetros, con miles de danzarines que avanzan hasta el Socavón.

Javier Cárdenas Medina me detalló que la fiesta patronal tenía un carácter profundamente religioso mucho antes de la institucionalización del Carnaval como Patrimonio de la Humanidad: “La Virgen del Socavón fue incorporando elementos locales y, con el tiempo, se entrelazaron las prácticas católicas con las tradiciones prehispánicas. El calendario litúrgico marcaba la fecha, pero el pueblo lo adaptó a su forma de celebrar”.

Hoy, cada año, el sábado de Carnaval comienza con la Peregrinación. Miles de danzarines —diablos, morenos, caporales, tinkus, cullawadas— parten desde distintos puntos de la ciudad para recorrer cerca de cuatro kilómetros que culminan en el Santuario.

A lo largo del trayecto, las coreografías y las músicas no pierden su fuerza, pero al llegar a la explanada del Socavón todo cambia: la danza se vuelve más solemne, los pasos se suavizan, y la entrada al templo se convierte en un momento de recogimiento.

El fraile Sergio Mendoza, rector del Santuario, me dijo que, aunque el Carnaval tenga su parte festiva, la estructura sigue respondiendo a un marco de fe:  “Aquí no solo se baila, se peregrina. El Carnaval es el camino para llegar a la Virgen, y eso es lo que lo hace único. Si se pierde ese sentido, deja de ser el Carnaval de Oruro para convertirse en otra cosa”.

En otras partes, el carnaval se agota en la calle. En Oruro, se culmina de rodillas, frente a un altar. Esa diferencia, marcada por el calendario y reforzada por la tradición, es lo que hace que esta fiesta no sea solamente un carnaval, sino una peregrinación danzada.

La Virgen de la Candelaria: de Canarias al Altiplano

La advocación mariana de la Virgen de la Candelaria tiene su origen en Tenerife (Islas Canarias), cerca de los albores del siglo XV donde representa a María como la «luz del mundo», reconocida por su milagrosa virtud de iluminación en los difíciles trances de la vida. Es venerada el 2 de febrero, día del encuentro y purificación.

Esta devoción viajó junto con los agustinos a América en el siglo XVI, y en Bolivia se integró profundamente en el territorio altiplánico. En el caso de Oruro, fue durante ese mismo período colonial que llegaron los padres agustinos, llamados por Lorenzo de Aldana, quien fundó conventos en Paria, Challacollo y Toledo (en lo que hoy es Oruro) en torno a 1559.

Es hacia 1606 cuando se funda la villa de Oruro, momento en el que, según la versión tradicional, el culto a la Candelaria se hacía en la iglesia matriz, en la Plaza Mayor, no en el cerro Pié de Gallo (donde actualmente se encuentra el Santuario del Socavón) y era una escultura, no  una pintura. Sin embargo, una versión más reciente, documentada por los libros del Cabildo, mencionan una capilla nueva y una devoción mariana en el cerro Pié de Gallo de 1739 en adelante. De un modo o de otro, esa imagen adquirió identidad propia y sería conocida como Nuestra Señora del Socavón, integrada plenamente al folclore y la devoción local.

El traslado de su celebración desde el 2 de febrero a los días del Carnaval fue un paso significativo: se mantuvo la esencia de la festividad litúrgica, pero se adaptó la fecha al ritmo popular y cultural local.

Hoy, como señala un reciente artículo sobre la festividad en Bolivia, la Candelaria y el Carnaval de Oruro “se hermanan como expresión de una espiritualidad colectiva: el 2 de febrero sigue siendo el día de la espiritualidad orureña, pero ese fervor desemboca en la Peregrinación del sábado de Carnaval”

La leyenda de la Ñusta y las cuatro plagas

En Oruro, la historia no solo se lee en libros: se ve en los muros, en los retablos, en las máscaras y en las coreografías. Y una de las narraciones más profundas que atraviesa la identidad de la ciudad es la leyenda de la Ñusta y las cuatro plagas.

Me la contaron más de una vez, con matices y variaciones, pero siempre con la misma fuerza mítica. Según la tradición, en tiempos remotos, el pueblo Uru sufrió el ataque de cuatro plagas enviadas por Wari, una divinidad hostil: una serpiente gigantesca, un sapo monstruoso, un lagarto descomunal y una interminable invasión de hormigas.

Cada uno amenazaba con destruir la región, y la salvación llegó gracias a la Ñusta Uru, una joven princesa andina, que con inteligencia y valor derrotó a cada una de las bestias.

Mauricio Cazorla me explicó que, con el tiempo, esta Ñusta se fusionó simbólicamente con la Virgen cristiana: “El imaginario popular no elimina a la Ñusta, la transforma. La imagen de la Virgen del Socavón absorbe su papel protector. Así, para el pueblo, la Mamita es también la que venció a las plagas”.

Esa fusión no quedó solo en las leyendas. Está presente en toda la vida orureña: las esculturas monumentales que decoran las avenidas, las figuras bordadas en los trajes, los adornos de las caretas, incluso en murales y souvenirs. Javier Cárdenas recuerda que este sincretismo fue clave para que el culto cristiano echara raíces en una población con una fuerte cosmovisión prehispánica: “Al unir a la Ñusta con la Virgen, el mensaje cristiano se hizo más cercano. Era una figura conocida, protectora, pero ahora también madre espiritual bajo la advocación mariana”.

Y si uno recorre las calles durante el Carnaval, puede ver cómo esta narrativa sigue viva: las diabladas lucen máscaras con dragones —una evolución de la serpiente y el lagarto—, los trajes de morenada llevan sapos bordados en hilos dorados, y en las entradas folclóricas no faltan referencias a las hormigas, aunque de forma más sutil.

El sincretismo: entre lo andino y lo cristiano

En Oruro, lo sagrado no es exclusivo de un credo. El Carnaval es la prueba viva de cómo dos universos espirituales, aparentemente opuestos, pueden entrelazarse hasta crear algo único. Fray Sergio Mendoza, rector del Santuario del Socavón, lo resume con una palabra que repitió varias veces durante nuestra conversación: genuinidad.

 “Lo que aquí se vive no es una simple adaptación folclórica. Es una fe que ha encontrado su forma de expresarse en la danza y el color, pero que sigue siendo verdadera para quienes la practican”.

El sincretismo en Oruro tiene raíces profundas. Antes de la llegada de los españoles, los pueblos andinos ya reverenciaban a sus deidades protectoras: la Pachamama, madre tierra generadora de vida; y el Tío de la Mina, guardián de las entrañas y las riquezas minerales. Las ofrendas, las mesas rituales y las ch’allas eran —y siguen siendo— actos de reciprocidad con la naturaleza y los espíritus que la habitan.

Con la colonización, el cristianismo no borró esas creencias, sino que las envolvió en nuevos símbolos. Javier Cárdenas explica que el culto a la Virgen del Socavón se asentó sobre espacios y prácticas preexistentes:  “El Santuario está construido junto a la bocamina, porque allí ya había un lugar de poder. No fue casualidad: el mensaje cristiano se ubicó justo en un punto de conexión espiritual para los urus y mineros”.

Hoy, esa mezcla se percibe en cada esquina: Los danzarines llevan amuletos andinos bajo trajes bordados con imágenes de la Virgen; Los músicos interpretan marchas que intercalan ritmos ancestrales con melodías de inspiración sacra; En el Santuario, las velas se mezclan con hojas de coca y alcohol de caña, símbolos de dos cosmovisiones que conviven sin anularse.

En este cruce de caminos, el viajero se encuentra ante una espiritualidad híbrida, tan profundamente arraigada que es imposible separar lo pagano de lo cristiano. Aquí, la fe y la tradición no se excluyen: bailan juntas.

¿Puede un carnaval ser una peregrinación?

El Carnaval de Oruro es un desafío para las etiquetas. No es solo un espectáculo folclórico ni una procesión tradicional. Es ambas cosas, y algo más: un puente entre lo visible y lo invisible, entre la música que retumba en la piel y la fe que late en el pecho.

La pregunta que me hice al llegar sigue sin tener una respuesta sencilla: ¿puede un carnaval ser una peregrinación? En Oruro, la respuesta no es sí o no. Es una coreografía de pasos y promesas que se renueva cada año, un latido que acompasa la fe y la fiesta.

Para el viajero, la lección es clara: aquí no basta con mirar. Hay que dejarse envolver por la música, seguir el flujo de la Entrada, llegar hasta el Socavón y sentir que, aunque no creas, algo dentro de ti se mueve. Quizá entonces entiendas lo que entendí yo: que en Oruro se baila con los pies, pero sobre todo con el alma.

Lo esencial es invisible a los ojos: un viaje por la historia y el alma de las danzas del Carnaval de Oruro

Las frases motivacionales de servilletas y azucarillos de bar siguen estando de moda y detonan no pocas conversaciones en torno a una mesa. Incluso quienes las consideran simples chorradas sienten, a veces, la curiosidad de leerlas.
Yo, lo confieso, soy de quienes se mueven entre el interés y la curiosidad hacia estos eslóganes emocionales. Algunos me dejan indiferente, ni frío ni calor, pero otros, quizá por el momento vital en que te encuentras, resuenan dentro cuando los lees.

Hoy, todavía en la cama, mientras me preparaba mentalmente para abordar la tarea de escribir sobre las danzas del Carnaval de Oruro (Bolivia), me vino a la cabeza una frase que llevo tiempo recordando: “Lo esencial es invisible a los ojos”, que todo el mundo asocia con El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.

Esa es, precisamente, la sensación que me invade al comparar la primera vez que estuve en el Carnaval de Oruro, en 2014, con mi segunda y más reciente visita en 2025, el año del Carnaval del Bicentenario por la celebración de los 200 años de la independencia de Bolivia.

