Voces del Carnaval de Oruro- Activista LGTBI David Aruquipa Pérez

En este episodio de Voces del Carnaval de Oruro, converso con David Aruquipa Pérez,  activista LGTBI, gestor cultural, investigador y danzarín de la kullawada, una figura clave en la apertura del Carnaval a la diversidad.
A través de su historia como Whapuri Galán, uno de los personajes de la Kullawada, David nos habla de memoria, archivo, activismo y fe; de cómo el cuerpo que danza puede convertirse en acto político y ofrenda, y de la convivencia entre libertad y devoción a la Virgen del Socavón.
Un testimonio que amplía la mirada sobre el Carnaval de Oruro y lo revela como un espacio vivo, capaz de abrazar lo distinto sin perder su esencia.

Voces del Carnaval de Oruro-Fotógrafo Marcelo Meneses «Alma tunante»

En este episodio de Voces del Carnaval de Oruro, entrevisto a Marcelo Meneses Vargas, conocido como Alma Tunante, fotógrafo y gestor cultural orureño que desde hace más de quince años documenta el Carnaval desde una mirada sensible y comprometida.
Junto a Marcelo hablamos de la fotografía como acto devocional, como memoria y como herramienta social. De las historias que no siempre se ven: artesanos, despedidas, promesas cumplidas, miradas cansadas y emociones que habitan detrás de cada máscara.
Un viaje visual y humano que nos invita a mirar el Carnaval de Oruro con otros ojos y a entender la imagen como una forma de respeto, testimonio y conciencia.

Voces del Carnaval de Oruro-Mauricio Cazorla

En este episodio de Voces del Carnaval de Oruro, converso con Maurice Cazorla, historiador, investigador y danzarín orureño, una de las voces más lúcidas para comprender la profundidad histórica y espiritual del Carnaval.
Con Mauricio recorremos los orígenes prehispánicos del pueblo Uru, el sincretismo religioso que dio forma a la devoción a la Virgen del Socavón y el significado simbólico de danzas como la Diablada. Reflexionamos también sobre la promesa, la memoria colectiva y los retos actuales de una celebración reconocida como Patrimonio de la Humanidad.
Una conversación que es, a la vez, clase viva de historia y peregrinación sonora al corazón del Carnaval de Oruro.

Voces del Carnaval de Oruro-Diseñadora Mónica Siles

En este episodio de Voces del Carnaval de Oruro, converso con la diseñadora Mónica Siles, una de las figuras clave de la moda folclórica boliviana. Para ella, cada traje es un poema y cada puntada, un verso. Junto a Mónica exploramos la fuerza simbólica de la indumentaria, el papel de la mujer en el Carnaval, la tensión entre tradición e innovación y la belleza que nace del trabajo artesanal. Un viaje al detalle, a la emoción y a la memoria que se borda.

Voces del Carnaval de Oruro-Presentación

 En este episodio de En viaje y alma comienza un viaje sonoro al corazón del Carnaval de Oruro, el único carnaval religioso del mundo.
A través de mi experiencia personal y las primeras voces locales, te invito a descubrir la fe, el sincretismo y la genuinidad que hacen de esta celebración una obra maestra viva.
Esto es solo el comienzo de Voces del Carnaval de Oruro: en la próximas semanas, te propongo un recorrido por la devoción, la cultura y las emociones de quienes lo viven desde dentro.

Presentación «En viaje y Alma»

En viaje y alma es un pódcast que conduzco como periodista y viajero apasionado por las fiestas populares y el folclore del mundo. A través de relatos, emociones y las voces de sus protagonistas, te invito a descubrir la cultura y las tradiciones más auténticas de cada destino. Un viaje sonoro para escuchar, sentir y comprender cada celebración desde dentro.

Carnaval de Oruro: el único del mundo donde los diablos bailan por una Virgen

A diferencia de otros carnavales, que celebran la vida como antesala del ayuno, el de Oruro celebra la fe en medio del bullicio. En ningún otro lugar del mundo los personajes infernales protagonizan una peregrinación devocional hacia una Virgen.

En Oruro, el carnaval no es solo fiesta: es promesa hecha danza, procesión vestida de alegría, herencia sagrada nacida del sincretismo entre el mundo andino y el cristianismo colonial.