Entonces —en 2014—, sentado en la grada como un espectador más, desnudo de conocimiento sobre Oruro y su Carnaval, no tengo dudas de que disfruté de la belleza, del colorido, del espectáculo, de la hospitalidad, del jolgorio, de la fiesta… e, irremediablemente, me enamoré de la celebración. Pero me faltó la esencia.

Porque, entonces, ni siquiera sabía que en Oruro se baila por fe y devoción a la Virgen del Socavón, lo que convierte este en el único Carnaval del mundo con un carácter profundamente religioso. No podía identificar qué danza desfilaba ante mis ojos; mucho menos el conjunto folclórico de los 52 que engrosan la Asociación de Conjuntos Folclóricos de Oruro (ACFO), cada uno con su identidad y su danza propia; no tenía referencias para fijarme en los detalles y percibir cómo cada traje, cada elemento de la vestimenta, despliega un relato histórico propio.

Hoy, por suerte, mi conocimiento sobre Oruro y su Carnaval es mucho más amplio. Ya no me pasan desapercibidas las 20 modalidades de danza que forman parte de esta celebración: diablada, incas, morenada, negritos, caporales, llamerada, tobas, tinkus, suri sicuris, ahuatiris, wititis, cullaguada, zampoñeros, khantus, tarqueada, pujllay, potolos, kallawayas, doctorcitos y waka waka. Danzas que Estalisnao Aquino Aramayo, investigador, defensor del folclore boliviano y ex presidente del Comité Departamental de Etnografía y Folclore de Oruro, clasificó en: danzas folclóricas precoloniales, coloniales, republicanas, autóctonas, de reciente creación; y danzas indigenistas.

Ya no me domina la mirada de “a simple vista”, que hace que todo parezca solo una multitud de personas bailando y festejando. Entiendo —y sobre todo siento— que detrás de cada paso de esos más de 30.000 bailarines y 10.000 músicos hay una promesa, un compromiso con la Virgen y una conexión que trasciende lo físico. Sé que cada danza y cada traje narra historias ancestrales y celebra la fusión única de lo indígena y lo cristiano durante la Peregrinación o Entrada del sábado de Carnaval.

La Diablada, danza más icónica del Carnaval de Oruro, representa la lucha entre el bien y el mal. El arcángel Miguel derrota a los siete pecados capitales y a las legiones infernales, conduciéndolas a la presencia de la Virgen del Socavón en su Santuario. Una danza que tiene como figuras al propio arcángel Miguel, director de la danza; a Lucifer, rey de las tinieblas; Satanás, su lugarteniente; la Reina o China Supay, demonio hembra; y agregados como el cóndor y el oso jukumari.

Ante una mirada curiosa y abierta a la sorpresa como la mía, todos los personajes resultan llamativos, pero, dentro de la Diablada, especialmente el oso jukumari (del aimara jukumari y quechua ukuku), nombre que se le da al oso andino u oso de anteojos, un mamífero nativo de Sudamérica que habita principalmente los Andes bolivianos, peruanos y ecuatorianos. Aunque en la naturaleza es un animal solitario y poco agresivo, en el imaginario andino tradicional tiene un componente mítico asociado al mundo salvaje, el bosque y la montaña.

Desde luego, no es un demonio en sentido estricto, pero se lo asocia con lo salvaje, lo caótico y la amenaza latente de la naturaleza indómita frente al orden divino. Por eso acompaña a los diablos y chinas supay en la coreografía.

Pero, sin duda, lo que más me llama la atención de esta figura es su carácter entrañable dentro del Carnaval. “Osos, osos, osos…” es un cántico que se escucha frecuentemente en las gradas a su paso. Es un personaje que despierta el cariño del público, quizá por su toque cómico, su cercanía, sus gestos exagerados y su aspecto de un peluche de grandes dimensiones al que dan ganas de abrazar. Y si este personaje de la Diablada va en monociclo —aunque cada vez es una especie más en extinción en el Carnaval— la frase que te nace es: “es imposible no sonreír”.

La Morenada, otra de las danzas más representativas y con más bailarines del Carnaval de Oruro, recrea con un simbolismo profundo la imagen de los esclavos africanos trabajando en los lagares coloniales, pisando la uva para producir vino. Según los cantos dramatizados tradicionales, el vino, fruto de esa molienda, primero se destinaba al altar de Dios, después saciaba la sed del cruel español y, solo al final, servía para mitigar la fatiga del propio esclavo.

Resulta imprescindible fijarse en cada detalle del traje del moreno, porque cada elemento es un relato histórico. Su máscara, inconfundible, representa el rostro de un moreno negro con los labios gruesos y una lengua sobresaliente, una sátira de la extenuación y la sed. Sobre su cabeza, un casco de soldado castellano remite a la conquista; la peluca evoca a los nobles europeos; la casaca recuerda a los atuendos rurales castellanos del siglo XVI. El pollerín en forma de tonel de vino y la matraca —instrumento que marcaba el ritmo de la pisa— completan el atuendo. No hace tanto, algunas matracas se elaboraban con el caparazón del quirquincho, un armadillo peludo del altiplano boliviano. Esta práctica generó polémica y preocupación por el impacto sobre la especie, hasta el punto de que National Geographic le dedicó un reportaje específico. Hoy, muchas fraternidades han optado por versiones artesanales que respetan la fauna.

Entre los personajes que integran la Morenada destacan el Rey Moreno, figura jerárquica y casi mítica que encarna al líder de los morenos; el Achachi —o viejo abuelo—, que es una combinación del antiguo Caporal y el desaparecido Rey Blanco; la China Morena o negra, un personaje interpretado por un hombre desde hace muchos años; y las damitas o cholitas, figuras femeninas que se fueron agregando posteriormente y que hoy llenan de color, gracia y solemnidad el conjunto. De hecho, me sorprendió el nivel de belleza femenina entre las damitas, reconociendo, incluso, la presencia de Juliana Barrientos, Miss Bolivia 2024.

También me impresionó descubrir que cada traje de moreno puede llegar a pesar más de 30 kilos. Pensar que los bailarines recorren con ese peso encima casi 4 kilómetros de peregrinación, mientras sostienen la matraca y siguen el ritmo pausado de la banda, me hizo entender todavía más que esto va mucho más allá de la fiesta: es una demostración de resistencia, promesa y fe que se siente en cada paso.

La Cullaguada es una danza que, hasta mediados del siglo XX, estaba reservada principalmente a mujeres y hombres solteros en edad de contraer matrimonio. Quienes participaban ya casados —aunque fueran jóvenes— recibían el calificativo de qencha kullagua, un término que conllevaba una fuerte carga de desprestigio social y suponía la pérdida de reconocimiento dentro de la comunidad.

Fuera de la mirada vigilante de los padres, los jóvenes podían enamorarse con mayor libertad, e incluso convivir durante un tiempo para conocerse antes de formalizar el matrimonio. En esa convivencia, el varón debía respetar a la mujer como si fuera su kullagua, su hermana, de donde toma su nombre la danza. Entre sus personajes más singulares destaca la madre soltera o la mujer engañada, un papel tradicionalmente interpretado por un hombre vestido con prendas femeninas que carga una muñeca en un aguayo. Este personaje simboliza la consecuencia social de la relación prematrimonial sin compromiso.

El director de la danza es el wapuri —una palabra proveniente de “guapo”, aymarizada—. Su máscara luce una nariz exageradamente grande, que representa el deseo y la fertilidad, y por extensión la figura del seductor o patriarca. Todos los danzantes portan en la mano su phuska, la rueca con la que simulan hilar mientras avanzan en una coreografía cargada de simbolismo. Hoy, la Cullaguada sigue siendo una danza de amor y de compromiso, pero también de sátira y transgresión.

Tuve la oportunidad de comprender esta dimensión transformadora gracias a mi entrevista con David Aruquipa, activista LGTB, gestor cultural y miembro de la familia Galán, que desde hace más de dos décadas reivindica su lugar en la Cullaguada como wapuri galán. Recuerdo cómo me habló, con una mezcla de orgullo y serenidad, de la primera vez que se atrevieron a salir en Oruro —en 2002— con un traje que rompía los moldes: un atuendo inspirado en Juan Gabriel, brillante y provocador, que se apartaba del diseño tradicional. Me contó cómo aquel gesto no fue recibido con indiferencia: primero surgieron las dudas y las reticencias, pero finalmente el público comenzó a aplaudirlos con entusiasmo, bautizando de manera espontánea a su personaje como wapuri galán.

Escucharle me ayudó a entender que la Cullaguada no es solo una expresión folclórica anclada en el pasado, sino también un espacio donde hoy se disputan nuevas formas de identidad, visibilidad y afecto. A través de su cuerpo, su danza y su compromiso, David no solo transformó la mirada sobre esta tradición, sino que abrió un camino para que la diversidad ocupe un lugar legítimo y respetado en una de las festividades más importantes de Bolivia. Fue un recordatorio poderoso de que las danzas populares, igual que las personas que las mantienen vivas, pueden reinventarse sin perder su esencia.

Como ocurre con la Diablada, la Morenada y la Cullaguada, cada una de las veinte danzas que forman parte del Carnaval de Oruro es un universo propio de historias, símbolos, promesas y herencias culturales que se entretejen con la devoción a la Virgen del Socavón. Narrar todas con detalle requeriría un libro entero, porque cada coreografía y cada máscara guarda la memoria de pueblos enteros, la huella de los sincretismos coloniales y la creatividad de quienes han mantenido vivas estas expresiones durante siglos. Esa riqueza incomparable es, precisamente, la que llevó a la UNESCO a declarar en 2001 el Carnaval de Oruro como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, un reconocimiento que no solo respalda su protección, sino que confirma su valor universal como testimonio vivo de la diversidad cultural, la fe y la resistencia de los pueblos andinos.

Quizá por todo esto, hoy comprendo con más claridad que “lo esencial es invisible a los ojos” en el Carnaval de Oruro. Detrás del estruendo de las bandas y el deslumbrante colorido de los trajes, late una verdad silenciosa que solo se revela cuando te detienes a mirar con respeto: la certeza de que cada paso, cada gesto y cada ofrenda son la expresión de un compromiso profundo con la memoria, la identidad y la fe.

Si decides viajar algún día a Oruro, o a cualquier lugar donde la tradición se manifieste en forma de fiesta, no te conformes con la superficie. Donde fueres, no solo hagas lo que vieres: pregunta, observa, respeta y siente. Porque la verdadera belleza de estas celebraciones no está solo en lo que se muestra, sino en lo que permanece invisible, esperando ser descubierto por quien se atreve a mirar con el corazón.

Santuario del Socavón de Oruro: cielo e infierno conectados por una escalera

Desde el primer paso que di dentro del Santuario del Socavón, primer lugar que pisé nada más llegar a Oruro, sentí que estaba entrando en un espacio de contradicciones armoniosas: la Virgen de la Candelaria, conocida como la Mamita del Socavón, miraba desde su altar neogótico, mientras abajo, por una escalera de piedra, me esperaba el Tío de la Mina en su museo subterráneo. Era una conexión entre cielo e infierno y ese misticismo, esa energía indescriptible pero palpable me alcanzó en cada una de mis visitas al Santuario, pese a no ser creyente.

Hay lugares que concentran en sus muros símbolos y tensiones que trascienden el tiempo. El Santuario del Socavón es uno de ellos. Allí, una devoción ancestral y una espiritualidad contemporánea conviven con signos que revelan el sincretismo y la profundidad de las creencias andinas. Porque allí, en el corazón del altiplano boliviano, el cielo y el inframundo están unidos por una escalera.

La cima: devoción a la Virgen del Socavón

Al llegar, lo primero que se encuentra es una iglesia que mira a Oruro desde una colina sagrada. El templo, oficialmente dedicado a la Virgen de la Candelaria —aunque todos la conocen como la Virgen del Socavón—, es el corazón espiritual del Carnaval y uno de los grandes santuarios marianos de Bolivia.

La imagen de la Virgen, una pintura mural, está colocada en el altar mayor, es pequeña, morena, de expresión serena. A sus pies llegan a postrarse los danzarines cada sábado de Peregrinación, tras recorrer cerca de cuatro kilómetros de recorrido desde la Avenida 6 de Agosto hasta la Plaza del Folclore. No vienen solo a bailar. Vienen a cumplir promesas. A agradecer. A pedir.

La importancia del Santuario no se limita a lo litúrgico. Según el arquitecto Carlos Delgado —uno de los responsables de su restauración y entrevistado para mi pódcast Voces del Carnaval de Oruro—, “coexisten capas simbólicas y arquitectónicas que cuentan una historia profunda”. En sus bóvedas, en sus pasillos y altares, no solo se respira devoción mariana, sino también rastros de otras cosmovisiones.

Iconografía andina: señales dentro del templo

El fraile Sergio, rector del Santuario y miembro de la Orden de los Siervos de María —otra de las personas que entrevisté para la serie documental de pódcast Voces del Carnaval de Oruro— habla de la “genuidad” de este lugar. Una palabra que resume la autenticidad espiritual y cultural de Oruro. En su visión, el Santuario es un punto de encuentro entre la religiosidad popular católica y el sustrato ancestral andino.

Esa genuidad se expresa en detalles que a veces pasan desapercibidos: figuras de animales prehispánicos talladas en piedra, patrones que remiten a la Chakana o cruz andina, la presencia de elementos vinculados a los cuatro elementos de la naturaleza. “Aquí no se trata de imponer una visión religiosa sobre otra —afirma el fraile—, sino de aceptar que muchas veces conviven, dialogan, se funden”.

El resultado es un espacio que, arquitectónicamente, funciona como una tesis viva del sincretismo. En una misma bóveda pueden convivir frescos de víboras, sapos, lagartos y hormigas —símbolos de plagas y castigos en la cosmovisión Uru— con pinturas barrocas de ángeles, querubines y custodios del Santísimo. Todo convive. Todo dialoga. Nada se excluye.

Estas pinturas, realizadas por artistas locales, no son meros ornamentos. Son testimonios visuales de una espiritualidad que no se borró con la evangelización, sino que se transformó, se adaptó, se camufló… y sobrevivió. Por eso no es extraño que el Santuario acoja mesas rituales durante el martes de ch’alla, ni que en sus inmediaciones se realicen pagos a la Pachamama. Aquí la fe tiene muchos rostros. Y uno de ellos espera bajo tierra.

El descenso al Museo del Socavón

Una de las singularidades del Santuario es que bajo sus cimientos late una mina. El acceso al Museo del Socavón parte del interior mismo del templo. Una escalera empinada, de piedra húmeda, conduce desde el altar mariano hasta las entrañas del cerro Pie de Gallo. El descenso es literal y simbólico: del mundo celestial, al subterráneo.

Como metáfora, esa escalera resume lo que Oruro representa: no hay cielo sin tierra, ni fe sin raíces. Arriba, las promesas. Abajo, los pactos con la vida y la muerte.

Durante mi visita, el guía de la visita nos recordó que esta es una mina real, en la que se empezó a extraer plata en el siglo XVI, poco después de la llegada de los españoles. Pero, mucho antes de eso, el cerro Pie de Gallo ya era considerado un cerro sagrado por los pueblos originarios. Era un lugar de poder espiritual y energético, hogar de apus y espíritus tutelares.

El recorrido por el museo transcurre entre galerías húmedas, marcadas por vetas aún visibles. Las paredes rezuman historia. La luz es escasa. El suelo, inestable. El aire, denso. Hay que caminar con cuidado, como si el cerro exigiera respeto.

El Tío de la Mina: protector del inframundo

En lo más profundo de la galería espera una figura imponente: el Tío de la Mina. Con casco minero, bigote, una sonrisa inquietante y mirada fija. A menudo confundido con el diablo, el Tío no es tal cosa. “No es el diablo, es el alma del cerro, su guardián”, nos precisó el guía.

En la cosmovisión andina, todo lugar tiene su espíritu protector. En las minas, ese espíritu es el Tío. A él se le ofrece coca, alcohol, cigarrillos. Pero no es un ídolo al que se venera por miedo, sino un ser con el que se establece un pacto de reciprocidad.

“El Tío protege, pero también exige respeto”, apuntó el guía. No basta con ofrecer: hay que compartir. El minero mastica coca junto a él, bebe lo que también le ha dado, fuma con él. Es una forma de decir: ‘Estoy aquí, y reconozco tu poder’.

Carlos Delgado destaca la paradoja: “El altar de la Virgen está justo encima del Tío. Están en planos distintos, pero forman parte de una misma experiencia espiritual”. Es un templo sin fronteras tajantes entre lo celestial y lo telúrico.

Un museo que cuenta y conmueve

Además del Tío, el Museo del Socavón muestra herramientas originales de los mineros, vetas reales, y símbolos como el agua de copajira, que fluye entre galerías con su olor azufrado y color metálico. El túnel principal conecta, bajo tierra, con la antigua mina San José. No está abierto al público por seguridad, pero su existencia refuerza la idea de que Oruro se alza sobre un entramado físico y simbólico que une el mundo material con el espiritual.

Una leyenda impactante es la del Chiru Chiru, un personaje mítico de Oruro que robaba a los ricos para ayudar a los pobres y que, tras ser asesinado, fue hallado con una imagen de la Virgen sobre su lecho. Ese mito encarna la fusión de justicia, resistencia y devoción popular.

Volver a la superficie con otra mirada

Al terminar el recorrido por el subsuelo de Oruro, se vuelve a la superficie por una escalera diferente a la de acceso que conduce a la calle, que te lleva hacia la luz, pero tras haber atravesado por símbolos, creencias, ecos de dinamita, susurros de oraciones y mitos entrecruzados. Reconozco que uno no sale igual que entró. Se vuelve con otra mirada. Porque, como dice el fraile Sergio, “el Santuario tiene una espiritualidad que no necesita traducción. No hay que entenderlo todo con la razón. Hay que vivirlo”.

Eso es, tal vez, lo que vuelve tan singular este lugar: su capacidad para ser sentido más que explicado. Para mostrar que el cielo y el infierno, lo sagrado y lo profano, lo indígena y lo cristiano, no siempre se oponen. En Oruro, a veces conviven a tan solo unos escalones de distancia.

Quizá por eso el Socavón no es solo un templo, sino un espejo. Un reflejo de lo que somos: seres de fe, contradicción, memoria, deseo. Que peregrinan, se internan en la oscuridad y emergen agradeciendo lo que no siempre se ve… pero siempre se siente.

DATOS PRÁCTICOS

Precio entrada Museo del Socavón: 10 Bs

Precio permiso uso de cámara: 20 Bs

Horarios de visita:

  • Mañanas de 09:00 a 12:00
  • Tardes de 15:00 a 18:00

Ingreso por grupos, armándose dos grupos por la mañana y dos por la tarde.

En Oruro, no hay Carnaval sin música, ni música sin Carnaval

Así lo comprobé nada más llegar a Oruro el viernes previo al Festival de Bandas, que cada año se celebra justo una semana antes del sábado de Peregrinación o Entrada.