Aquí, como me dijo Víctor Hugo Vásquez Mamani, Secretario de Cultura y Turismo del Municipio, “los diablos bailan por la Virgen”. Y esa frase, más que una imagen poética, es la clave para entender por qué el Carnaval de Oruro no tiene igual en el mundo.

Lo entendí la primera vez que vi a un diablo arrodillado frente al altar de la Virgen del Socavón, la “Mamita” del Socavón. No era contradicción. Era devoción pura. Era el alma de un pueblo expresándose en cada paso y en cada nota, en cada máscara y en cada mirada.

La Virgen del Socavón, Mamita de los danzarines

La Virgen del Socavón, la “Mamita” del Socavón, no solo es la patrona del Carnaval: es el destino final de la peregrinación, la razón íntima que mueve los pies de miles de danzarines que atraviesan la ciudad durante horas.

Su imagen preside el altar mayor del Santuario, en la entrada misma de la mina, como un punto de encuentro entre cielo y tierra, entre lo divino y lo subterráneo.

Los bailarines hacen una promesa: danzar tres años consecutivos para ella. Y esa promesa es personal e intransferible. Algunos la cumplen en silencio, otros la renuevan año tras año. Fray Sergio Mendoza, rector del Santuario, me explicó que en este lugar la fe no es un adorno, sino el centro de todo: “Si se pierde la genuinidad del culto, el Carnaval pierde su alma. Los que bailan para la Virgen lo hacen con el corazón, no solo con los pies”.

Su presencia se siente en los trajes bordados, en los murales urbanos, en muchas esculturas callejeras, en las letras de las morenadas y diabladas que la invocan…

En las entrevistas que realicé, Javier Cárdenas, investigador y escritor, me recordó que su origen está ligado a la Virgen de la Candelaria, y que su culto se fusionó con leyendas locales hasta convertirse en la Virgen del Socavón que hoy veneran.

Para Mauricio Cazorla, historiador e investigador, la conexión con la Virgen de la Candelaria de Canarias y la fijación de la fecha en el calendario católico son claves para entender su centralidad en la fiesta. Y, sin embargo, en Oruro esta devoción adquirió un matiz único: “Aquí no se la celebra con procesión solemne solamente, sino con música, baile y color. Pero el sentido sigue siendo el mismo: honrarla”.

Algunos devotos hablan de milagros. Otros, de protección en momentos difíciles. Muchos, simplemente, de gratitud.

Yo pienso en las palabras de un texto que encontré escrito en un pequeño libro conmemorativo del centenario de la Morenada Central fundada por la Comunidad Cocani: “A tus pies siempre llegamos, Mamita Kantila, cantando y bailando con el corazón… Bendita seas por la eternidad, Dulce Morena de nuestros corazones, por permitirnos recorrer el mundo con esperanza”.

Porque al final, todo el Carnaval, con su ruido, sus máscaras y su exceso de vida, converge en ese instante: cuando un danzarín exhausto se arrodilla frente a ella y la mira como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.

Y es ahí donde confieso algo: yo no soy creyente, pero su fuerza me alcanzó. El Santuario del Socavón fue para mí un punto de energía pura, un lugar donde lo sagrado se siente más allá de la fe, como una vibración que te envuelve, te aquieta y, al mismo tiempo, te impulsa. Tal vez no rece como ellos, pero en ese instante entendí que, en Oruro, la devoción también se baila.

Un Carnaval con calendario litúrgico

En casi cualquier parte del mundo, el carnaval es la gran fiesta pagana previa a la Cuaresma. Un estallido de música, baile y exceso que sirve como último respiro antes del ayuno y la sobriedad que marca el calendario cristiano. Oruro comparte esa condición… pero la transforma por completo.

Su historia está íntimamente ligada a la Virgen de la Candelaria, cuya festividad se celebra el 2 de febrero. Durante siglos, la fiesta patronal de Oruro coincidía con esa fecha, que marcaba el corazón de las celebraciones religiosas.