Aquel viernes, mientras el taxi se deslizaba desde la terminal de buses hacia el centro de Oruro, recién llegado de La Paz, ya sentía que el Carnaval había comenzado para mí: el aire vibraba con ecos de trompetas, bombos y platillos. Abandoné rápido el equipaje en la habitación alquilada y, guiado únicamente por el sonido, aún sin referencias claras de la ciudad, caminé hasta la Avenida Cívica. Al día siguiente, ese mismo lugar congregaría a más de 4.000 músicos y a miles de personas para celebrar la XXIII edición del Festival de Bandas y yo iba a estar allí.

Bajo un cielo altiplánico cargado de presagios festivos, al girar la esquina de la calle Adolfo Mier, me topé, de pleno, con el origen de aquel estruendo que me había dado la bienvenida: cientos de músicos ensayaban, afinando instrumentos y emociones, para lo que estaba por venir. Para mí, era el primer latido de un corazón que ya no dejaría de sonar en los días siguientes.

Esa misma tarde, no sin antes dejar que mis pasos me llevasen por primera vez al epicentro espiritual del Carnaval y de Oruro, el Santuario del Socavón, la música continuó marcando mi jornada. Crucé la ciudad hasta el Teatro de la Casa Municipal de Cultura, donde me encontraría con uno de mis referentes orureños: el historiador Mauricio Cazorla. Esa noche, la Fraternidad Artística y Cultural La Diablada, junto con la Orquesta Sinfónica de Oruro, ofrecían el concierto “Carnaval Sinfónico Oruro”, un homenaje sonoro al Bicentenario que unía tradición folclórica y música académica. Y, lo mejor, que cada interpretación musical iba precedida de una narración histórica, en la voz del propio Mauricio Cazorla, que no solo contextualizó cada pieza, sino que siguió contribuyendo a enriquecer mi mirada sobre el alma histórica, simbólica y festiva del Carnaval que estaba por vivir.

Con solo unas horas en Oruro, ya percibía que la música aquí no es un acompañamiento: es el centro mismo de la experiencia. Recordaba algo que me impactó profundamente cuando viví el Carnaval por primera vez en 2014: algunas bandas superaban los 200 músicos. Yo, que vengo de Elda (Alicante) —tierra de Moros y Cristianos y de música de bandas—, donde ya nos parecen apoteósicas las que alcanzan los 70 u 80 integrantes, no podía dar crédito. Aquello no era una banda, era una marea sonora, una sinfonía andina que rompía cualquier referencia musical previa que yo tuviera.

Y lo mejor era saber que, pocos días después, iba a volver a vivirlo. Que una nueva Peregrinación me esperaba… y yo estaba listo para dejarme atravesar de nuevo por esa sinfonía andina.

En esta tierra, las bandas, integradas efectivamente por cientos de músicos que tocan de memoria y con el alma, marcan el paso, la energía y la emoción del Carnaval. Son ellas quienes guían a los danzarines en su promesa a la Virgen del Socavón, quienes transforman el asfalto en un escenario y quienes encienden el corazón de los espectadores. Ese pulso colectivo que se siente en el pecho más que en los oídos se ha forjado a lo largo de décadas de historia.

La tradición de bandas en Oruro se hunde en un mestizaje musical que comenzó a gestarse entre los siglos XIX y XX, cuando trompetas, trombones y saxofones —herencia europea— se fusionaron con ritmos y cadencias andinas. Tras la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, florecieron las primeras bandas militares y civiles, y fue en la década de 1960 cuando las llamadas “bandas de bronce” comenzaron a interpretar danzas folclóricas con una fuerza y sonoridad que marcaron un antes y un después. Así nació un lenguaje musical propio, un sonido que hoy define al Carnaval.

Desde entonces, algunas agrupaciones se han convertido en emblemas sonoros del altiplano. La Intercontinental Poopó, con su potencia inconfundible; la Internacional Unión Pagador, de percusión temible y corazón vibrante; la Espectacular Bolivia, siempre fiel a la tradición; la Fabulosa Poopó, la Super Central, la Unión Imperial, la Central Cocani… Cada una ha labrado su personalidad, una forma de estremecer con una diablada, de acariciar con una morenada, de elevar una cullawada. Y no faltan agrupaciones más recientes como la juvenil Pendek’s Band o la Banda Imperial Sajama, que aportan nuevas generaciones, nuevos bríos y un colorido particular al repertorio.

Según me contaban muchos orureños, a veces basta con escuchar un solo compás —un bombo, una entrada de trompeta, un repique de platillo— para reconocer qué banda se aproxima. Porque cada una tiene su propio timbre, su cadencia, su forma de conmover. Son más que agrupaciones musicales: son custodios del ritmo, guardianes del sentimiento. Porque en el Carnaval, ellas no acompañan… Ellas guían. Ellas encienden. Ellas hacen que todo, absolutamente todo, comience a danzar.

Pero detrás de ese latido, de ese despliegue sonoro que conmueve a todo Oruro, hay mucho más que intuición o talento: hay ensayo, rigor, compromiso. Y así lo comprobé en los días previos al gran día.

Invitado por Iván Irigoyen, joven músico de la Banda Espectacular Bolivia, tuve el privilegio de asistir a uno de sus ensayos. Para llegar hasta allí tuve que alejarme del centro de la ciudad. Iván me había citado en el Teatro Internacional Oruro. No tenía claro dónde estaba, pero me dejé llevar por el taxi que intercepté junto a mi alojamiento. El trayecto fue largo —el más largo de todos los días que estuve en Oruro— y me dio la sensación de haber salido de los márgenes urbanos.

Al llegar, descubrí un edificio descomunal, cerrado a cal y canto, rodeado de descampados donde flotaba el polvo, sin aparente presencia humana. Tuve que bordearlo hasta alcanzar la parte trasera del complejo. Desde la distancia, vislumbré un grupo de personas ataviadas con trajes rojo, amarillo y verde: los colores de la bandera de Bolivia. Me sorprendió ver que, en medio de aquel paisaje desolado, bajo la fuerza seca del sol altiplánico, los músicos ensayaban con sus galas completas. Comprendí que, si en ninguna parte del mundo la música se improvisa, en Oruro menos que en ninguna.

Aquel nivel de entrega, disciplina y pasión era la materia prima del engranaje sonoro que sostiene al Carnaval. A un lado, músicos de todas las edades afinaban instrumentos, repasaban repertorios, corregían pasajes con atención quirúrgica. Al otro, parte de la banda ensayaba las coreografías que pronto llenarían las calles. Era como observar un corazón ensayando sus propios latidos.

Fue, sin duda, una experiencia de inmersión total. Ese primer pulso musical con el que me recibió Oruro la tarde de mi llegada seguía resonando en mi interior. Me fui de allí con la melodía grabada en la memoria… y con la marca del sol andino tatuada en la coronilla.

Como tatuado tienen los orureños un nombre, el “Jacha” Flores. Porque hablar de la música del Carnaval es, inevitablemente., hablar de él: José Félix Flores Orozco, conocido por todos como el Jach’a, palabra aymara que significa ‘el grande’. Y lo fue. A lo largo de su vida compuso más de 300 canciones, muchas de las cuales hoy son himnos populares cargados de emoción y devoción. Su nombre, aunque no era el centro de mi investigación, apareció una y otra vez en las entrevistas que realicé a diversas “Voces del Carnaval de Oruro”.

Y luego, escuchando y sintiendo en la calle muchas de sus composiciones, entendí que el Jach’a no solo compuso canciones, sino que escribió parte del alma del Carnaval de Oruro. Temas como El Chiru chiru, Chiquita Orureñita, Cecilia o Antes de morir han trascendido generaciones y forman parte del repertorio ineludible de toda buena banda. La música de Jach’a tiene algo de marcha de guerra, de oración, de declaración de amor al pueblo y a la Virgen. Esas canciones no solo se tocan: se gritan, se bailan, se lloran. En cada compás se oye la memoria de un pueblo que ha sabido hacer de su música una forma de trascendencia.

No solo ocurre con las composiciones del “Jacha” Flores, sino con la mayoría de las canciones que suenan durante el Carnaval. Son verdaderos relatos que condensan emociones intensas: historias de amor, nostalgia por la tierra, orgullo por la fraternidad o ruegos a la Virgen. En sus versos se encierra una parte esencial del alma orureña. Algunas letras se convierten en mantras colectivos, coreados con fuerza al paso de la danza. Y, para un recién llegado como yo, resulta abrumador ver cómo cada letra está en boca de todos, sin distinción entre danzarines y público.

En la Peregrinación, aún para un oído no afinado como el mío, te das cuenta que cada danza tiene su estilo musical propio. La Diablada suena potente y teatral, con piezas como «Diablos Locos», «El Chiru Chiru», o «Corazón de Sudamérica». La Morenada es cadenciosa, elegante, a veces melancólica: «Brujita», «Aromeñita» o «Soy de Mejillones» son clásicos. Los Caporales combinan ritmo y fuerza, con temas como «Ay Rosita» o «Soy Caporal». Los Tinkus, con su energía guerrera, resuenan con «Leydi» o «Para que la vida». Los Tobas traen dinamismo y agilidad: «Somos de la Central» o los mixes de Fusion Ruana animan a saltar sin pausa.

Y así podría seguir con las llameradas, incas, negritos, wititis, cullaguadas, kallawayas, suri sicuris, potolos, zampoñeros o doctorcitos. Cada estilo tiene su color musical, sus instrumentos distintivos y su cadencia.

Y cada fraternidad y conjunto folclórico escoge cuidadosamente su banda y su repertorio.