El historiador Mauricio Cazorla me explicó que ese vínculo se mantuvo hasta que, por razones de organización y para no coincidir de lleno con otras festividades andinas, la celebración principal se desplazó: “De la fiesta patronal del 2 de febrero pasamos al sábado de Carnaval, sin perder el sentido religioso. Ese día se realiza la Peregrinación, que es la Entrada del Carnaval, y todo el recorrido se convierte en un acto de fe”.

En ese cambio de fecha se mantuvo el hilo invisible que une el calendario litúrgico con la devoción popular: el Carnaval de Oruro sigue celebrándose en vísperas de la Cuaresma, pero la procesión-bailarín no se limita a un breve recorrido. Aquí dura horas y recorre kilómetros, con miles de danzarines que avanzan hasta el Socavón.

Javier Cárdenas Medina me detalló que la fiesta patronal tenía un carácter profundamente religioso mucho antes de la institucionalización del Carnaval como Patrimonio de la Humanidad: “La Virgen del Socavón fue incorporando elementos locales y, con el tiempo, se entrelazaron las prácticas católicas con las tradiciones prehispánicas. El calendario litúrgico marcaba la fecha, pero el pueblo lo adaptó a su forma de celebrar”.

Hoy, cada año, el sábado de Carnaval comienza con la Peregrinación. Miles de danzarines —diablos, morenos, caporales, tinkus, cullawadas— parten desde distintos puntos de la ciudad para recorrer cerca de cuatro kilómetros que culminan en el Santuario.

A lo largo del trayecto, las coreografías y las músicas no pierden su fuerza, pero al llegar a la explanada del Socavón todo cambia: la danza se vuelve más solemne, los pasos se suavizan, y la entrada al templo se convierte en un momento de recogimiento.

El fraile Sergio Mendoza, rector del Santuario, me dijo que, aunque el Carnaval tenga su parte festiva, la estructura sigue respondiendo a un marco de fe:  “Aquí no solo se baila, se peregrina. El Carnaval es el camino para llegar a la Virgen, y eso es lo que lo hace único. Si se pierde ese sentido, deja de ser el Carnaval de Oruro para convertirse en otra cosa”.

En otras partes, el carnaval se agota en la calle. En Oruro, se culmina de rodillas, frente a un altar. Esa diferencia, marcada por el calendario y reforzada por la tradición, es lo que hace que esta fiesta no sea solamente un carnaval, sino una peregrinación danzada.

La Virgen de la Candelaria: de Canarias al Altiplano

La advocación mariana de la Virgen de la Candelaria tiene su origen en Tenerife (Islas Canarias), cerca de los albores del siglo XV donde representa a María como la «luz del mundo», reconocida por su milagrosa virtud de iluminación en los difíciles trances de la vida. Es venerada el 2 de febrero, día del encuentro y purificación.

Esta devoción viajó junto con los agustinos a América en el siglo XVI, y en Bolivia se integró profundamente en el territorio altiplánico. En el caso de Oruro, fue durante ese mismo período colonial que llegaron los padres agustinos, llamados por Lorenzo de Aldana, quien fundó conventos en Paria, Challacollo y Toledo (en lo que hoy es Oruro) en torno a 1559.

Es hacia 1606 cuando se funda la villa de Oruro, momento en el que, según la versión tradicional, el culto a la Candelaria se hacía en la iglesia matriz, en la Plaza Mayor, no en el cerro Pié de Gallo (donde actualmente se encuentra el Santuario del Socavón) y era una escultura, no  una pintura. Sin embargo, una versión más reciente, documentada por los libros del Cabildo, mencionan una capilla nueva y una devoción mariana en el cerro Pié de Gallo de 1739 en adelante. De un modo o de otro, esa imagen adquirió identidad propia y sería conocida como Nuestra Señora del Socavón, integrada plenamente al folclore y la devoción local.

El traslado de su celebración desde el 2 de febrero a los días del Carnaval fue un paso significativo: se mantuvo la esencia de la festividad litúrgica, pero se adaptó la fecha al ritmo popular y cultural local.