En mi caso, fue una melodía la que me escogió a mí. El último día que estuve en Oruro, el lunes 3 de marzo, al subir al bus que me llevaría de regreso a La Paz, no podía sacarme de la cabeza un verso que había escuchado durante todo el Carnaval: “Mañana cuando me vaya, tú llorarás…”. El alma musical del “Jacha” Flores también se había apoderado de mí. Era como un eco, como un mantra, como una despedida sentida.

Y entonces, el viaje se cerró con una escena tan inesperada como simbólica: en el mismo bus viajaba Luzmila Carpio, la musa de “Jacha” Flores, una de las voces más icónicas de la música andina, como me contó mi hermanito boliviano, Marcelo Meneses, “Alma Tunante”. Sentí que el Carnaval no quería dejarme ir del todo. Que, incluso en la despedida, la música seguía marcando el compás.

La música del Carnaval de Oruro no es solo una banda sonora. Es un latido ancestral que sigue resonando en quienes lo han vivido. Porque cuando uno se va, no se va del todo: se lleva esas melodías tatuadas en el alma. Y algo de su alma, también, se queda danzando allá.

Un viaje a lo invisible: el diálogo con la Pachamama y los rituales del Carnaval de Oruro

En Oruro, nadie bebe antes de que lo haga la Pachamama. O, al menos, eso fue lo primero que vislumbré cuando puse un pie allí por primera vez en 2014. Cada lata de cerveza que se abre, cada vaso que se alza por primera vez, comienza con un gesto tan sencillo como cargado de sentido: verter un sorbo sobre la tierra. Es la forma más directa de recordar que todo lo que disfrutamos viene de ella.

Este pequeño ritual se llama ch’allar, una palabra que proviene de los términos quechuas ch’allay o ch’allakuy, que significan literalmente “rociar insistentemente”. La Real Academia Española: lo define en su versión castellanizada como “rociar el suelo con licor en homenaje a la madre tierra o Pachamama”. Pero cuando estás en Oruro —o en cualquier otro rincón de Bolivia, Perú o el norte de Argentina, donde la ch’alla es una práctica común— pronto comprendes que es mucho más que un formalismo.

Sobre todo durante el Carnaval, la ch’alla es un recordatorio permanente de que la vida es un intercambio continuo de dar y recibir. Es entender que vivir es un rito de reciprocidad, donde se ofrece algo a la tierra a cambio de sus bendiciones. O, como resume Jorge Drexler en una sola frase luminosa, “cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da”, de su canción “Todo se transforma”

A grandes rasgos, consiste en rociar con alcohol el suelo, las puertas de las casas, los vehículos, los negocios o cualquier bien que uno quiera bendecir. También se colocan pétalos de flores, serpentinas, confites, granos de maíz. En algunos casos, se queman incienso y hierbas mientras la música de las bandas envuelve el ambiente. Todo ocurre a la vista de todos, con naturalidad, como si aquí la gratitud fuera una costumbre cotidiana y no un acto excepcional.

La primera vez que presencié una ch’alla me quedé con la sensación de no entender nada. Incluso, con mi mirada obsesiva por la limpieza, pensé instintivamente “¡qué guarrada!, se va a quedar todo pringoso”. La segunda vez volví a sentir que no entendía casi nada, pero en esta ocasión me di cuenta de que estaba bien así. Que uno no viajaba para descifrarlo todo, sino para aprender a mirar con otros ojos.

Durante mi segunda visita a Oruro, con una mirada más abierta, con una mente más pausada y con tiempo para la profundidad, pude adentrarme en un viaje más íntimo por los rituales del Carnaval.

Con esa curiosidad encendida, acompañado por el investigador Miguel Ángel Foronda Calle, llegué una mañana al Mercado Fermín López. Tras caminar entre pasillos atestados de figuritas, dulces, velas, sullus y cientos de objetos curiosos, encontramos el puesto de doña Antonia, una mujer de voz serena y manos que se movían con precisión mientras preparaba una mesa ritual.

Pequeñas hormiguitas de plástico, elefantes diminutos, billetitos de juguete, estrellas de colores… Me explicó que cada figura tenía un significado: la hormiguita representaba el trabajo constante; el elefante, la buena suerte; la bolsa de plata, la prosperidad; las estrellas, la claridad del pensamiento.

“Esto no es brujería”, me dijo con un tono firme que no admitía discusión. “Es agradecimiento. Aquí venimos a dar gracias por el techo, la comida, el trabajo”. Mientras escuchaba su relato, me preguntaba cuántas veces habríamos juzgado como superstición lo que simplemente era una manera distinta de agradecer. De Oruro se llevaban mesas a todos lados —me contaba con un orgullo tranquilo—: Chile, Buenos Aires, incluso Estados Unidos, porque todo se hacía con fe.

En aquel puesto lleno de colores y aromas dulzones comprendí que nada se colocaba al azar. Cada elemento hablaba un idioma antiguo que solo se entendía si uno decidía quedarse un rato más, preguntar, observar y dejarse tocar por algo que, a simple vista, parecía pequeño pero era inmenso.

Viernes de ch'alla en la Mina Nuevo San Jose de Oruro Bolivia Mario Trotamundos

Mi viaje por la ritualidad continuó el viernes previo al Carnaval, el viernes de ch’alla de las minas y los negocios. Ese día, un taxi se convirtió en mi particular Delorean y me llevó desde el centro de Oruro hasta las puertas de las Minas Nuevo San José. Formábamos la expedición el fotógrafo Marcelo Meneses, más conocido localmente como Alma Tunante; Natilena Blanco, arquitecta, danzante, presentadora de televisión y, sobre todo, quien nos abría el paso gracias a su padre, empleado en estas minas; y yo, con expectación ante ese viaje en el tiempo.

Con la expedición reducida a dos, tras la baja por malestar de Alma Tunante, atravesamos un túnel largo y húmedo en el que el “chof, chof” de nuestras pisadas sobre agua ácida rompía un silencio que pesaba más que la oscuridad. Al final, la música de una banda empezó a sonar y la luz se convirtió en guía.

Al llegar, frente a nosotros se extendía una mesa ritual cubierta de ofrendas: botellas de cerveza abiertas, confites, serpentinas, figuras pequeñas que parecían hablar un idioma propio. Junto a la mesa, además de mineros, familiares y amigos, cinco llamas blancas esperaban inmóviles con los ojos vendados. Parecía que intuían lo que les aguardaba una vez dentro de la mina. Representaban la conexión con la vida y la fertilidad.

Se trataba de rituales que los mineros ofrecían al Tío de la Mina, pidiendo permiso para trabajar la tierra y extraer el mineral que sustentaba la economía de la región. Él, dios del mundo subterráneo para los mineros andinos, les transmitía la fuerza espiritual y el coraje para afrontar el trabajo diario.

Sentí que aquel instante no era un espectáculo, sino un acto de respeto profundo. Durante un rato tomé fotos en silencio, hasta que un minero se me acercó con cortesía firme y me pidió que no siguiera. Guardé la cámara sin protestar. Entendí que allí no se iba a documentar, sino a aprender. A reconocer que este ritual, cargado de sincretismo entre creencias indígenas y cristianas, se convertía en una conexión directa con los valores espirituales que también se celebraban durante el Carnaval.

Salí de la mina con la sensación de que algo se había transformado en mí. Mi manera de mirar Oruro ya no sería la misma. Partí con la convicción de que un periodista no siempre necesitaba llevarse imágenes: a veces bastaba con quedarse con el recuerdo. Y, curiosamente, recordé la primera vez que, en aquel lejano 2014, en un mercado de Potosí, me había llamado la atención un tenderete donde colgaban pequeños fetos de llama que, en mi ignorancia, confundí con simples peluches a modo de souvenirs. Hoy sabía que los sullus, al igual que las llamas sacrificadas en los rituales al Tío que acababa de presenciar, eran ofrendas que representaban la fertilidad y la vida.

De regreso al corazón urbano de Oruro, me reencontré con Alma Tunante. Él tenía prevista para mí una nueva parada en ese viaje íntimo por los rituales vinculados al Carnaval. Mientras en las calles la música de las bandas se mezclaba con el aire espeso de Khoa y mixtura, nuestros pasos se encaminaron al negocio de uno de sus amigos, muy cerca de la Plaza 10 de Febrero.

Allí, haciendo real la canción de “los amigos de mis amigos son mis amigos”, me recibieron con abrazos y serpentinas que caían sobre mi cuello como símbolos de buenos deseos. Ya habían llevado a cabo la ch’alla del negocio que, debo confesar, interpreté que era un despacho, pero nunca supe bien de qué.

Llegamos justo en el momento de compartir los manjares, porque poco después de nuestra llegada apareció un invitado especial: la cabeza de vaca asada, recién traída del horno de una panadería. Este plato típico de la gastronomía orureña, especialmente en Carnaval, aún conservaba su forma animal y el vapor denso se mezclaba con el aroma de la carne. No estaba seguro de si aquel era el mejor día para experimentos culinarios, después de una noche de malestar y una mañana de ayuno. Pero ¿cómo resistirme a compartir la comida en un ambiente tan cálido?

Con una cerveza Huari fría en la mano, me animé a probar primero un trozo de carne, luego la lengua, tierna y casi aterciopelada, y por último los sesos, suaves como mantequilla. No fui capaz de llegar a los ojos. Entre brindis, risas y aquel calor que no venía solo del horno, comprendí que allí no solo se compartía un plato: se compartía la gratitud por la vida y la esperanza de que nunca faltara el sustento.

Los días de Carnaval transcurrieron entre amigos, confesiones, fotografías y muchos sorbos vertidos a la tierra en señal de gratitud. Aquella ritualidad tuvo su punto culminante el martes de Carnaval, ya lejos de Oruro, a las afueras de La Paz, donde tuve la suerte de sentirme uno más en la familia Meneses Vargas —la familia de mi amigo Alma Tunante— durante la celebración del conocido martes de ch’alla. Fue un tiempo de celebración que también fue, sin saberlo, un tiempo de aprendizaje silencioso.

Esa vez no fui un mero observador de la mesa ritual presidida por un sullu. Me convertí en un actor más, entregando a la Pachamama ofrendas sencillas, como piezas de fruta, desde el respeto y la gratitud.

Mientras reíamos, compartíamos y brindábamos, comprendí que lo inolvidable no era solo lo que uno veía o probaba. Era aquello que se quedaba pegado a la piel como un tatuaje. Quizá eso fuera lo esencial: entender que la gratitud allí no se proclamaba en voz alta. Se practicaba cada día, con gestos pequeños que resultaban más poderosos que cualquier discurso.

A menudo, después de aquel viaje, me he preguntado qué ocurre cuando dejamos de agradecer. Si no es entonces cuando empezamos a creer que todo nos pertenece por derecho. En Oruro entendí que nada estaba garantizado. Que la música, la salud, la cosecha o la compañía podían faltar mañana. Quizá por eso lo esencial era invisible a los ojos. Porque no siempre se ve, pero siempre se siente. Y porque, a veces, viajar consiste precisamente en eso: en aprender a mirar de nuevo y recordar qué es lo esencial.

La Paz (Bolivia), parada de camino al Carnaval de Oruro

En este episodio de En viaje y alma, la ruta hacia el Carnaval de Oruro me lleva primero a La Paz, la ciudad que vive a más de 3.600 metros de altura. Entre el bullicio y los colores del Mercado Lanza, descubro sabores que reconfortan después del viaje: un combo Illimani en el puesto de Doña Mary y un batido de mango con Jimena, que se convierten en el primer brindis de un viaje que promete fiesta, cultura y emociones… para saborear con todos los sentidos.

Fotografiar el alma del Carnaval de Oruro: consejos prácticos para capturar una Obra Maestra viva

El colorido de los trajes, las historias bordadas en cada vestimenta, las máscaras que susurran mitos, los gestos y guiños de los danzantes, el movimiento vibrante de las coreografías, las reacciones del público al paso de los conjuntos folclóricos, el fuego de las Diabladas, las escenas costumbristas que emergen entre danza y devoción, la ternura de los pequeños bailarines, la vida paralela en las gradas, los semblantes al cruzar la Puerta Santa del Santuario…

La Peregrinación del Carnaval de Oruro es, para cualquier fotógrafo, un disparo continuo, un latido visual. Resulta imposible imaginar la cantidad de fotografías que se generan durante esos días. En algún rincón del tiempo, sería fascinante poder cuantificar los millones de imágenes que han nacido aquí como testimonio gráfico de una celebración única en el mundo.

Y es que el Carnaval de Oruro —reconocido como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad desde 2001— representa una experiencia fotográfica que todo fotógrafo o periodista de viajes, profesional o amateur, debería vivir al menos una vez en la vida.

Si estás considerando viajar a Bolivia para documentar con tu cámara esta celebración desbordante de espiritualidad, cultura, música, color y movimiento, aquí comparto algunas recomendaciones basadas en mi experiencia durante el Carnaval de 2025.

Acreditación para cubrir la Peregrinación desde dentro

Si tu objetivo es fotografiar la entrada desde dentro del recorrido oficial y captar los momentos más cercanos y simbólicos de los danzantes, debes saber que, como ocurre en muchas celebraciones festivas del mundo, necesitarás una acreditación de prensa. Este pase te permite ingresar al circuito con ciertos permisos, siempre bajo condiciones de respeto y movilidad limitada.

Me refiero a que, aunque estés acreditado, es importante no entorpecer el desarrollo de la Peregrinación ni el paso de los danzantes, porque se prioriza el respeto al carácter devocional de la festividad. Bien es cierto que, luego, en el terreno, la realidad es otra, y existen actitudes por parte de fotógrafos, creadores de contenido y periodistas que resultan bastante cuestionables. Incluso, por experiencia, te encuentras con personas cuya acreditación brilla por su ausencia. Pero ese sería debate para otro post.

El organismo encargado de emitir las acreditaciones es el Sindicato de Trabajadores de la Prensa de Oruro (STPO), con quien es necesario ponerse en contacto para realizar la solicitud. Habitualmente, la documentación requerida incluye:

  • Nota de solicitud y obtención de la credencial para cobertura periodística
  • Certificado del medio de comunicación en el que desempeñas funciones
  • Credencial institucional vigente
  • Fotografía con fondo blanco (4×4, formato digital)
  • Pago de la tasa correspondiente (en 2025 fue de 20 Bs para prensa local, 130 Bs para nacional y 230 Bs para internacionales)

Siempre existen situaciones especiales, como fue mi caso. Yo no iba de la mano de ningún medio de comunicación ni contaba con credencial institucional, sino que viajé como estudiante del Máster de Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism  como parte del viaje para mi Trabajo Final de Máster. Así, tras conversar con el STPO, la documentación aportada en sustitución del certificado del medio fue un certificado emitido por la escuela y mi título de periodista.

Para abordar estas gestiones, te recomiendo contactar con el STPO al menos un mes antes del Carnaval. Ya en Oruro, deberás visitar las oficinas del sindicato —el día previo a la Peregrinación o incluso esa misma mañana— para liquidar la tasa y recoger tu acreditación. Para ese momento, te aconsejo ir con tiempo… y paciencia.

Los mejores lugares del recorrido

El recorrido de la Peregrinación tiene una extensión aproximada de 4 km, comenzando en la avenida 6 de Agosto y cruzando calles como Bolívar, La Plata, Adolfo Mier, Presidente Montes, Petot y la Avenida Cívica, hasta alcanzar el Santuario de la Virgen del Socavón.

Elegir bien el lugar desde donde fotografiar puede marcar la diferencia entre una imagen documental y una que transmita emoción, contexto y alma.

Desde mi experiencia, estos son algunos de los puntos más recomendables:

  • Calles La Plata, Adolfo Mier y Presidente Montes, en torno a la Plaza Principal 10 de Febrero, ofrecen un fondo arquitectónico único y expresiones intensas del público.
  • Mi preferida fue la calle Presidente Montes, que mantiene un ambiente más relajado y familiar, frente al público más joven y bullicioso de La Plata y la Mier. A determinadas horas, ese jolgorio puede dificultar la labor fotográfica. Además, para las fotografías en la calle Presidente Montes, el edificio de la Gobernación es un muy buen telón de fondo, sobre todo con su iluminación nocturna.
  • A primera hora, muchos fotógrafos comienzan en la Avenida 6 de Agosto, donde la luz matinal es ideal y la decoración aérea añade color y contexto.
  • La Avenida Cívica es otro lugar álgido. Allí se aprecia la magnitud del Carnaval y los bloques folclóricos entregan el alma en sus últimos pasos. En 2025, las restricciones para fotógrafos no facilitaron buenas tomas desde esta zona.

Pero, sin duda, el momento más impactante ocurre frente a la Puerta del Santuario del Socavón. Las miradas se elevan, los pasos se ralentizan, muchos lloran. Desde el punto de vista de la fe y la devoción, es el instante más poderoso. Si te gusta capturar gestos, muecas y detalles faciales, busca un buen ángulo justo tras la Puerta Santa, donde muchos danzantes se despojan de sus máscaras.

Grupo-de-morenos-compartiendo-en-un-puesto-callejero-de-La-Calle-13-de-Oruro Bolivia Mario Trotamundos

Salirse del recorrido: historias que suceden al margen

Más allá del recorrido oficial, existen escenas igual de potentes, a veces más íntimas y humanas.

Algunas sugerencias desde mi experiencia:

  • Calles traseras y puntos de descanso: danzantes que se preparan, se ajustan el traje, se hidratan o simplemente descansan. Imágenes más auténticas y sin pose. Un lugar interesante es la zona entre calles Bolívar y Petot, una vez pasada la plaza principal.
  • La Calle 13: para muchos danzantes, es wasi —casa, refugio, reencuentro—. Allí se celebra tras la promesa cumplida. Te lo cuento en profundidad en este otro post.
  • Las gradas y el público: el Carnaval también se vive en las gradas, entre familias, visitantes, reencuentros. Fotografiar al público también es contar el alma de la fiesta.

Y, sin duda, mi mayor recomendación es no limitarse al sábado de Peregrinación ni al domingo de Carnaval. Llega a Oruro días antes y quédate unos días después. Solo así se comprende la transformación de la ciudad, se percibe su vibración completa, y se capta, con cámara o sin ella, el alma del Carnaval de Oruro.

La visión del fotógrafo orureño Marcelo Meneses, Alma Tunante

Si hay una mirada que ha sabido captar el alma del Carnaval de Oruro en los últimos años, esa es la de Marcelo Meneses, más conocido como Alma Tunante. Su trabajo va más allá de la estética: es fotografía emocional, documento histórico y activismo cultural al mismo tiempo.

“Conlleva demasiados detalles, no solo lo cultural, no solo lo religioso… hay muchas personas detrás de ello, y nosotros también hemos dedicado tiempo a hacer registro fotográfico como los bordadores, los carreteros, los danzantes… Vienen a contarte historias, historias familiares, descendencias, legados.”

Esa sensibilidad es la que guía su lente. No busca solo captar danzas; busca retratar vidas que se entrelazan con la tradición.