Hoy, como señala un reciente artículo sobre la festividad en Bolivia, la Candelaria y el Carnaval de Oruro “se hermanan como expresión de una espiritualidad colectiva: el 2 de febrero sigue siendo el día de la espiritualidad orureña, pero ese fervor desemboca en la Peregrinación del sábado de Carnaval”

La leyenda de la Ñusta y las cuatro plagas

En Oruro, la historia no solo se lee en libros: se ve en los muros, en los retablos, en las máscaras y en las coreografías. Y una de las narraciones más profundas que atraviesa la identidad de la ciudad es la leyenda de la Ñusta y las cuatro plagas.

Me la contaron más de una vez, con matices y variaciones, pero siempre con la misma fuerza mítica. Según la tradición, en tiempos remotos, el pueblo Uru sufrió el ataque de cuatro plagas enviadas por Wari, una divinidad hostil: una serpiente gigantesca, un sapo monstruoso, un lagarto descomunal y una interminable invasión de hormigas.

Cada uno amenazaba con destruir la región, y la salvación llegó gracias a la Ñusta Uru, una joven princesa andina, que con inteligencia y valor derrotó a cada una de las bestias.

Mauricio Cazorla me explicó que, con el tiempo, esta Ñusta se fusionó simbólicamente con la Virgen cristiana: “El imaginario popular no elimina a la Ñusta, la transforma. La imagen de la Virgen del Socavón absorbe su papel protector. Así, para el pueblo, la Mamita es también la que venció a las plagas”.

Esa fusión no quedó solo en las leyendas. Está presente en toda la vida orureña: las esculturas monumentales que decoran las avenidas, las figuras bordadas en los trajes, los adornos de las caretas, incluso en murales y souvenirs. Javier Cárdenas recuerda que este sincretismo fue clave para que el culto cristiano echara raíces en una población con una fuerte cosmovisión prehispánica: “Al unir a la Ñusta con la Virgen, el mensaje cristiano se hizo más cercano. Era una figura conocida, protectora, pero ahora también madre espiritual bajo la advocación mariana”.

Y si uno recorre las calles durante el Carnaval, puede ver cómo esta narrativa sigue viva: las diabladas lucen máscaras con dragones —una evolución de la serpiente y el lagarto—, los trajes de morenada llevan sapos bordados en hilos dorados, y en las entradas folclóricas no faltan referencias a las hormigas, aunque de forma más sutil.

El sincretismo: entre lo andino y lo cristiano

En Oruro, lo sagrado no es exclusivo de un credo. El Carnaval es la prueba viva de cómo dos universos espirituales, aparentemente opuestos, pueden entrelazarse hasta crear algo único. Fray Sergio Mendoza, rector del Santuario del Socavón, lo resume con una palabra que repitió varias veces durante nuestra conversación: genuinidad.

 “Lo que aquí se vive no es una simple adaptación folclórica. Es una fe que ha encontrado su forma de expresarse en la danza y el color, pero que sigue siendo verdadera para quienes la practican”.

El sincretismo en Oruro tiene raíces profundas. Antes de la llegada de los españoles, los pueblos andinos ya reverenciaban a sus deidades protectoras: la Pachamama, madre tierra generadora de vida; y el Tío de la Mina, guardián de las entrañas y las riquezas minerales. Las ofrendas, las mesas rituales y las ch’allas eran —y siguen siendo— actos de reciprocidad con la naturaleza y los espíritus que la habitan.

Con la colonización, el cristianismo no borró esas creencias, sino que las envolvió en nuevos símbolos. Javier Cárdenas explica que el culto a la Virgen del Socavón se asentó sobre espacios y prácticas preexistentes:  “El Santuario está construido junto a la bocamina, porque allí ya había un lugar de poder. No fue casualidad: el mensaje cristiano se ubicó justo en un punto de conexión espiritual para los urus y mineros”.

Hoy, esa mezcla se percibe en cada esquina: Los danzarines llevan amuletos andinos bajo trajes bordados con imágenes de la Virgen; Los músicos interpretan marchas que intercalan ritmos ancestrales con melodías de inspiración sacra; En el Santuario, las velas se mezclan con hojas de coca y alcohol de caña, símbolos de dos cosmovisiones que conviven sin anularse.

En este cruce de caminos, el viajero se encuentra ante una espiritualidad híbrida, tan profundamente arraigada que es imposible separar lo pagano de lo cristiano. Aquí, la fe y la tradición no se excluyen: bailan juntas.

¿Puede un carnaval ser una peregrinación?

El Carnaval de Oruro es un desafío para las etiquetas. No es solo un espectáculo folclórico ni una procesión tradicional. Es ambas cosas, y algo más: un puente entre lo visible y lo invisible, entre la música que retumba en la piel y la fe que late en el pecho.

La pregunta que me hice al llegar sigue sin tener una respuesta sencilla: ¿puede un carnaval ser una peregrinación? En Oruro, la respuesta no es sí o no. Es una coreografía de pasos y promesas que se renueva cada año, un latido que acompasa la fe y la fiesta.

Para el viajero, la lección es clara: aquí no basta con mirar. Hay que dejarse envolver por la música, seguir el flujo de la Entrada, llegar hasta el Socavón y sentir que, aunque no creas, algo dentro de ti se mueve. Quizá entonces entiendas lo que entendí yo: que en Oruro se baila con los pies, pero sobre todo con el alma.

Lo esencial es invisible a los ojos: un viaje por la historia y el alma de las danzas del Carnaval de Oruro

Las frases motivacionales de servilletas y azucarillos de bar siguen estando de moda y detonan no pocas conversaciones en torno a una mesa. Incluso quienes las consideran simples chorradas sienten, a veces, la curiosidad de leerlas.
Yo, lo confieso, soy de quienes se mueven entre el interés y la curiosidad hacia estos eslóganes emocionales. Algunos me dejan indiferente, ni frío ni calor, pero otros, quizá por el momento vital en que te encuentras, resuenan dentro cuando los lees.

Hoy, todavía en la cama, mientras me preparaba mentalmente para abordar la tarea de escribir sobre las danzas del Carnaval de Oruro (Bolivia), me vino a la cabeza una frase que llevo tiempo recordando: “Lo esencial es invisible a los ojos”, que todo el mundo asocia con El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.

Esa es, precisamente, la sensación que me invade al comparar la primera vez que estuve en el Carnaval de Oruro, en 2014, con mi segunda y más reciente visita en 2025, el año del Carnaval del Bicentenario por la celebración de los 200 años de la independencia de Bolivia.

Entonces —en 2014—, sentado en la grada como un espectador más, desnudo de conocimiento sobre Oruro y su Carnaval, no tengo dudas de que disfruté de la belleza, del colorido, del espectáculo, de la hospitalidad, del jolgorio, de la fiesta… e, irremediablemente, me enamoré de la celebración. Pero me faltó la esencia.

Porque, entonces, ni siquiera sabía que en Oruro se baila por fe y devoción a la Virgen del Socavón, lo que convierte este en el único Carnaval del mundo con un carácter profundamente religioso. No podía identificar qué danza desfilaba ante mis ojos; mucho menos el conjunto folclórico de los 52 que engrosan la Asociación de Conjuntos Folclóricos de Oruro (ACFO), cada uno con su identidad y su danza propia; no tenía referencias para fijarme en los detalles y percibir cómo cada traje, cada elemento de la vestimenta, despliega un relato histórico propio.

Hoy, por suerte, mi conocimiento sobre Oruro y su Carnaval es mucho más amplio. Ya no me pasan desapercibidas las 20 modalidades de danza que forman parte de esta celebración: diablada, incas, morenada, negritos, caporales, llamerada, tobas, tinkus, suri sicuris, ahuatiris, wititis, cullaguada, zampoñeros, khantus, tarqueada, pujllay, potolos, kallawayas, doctorcitos y waka waka. Danzas que Estalisnao Aquino Aramayo, investigador, defensor del folclore boliviano y ex presidente del Comité Departamental de Etnografía y Folclore de Oruro, clasificó en: danzas folclóricas precoloniales, coloniales, republicanas, autóctonas, de reciente creación; y danzas indigenistas.

Ya no me domina la mirada de “a simple vista”, que hace que todo parezca solo una multitud de personas bailando y festejando. Entiendo —y sobre todo siento— que detrás de cada paso de esos más de 30.000 bailarines y 10.000 músicos hay una promesa, un compromiso con la Virgen y una conexión que trasciende lo físico. Sé que cada danza y cada traje narra historias ancestrales y celebra la fusión única de lo indígena y lo cristiano durante la Peregrinación o Entrada del sábado de Carnaval.