Fotografiar el Carnaval, como él lo entiende, implica un proceso de aprendizaje profundo. “Ha sido un proceso hermoso… entrenar ese ojo, perfeccionarlo, mostrar los detalles en todo, tratando de sensibilizar o emocionar al veedor de nuestras postales.” Y es que Marcelo no solo dispara su cámara: observa, escucha y conecta con quienes danzan, ofrendan o simplemente sienten.

Uno de sus sellos es su capacidad de retratar los cambios: en los trajes, los colores, los personajes que aparecen en las caretas, incluso en los músicos. “Se nota todo ese proceso evolutivo”, explica. La fotografía, para él, es memoria visual del tiempo. “La fotografía es atemporal… siempre te va a mostrar cosas que antes no podíamos tener. Nos ayuda a comprender el proceso evolutivo que han tenido las danzas.”

Lo que más conmueve de su testimonio es el respeto que mantiene hacia los danzantes y su espacio sagrado: “Estando en el recorrido tienes que estar dentro de los danzarines. Pero todo espacio del danzarín es sagrado, entonces estaríamos rompiendo con eso.” Aun así, su cercanía le ha permitido retratar desde adentro: “Me ha tocado estar dentro de un bloque de morenos… se vive desde otra manera estando ahí.”

A nivel técnico, su secreto está en la preparación y la paciencia. Asiste a los ensayos desde noviembre: “Ahí es donde nosotros también aprendemos los tiempos… los momentos en los que sí podemos hacer una buena foto.” Gracias a eso, cuando llega la Peregrinación, ya sabe anticipar movimientos y capturar emociones reales.

Y cuando le preguntan por qué seguir, por qué volver año tras año, responde con una frase que resume lo que tantos orureños sienten: “Si la Mamita quiere, no voy a faltar este Carnaval.”

Para Alma Tunante, fotografiar el Carnaval de Oruro no es un encargo, es una promesa devocional. Es un acto de fe, de identidad y de amor profundo por su tierra. Su lente nos recuerda que hay imágenes que trascienden el instante, porque guardan en sí el alma de un pueblo.

Para conocer más sobre Marcelo Meneses, Alma Tunante, puedes escuchar el podcast de “Voces del Carnaval de Oruro” en el que le entrevisto.

Después de vivir el Carnaval de Oruro desde dentro, siento que fotografiar el Carnaval de Oruro es mucho más que una cobertura periodística o visual. Es una experiencia sensorial y espiritual que te exige estar presente, abierto y dispuesto a comprender una cultura desde dentro, de la mano de quienes la hacen posible.

No se trata solo de capturar imágenes. Se trata de devolver, con cada disparo, algo del respeto que la celebración merece tras siglos de historia y devoción.

Como fotógrafo y periodista de viajes, viví el Carnaval de 2025 como un aprendizaje continuo. Y hoy, desde estas líneas, me ofrezco para, si decides viajar a Oruro en Carnaval, contagiarte de mi pasión viajera y mi amor por esta tierra. Porque hay celebraciones que se viven con los ojos, pero se fotografían con el alma.

Y sí, el Carnaval de Oruro también merece vivirse sin cámara. En algún momento, conviene guardar el visor y mirar con el alma. Hay imágenes que no se capturan con sensores, sino con emociones.

Voces del Carnaval de Oruro: el alma de un patrimonio vivo

No importa el tiempo que pase, ni los nuevos destinos que mi espíritu viajero me depare: el Carnaval de Oruro en Bolivia siempre ocupará un lugar privilegiado en mi corazón de Trotamundos porque aquella primera visita en 2014, fruto del azar, las causalidades o las casualidades, quedó marcada como un flechazo a primera vista. Jamás desaparecerá de mi recuerdo aquel impacto imborrable de hospitalidad, belleza, majestuosidad, folclore y fiesta en un lugar que ni siquiera existía en mi mapa mental y en mis referencias viajeras. Aquel “Carnaval cerca del cielo” que rezaban las pancartas publicitarias fue, para mí, exactamente eso: un éxtasis entre lo terrenal y lo sagrado, entre lo desconocido y lo sentido.

Ese impacto me ha acompañado desde entonces, y por eso, cada vez que se presenta la ocasión —ya sea en pequeños corrillos o con un micro por delante— me descubro convertido, sin proponérmelo, en embajador entusiasta del Carnaval de Oruro.

Uno de esos momentos “con micro por delante” fue en 2021, en el espacio viajero “De acá para allá” de Radio Elda SER, con el que colaboraba quincenalmente por aquel entonces. Entre tantos destinos que merecían voz, no podía faltar un programa dedicado enteramente al Carnaval de Oruro.

Pero claro, no quería que el programa fuese solo una sucesión de mis impresiones, emociones y percepciones: quería aportar profundidad, contexto y conocimiento.

Y, para ello, volví a buscar a mis bolivianos de referencia, a todas esas personas que, desde aquel viaje en 2014, me hicieron sentir el calor a 3.706 metros sobre el mar. Un simple mensaje bastó para encender de nuevo la chispa. La memoria hizo lo suyo. Y Oruro, como si nunca se hubiera ido, volvió a ocupar su lugar en mi presente.

Además, como canta la canción —“los amigos de mis amigos son mis amigos”—, surgieron nuevas conexiones: Mauricio Cazorla, historiador orureño; Pablo Osorio, amigo de Alicia, a la que conocí en 2014 junto a Raúl… Todos ellos abrieron nuevas puertas para seguir profundizando en esa fiesta lejana en el espacio y en el calendario, pero muy viva en mi memoria.

Lo que empezó como un deslumbramiento se convirtió, con los años, en una búsqueda. Quería comprender no solo lo que había sentido, sino por qué lo había sentido. Qué había detrás de esa emoción que no se apagaba. Fue así como entendí que, para contar el Carnaval de Oruro con justicia, tenía que escucharlo en voz de sus protagonistas.

Y ha sido gracias al máster de Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism que he tenido la oportunidad de desarrollar un proyecto de investigación sobre un destino. Al elegir destino, no lo dudé: vi el cielo abierto. Pero no cualquier cielo, claro está. El de Oruro. Ese lugar que, una década atrás, ya me había hecho vivir un éxtasis cerca del cielo.

Pero esta vez no quería limitarme a observar, ni siquiera a relatar solo desde la emoción —que, dicho sea de paso, nunca he querido dejar de lado, porque las fiestas populares, el folclore y la cultura tienen mucho de corazón, de piel—. Sentía, casi como un deber, la necesidad de escarbar más hondo. De ir más allá de la lente del turista o del viajero entusiasta. El Carnaval de Oruro merecía ser contado con rigor, respeto y profundidad. No bastaba con decir que era hermoso. Había que explicar por qué lo era. Qué memorias, qué símbolos, qué promesas y qué dolores lo tejían. Qué lo hacía único en el mundo.

Miguel Ángel Foronda Calle

Fue así como, en ese camino investigativo, llegué al videopodcast Calvario, un archivo sonoro tan esclarecedor como emotivo. Gracias al trabajo de Miguel Ángel Foronda Calle —danzante, gestor cultural y voz comprometida con la difusión del patrimonio— descubrí un mapa afectivo y testimonial del Carnaval que me ayudó a preparar el viaje con otra mirada. Cada episodio era una lección de historia viva, una pieza más en ese puzle que yo quería recomponer con mi propia voz periodística, pero también con las voces de quienes viven, sueñan y danzan el Carnaval desde dentro.

En esos pasos también me di cuenta, a través del material encontrado en el ciberespacio, de que la mayoría de las miradas periodísticas externas —incluso muchas dentro del propio país— se quedaban en la superficie. Mostraban lo espectacular, pero no desvelaban esa hondura que permite, no solo sentir, sino comprender el Carnaval de Oruro. Reforcé entonces mi convicción: a la mirada puesta en la belleza, había que sumarle la mirada puesta en lo profundo, en las raíces.

Y, para ir a las raíces, nadie mejor que los propios orureños: las voces protagonistas.

Comencé a tejer un universo de contactos de la mano de quien se convirtió en mi guía en todo este proceso, el historiador Mauricio Cazorla. Tenía claras las capas que quería abordar: la historia y orígenes del Carnaval, su dimensión religiosa, la organización y promoción de la fiesta, las tradiciones, el folclore y la música, las vivencias desde dentro, la economía, la moda, la artesanía, la sostenibilidad, la gastronomía y también cómo se vive el Carnaval desde la distancia. Y, por supuesto, los retos y desafíos que enfrenta.

Mauricio Cazorla, historiador

Siempre con el acompañamiento generoso de Mauricio, fui armando una red de más de 50 contactos anotados en mi Excel. Por supuesto, muchos se fueron quedando en el camino. Incluso, una vez en Oruro, algunas personas que habían confirmado su participación se cayeron de la agenda a última hora. Hubo inevitables dosis de frustración, pero también el aprendizaje de saber fluir con la vida. Como dice el dicho popular: “Somos los que somos, y estamos los que estamos”.

No voy a negar que me hubiese gustado contar con más representatividad institucional, especialmente por parte de organismos como el Viceministerio de Turismo , la alcaldía de Oruro o la ACFO (Asociación de Conjuntos del Folklore de Oruro), estos dos últimos, según la Ley N° 602 de Bolivia, los organizadores del Carnaval de Oruro conjuntamente con el Comité Departamental de Etnografía y Folklore de Oruro. Pero las puertas que se abrieron, y las voces que se sumaron, fueron las que han terminado dando alma a este proyecto hoy. Quién sabe si habrá otras que le den continuidad.

Igual que algunas entrevistas se truncaron en el camino, este también deparó otros descubrimientos. Como por ejemplo, el encuentro fortuito, en una entrevista a pie de grada, al Nuncio apostólico del Vaticano en Bolivia, Fermín Emilio Sosa Rodríguez.

Y así, una vez en Oruro, poco a poco, las voces se fueron sucediendo. Todas, sin excepción, dejaron en mí una huella. Historias de danzantes que lloran por promesa, diseñadoras que bordan identidad en cada traje, músicos que sienten la banda como una extensión de su alma, activistas que bailan por amor y por justicia. Cada testimonio me mostraba una nueva arista de ese mosaico inmenso que es el Carnaval de Oruro.

Entrevisté a Marcelo Meneses, “Alma Tunante”, cuya cámara no solo capta luz y color, sino también alma, memoria y dignidad y que, tras un carnaval codo con codo, se convirtió en mi “hermanito boliviano”. A Mauricio Cazorla, historiador incansable, que me llevó por los túneles del tiempo hasta los orígenes más profundos de la fiesta. A David Aruquipa Pérez, wapuri Galán de la Cullaguada, que danza con orgullo, disidencia y ternura. A Germán Flores, artesano caretero, cuyas manos modelan el rostro simbólico del Carnaval en el seno de una familia con más de 150 años de tradición. A Carlos Delgado, arquitecto y danzante, que me enseñó que entre piedra y fe también se puede bailar. A Mónica Siles y Carla Pinky, diseñadoras que no solo visten cuerpos, sino que visten historias, identidad y cultura. A Miguel Ángel Foronda, creador del videopodcast Calvario, que ha hecho de su voz una plataforma para preservar, emocionar y difundir. A Natilena Blanco, cocani y comunicadora, que encarna el poder de la promesa y la belleza vivida. A Ramiro Flores, músico fundador de Llajtaymanta y promotor cultural, cuya voz y guitarra resuenan como himno identitario. A Fray Sergio Mendoza, rector del Santuario del Socavón, con quien comprendí el verdadero significado de la peregrinación. Y a Javier Cárdenas, investigador y escritor, que me ayudó a mirar el sincretismo no como contradicción, sino como esencia del alma orureña.

Estas voces —doce, pero inmensas— dan forma a “Voces del Carnaval de Oruro”, el serial sonoro que he creado dentro de mi proyecto de pódcast En viaje y alma. Pero no son las únicas que resonaron durante mi paso por Oruro. Muchas otras personas me regalaron palabras, gestos, historias y miradas que, aunque no quedaron registradas en una entrevista formal, sí quedaron grabadas en mí. Danzantes anónimos, señoras que compartieron su comida, fotógrafos venidos de lejos, artesanos que me mostraron su taller sin cita previa, músicos que me hablaron entre ensayo y ensayo, desconocidos que se convirtieron en aliados. Todo eso también es parte de este viaje.

Porque si algo aprendí durante mi investigación es que el Carnaval de Oruro no se termina nunca. Siempre hay algo más por descubrir, por sentir, por entender. Cada encuentro abre nuevas preguntas. Cada relato invita a quedarse un poco más. Tanto, que no me bastarían diez carnavales para abarcarlo todo. Y aun así, valdría la pena vivirlos. Yo estoy dispuesto.

Por eso, con la mochila llena de grabaciones, emociones y certezas inciertas, quiero invitar al mundo a escuchar este universo compartido. Voces del Carnaval de Oruro no es solo un pódcast: es una celebración hablada de la memoria, la identidad y la fe de un pueblo. Un retrato coral tejido desde dentro. Ojalá al escucharlo, tú también sientas el eco de esos pasos que, como promesa, siguen danzando cerca del cielo.

Qué comer en Oruro durante el Carnaval: un festín de identidad, sabor andino y alma

Visitar Oruro en Carnaval es una experiencia multisensorial. El sonido atronador de las bandas, el colorido de los trajes, la fe y la devoción a la Virgen del Socavón, la hospitalidad local… y, por supuesto, el sabor. Porque la gastronomía orureña no debe abordarse como un simple segundo plato, sino como un capítulo central durante la estancia para disfrutar de esta fiesta Patrimonio de la Humanidad. Comer en Oruro durante el Carnaval es, también, una forma de peregrinación, una ruta de sabores por los rincones de la ciudad que habla de historia, resistencia, creencias y comunidad. Es alimento, sí, pero también identidad a retener en la memoria gustativa.

Carne, alma y territorio: lo esencial en la mesa orureña

Muchos de los platos tradicionales giran en torno a la carne. Cordero, llama, res… ingredientes centrales de una cocina pensada para resistir el frío altiplánico y la intensidad de las jornadas carnavaleras. Mi primer plato tradicional en Oruro fue el fricasé, un guiso que se prepara con carne de cerdo, chuño remojado y pelado, y maíz mote, y se sirve bien caliente, con ese toque de locoto que despierta cada centímetro del paladar. ¡Y tanto que lo hizo!

En Foster Food, en pleno centro urbano, un local curioso donde se cruza la comida rápida con los sabores del altiplano, pude probarlo, casi a la hora de merendar, el domingo del último convite antes del Carnaval. Allí, además, de la mano de mi “hermano” boliviano,  Marcelo Meneses, conocí a su amigo Fernando, su dueño, que tras vivir algunos años en España, se convirtió en un inesperado “primo” en medio de Oruro.

Otra joya de esta ruta culinaria es el rostro asado de cordero, cocinado al horno durante horas y sazonado solo con sal. Doña Chabelita es un buen lugar para probarlo, aunque durante el Carnaval también son muchos los puestos callejeros que lo sirven. En mi caso, no fue cordero, fue vaca. Durante el conocido como viernes de ch’alla de los negocios y las minas, en la celebración en el negocio de otro amigo de Marcelo, saboreé la cabeza de vaca asada. La cabeza aún conservaba su forma animal, y el acto de trincharla, entre serpentinas y Huari fría, fue tan crudo como sagrado. Me enfrenté a la lengua, los sesos… pero no a los ojos. Hay límites que mi curiosidad aún no se atreve a cruzar. Sin embargo, entendí que lo importante no era el qué, sino el cómo: compartir. Comer se volvió ceremonia.

Platos que narran historias

El charquekan, hecho de carne de llama seca, es uno de los más representativos del altiplano. En el restaurante El Puente, este plato —acompañado de mote, papas con cáscara, huevo cocido, una lonja de queso y llajua— ofrece un pedazo de historia en cada bocado.

En El Cedrón 100% Orureño, el “conejo estirado” (kui frito) llega con papa, camote, oca, plátano al horno, choclo y ensalada. Y en Bon Bar o Restaurante Nayjama, la estrella es la colita de cordero retostada al perol, aunque cualquier parte del cordero también es una buena opción. De hecho, yo me decanté por el brazuelo de cordero.

Pero si hay un lugar donde la identidad orureña se cocina a fuego lento es en la Plaza de La Ranchería. Allí, entre puestos humeantes, los chorizos de llama y res de Doña Rosita o Doña Anita llevan más de 40 años heredando sabor y saberes. Se cocinan en sus propios jugos y se sirven con mote blanco, pan con salsa y ensalada fresca, fieles a una receta heredada que guardan como secreto de familia.

Otro clásico callejero: los anticuchos de corazón de res, con papas nativas y ají picante, que en Doña Gladys alcanzan su máximo esplendor.

Y para quienes buscan algo curioso: Bravo’s Pizza ofrece una sorprendente pizza de charque que rompe esquemas sin perder raíces.

Dulces, bebidas y otros cariños

La comida en Oruro también se endulza. En Doña Dolly y en El Buen Gusto, las humintas de maíz molido con anís y queso son un complemento ideal para un café o un té caliente. Y si buscas algo más refrescante, el helado de canela —patrimonio no declarado pero esencial de la ciudad— se vende, por ejemplo, en el Mercado Fermín López o en el mirador de la Virgen. De color rojizo, acompañado (o no) de empanada de queso, es tradición que se derrite en la boca.

Para calentar cuerpo y alma, nada como un api orureño con pastel o buñuelo bien caliente. El Fermín López vuelve a ser buen punto de encuentro para este desayuno típico. Así lo fue para mí el jueves de la Anata Andina, acompañado por el investigador orureño Miguel Ángel Foronda Calle, quien me brindó el honor de ser voz protagonista en su videopodcast Calvario, en mi calidad de visitante extranjero del Carnaval.

Y claro, en Oruro, todo sabe mejor con una cerveza Huari en mano. Un buen lugar para tomarla es El Center, café histórico y punto de encuentro para locales, artistas y viajeros durante el Carnaval. Allí, entre fotos, brindis y abrazos, con el estruendo del Carnaval atravesando las paredes, compartí bonitos momentos con mi hermano Marcelo Meneses, quien me enseñó que hay sabores que también se capturan con la cámara.

Foster Food y El Center fueron “wasi” durante la celebración del Carnaval. Casa donde reponer fuerzas para seguir afrontando con energía renovada y estómago lleno las maratonianas jornadas carnavaleras.

Una reflexión final: no hay tiempo suficiente para tanto sabor

Recorrer Oruro durante el Carnaval es también aceptar que no hay tiempo ni estómago para probarlo todo. Pero quizá esa sea la enseñanza: dejarse llevar, no solo por lo que comes, sino por lo que compartes. Porque hay platos que se olvidan, y otros que te tatúan la piel desde el primer bocado. Como ese rostro asado entre serpentinas, como ese api con buñuelo entre colegas, como ese choripán después de una noche de fiesta; como esa sonrisa de quien te dice “hermano” sin haberte visto nunca antes.

Y así, entre locotos, charques, chorizos y canciones, uno entiende que la verdadera comida orureña no solo se mastica: se celebra.