La Diablada, danza más icónica del Carnaval de Oruro, representa la lucha entre el bien y el mal. El arcángel Miguel derrota a los siete pecados capitales y a las legiones infernales, conduciéndolas a la presencia de la Virgen del Socavón en su Santuario. Una danza que tiene como figuras al propio arcángel Miguel, director de la danza; a Lucifer, rey de las tinieblas; Satanás, su lugarteniente; la Reina o China Supay, demonio hembra; y agregados como el cóndor y el oso jukumari.

Ante una mirada curiosa y abierta a la sorpresa como la mía, todos los personajes resultan llamativos, pero, dentro de la Diablada, especialmente el oso jukumari (del aimara jukumari y quechua ukuku), nombre que se le da al oso andino u oso de anteojos, un mamífero nativo de Sudamérica que habita principalmente los Andes bolivianos, peruanos y ecuatorianos. Aunque en la naturaleza es un animal solitario y poco agresivo, en el imaginario andino tradicional tiene un componente mítico asociado al mundo salvaje, el bosque y la montaña.

Desde luego, no es un demonio en sentido estricto, pero se lo asocia con lo salvaje, lo caótico y la amenaza latente de la naturaleza indómita frente al orden divino. Por eso acompaña a los diablos y chinas supay en la coreografía.

Pero, sin duda, lo que más me llama la atención de esta figura es su carácter entrañable dentro del Carnaval. “Osos, osos, osos…” es un cántico que se escucha frecuentemente en las gradas a su paso. Es un personaje que despierta el cariño del público, quizá por su toque cómico, su cercanía, sus gestos exagerados y su aspecto de un peluche de grandes dimensiones al que dan ganas de abrazar. Y si este personaje de la Diablada va en monociclo —aunque cada vez es una especie más en extinción en el Carnaval— la frase que te nace es: “es imposible no sonreír”.

La Morenada, otra de las danzas más representativas y con más bailarines del Carnaval de Oruro, recrea con un simbolismo profundo la imagen de los esclavos africanos trabajando en los lagares coloniales, pisando la uva para producir vino. Según los cantos dramatizados tradicionales, el vino, fruto de esa molienda, primero se destinaba al altar de Dios, después saciaba la sed del cruel español y, solo al final, servía para mitigar la fatiga del propio esclavo.

Resulta imprescindible fijarse en cada detalle del traje del moreno, porque cada elemento es un relato histórico. Su máscara, inconfundible, representa el rostro de un moreno negro con los labios gruesos y una lengua sobresaliente, una sátira de la extenuación y la sed. Sobre su cabeza, un casco de soldado castellano remite a la conquista; la peluca evoca a los nobles europeos; la casaca recuerda a los atuendos rurales castellanos del siglo XVI. El pollerín en forma de tonel de vino y la matraca —instrumento que marcaba el ritmo de la pisa— completan el atuendo. No hace tanto, algunas matracas se elaboraban con el caparazón del quirquincho, un armadillo peludo del altiplano boliviano. Esta práctica generó polémica y preocupación por el impacto sobre la especie, hasta el punto de que National Geographic le dedicó un reportaje específico. Hoy, muchas fraternidades han optado por versiones artesanales que respetan la fauna.

Entre los personajes que integran la Morenada destacan el Rey Moreno, figura jerárquica y casi mítica que encarna al líder de los morenos; el Achachi —o viejo abuelo—, que es una combinación del antiguo Caporal y el desaparecido Rey Blanco; la China Morena o negra, un personaje interpretado por un hombre desde hace muchos años; y las damitas o cholitas, figuras femeninas que se fueron agregando posteriormente y que hoy llenan de color, gracia y solemnidad el conjunto. De hecho, me sorprendió el nivel de belleza femenina entre las damitas, reconociendo, incluso, la presencia de Juliana Barrientos, Miss Bolivia 2024.

También me impresionó descubrir que cada traje de moreno puede llegar a pesar más de 30 kilos. Pensar que los bailarines recorren con ese peso encima casi 4 kilómetros de peregrinación, mientras sostienen la matraca y siguen el ritmo pausado de la banda, me hizo entender todavía más que esto va mucho más allá de la fiesta: es una demostración de resistencia, promesa y fe que se siente en cada paso.

La Cullaguada es una danza que, hasta mediados del siglo XX, estaba reservada principalmente a mujeres y hombres solteros en edad de contraer matrimonio. Quienes participaban ya casados —aunque fueran jóvenes— recibían el calificativo de qencha kullagua, un término que conllevaba una fuerte carga de desprestigio social y suponía la pérdida de reconocimiento dentro de la comunidad.

Fuera de la mirada vigilante de los padres, los jóvenes podían enamorarse con mayor libertad, e incluso convivir durante un tiempo para conocerse antes de formalizar el matrimonio. En esa convivencia, el varón debía respetar a la mujer como si fuera su kullagua, su hermana, de donde toma su nombre la danza. Entre sus personajes más singulares destaca la madre soltera o la mujer engañada, un papel tradicionalmente interpretado por un hombre vestido con prendas femeninas que carga una muñeca en un aguayo. Este personaje simboliza la consecuencia social de la relación prematrimonial sin compromiso.

El director de la danza es el wapuri —una palabra proveniente de “guapo”, aymarizada—. Su máscara luce una nariz exageradamente grande, que representa el deseo y la fertilidad, y por extensión la figura del seductor o patriarca. Todos los danzantes portan en la mano su phuska, la rueca con la que simulan hilar mientras avanzan en una coreografía cargada de simbolismo. Hoy, la Cullaguada sigue siendo una danza de amor y de compromiso, pero también de sátira y transgresión.

Tuve la oportunidad de comprender esta dimensión transformadora gracias a mi entrevista con David Aruquipa, activista LGTB, gestor cultural y miembro de la familia Galán, que desde hace más de dos décadas reivindica su lugar en la Cullaguada como wapuri galán. Recuerdo cómo me habló, con una mezcla de orgullo y serenidad, de la primera vez que se atrevieron a salir en Oruro —en 2002— con un traje que rompía los moldes: un atuendo inspirado en Juan Gabriel, brillante y provocador, que se apartaba del diseño tradicional. Me contó cómo aquel gesto no fue recibido con indiferencia: primero surgieron las dudas y las reticencias, pero finalmente el público comenzó a aplaudirlos con entusiasmo, bautizando de manera espontánea a su personaje como wapuri galán.

Escucharle me ayudó a entender que la Cullaguada no es solo una expresión folclórica anclada en el pasado, sino también un espacio donde hoy se disputan nuevas formas de identidad, visibilidad y afecto. A través de su cuerpo, su danza y su compromiso, David no solo transformó la mirada sobre esta tradición, sino que abrió un camino para que la diversidad ocupe un lugar legítimo y respetado en una de las festividades más importantes de Bolivia. Fue un recordatorio poderoso de que las danzas populares, igual que las personas que las mantienen vivas, pueden reinventarse sin perder su esencia.

Como ocurre con la Diablada, la Morenada y la Cullaguada, cada una de las veinte danzas que forman parte del Carnaval de Oruro es un universo propio de historias, símbolos, promesas y herencias culturales que se entretejen con la devoción a la Virgen del Socavón. Narrar todas con detalle requeriría un libro entero, porque cada coreografía y cada máscara guarda la memoria de pueblos enteros, la huella de los sincretismos coloniales y la creatividad de quienes han mantenido vivas estas expresiones durante siglos. Esa riqueza incomparable es, precisamente, la que llevó a la UNESCO a declarar en 2001 el Carnaval de Oruro como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, un reconocimiento que no solo respalda su protección, sino que confirma su valor universal como testimonio vivo de la diversidad cultural, la fe y la resistencia de los pueblos andinos.

Quizá por todo esto, hoy comprendo con más claridad que “lo esencial es invisible a los ojos” en el Carnaval de Oruro. Detrás del estruendo de las bandas y el deslumbrante colorido de los trajes, late una verdad silenciosa que solo se revela cuando te detienes a mirar con respeto: la certeza de que cada paso, cada gesto y cada ofrenda son la expresión de un compromiso profundo con la memoria, la identidad y la fe.

Si decides viajar algún día a Oruro, o a cualquier lugar donde la tradición se manifieste en forma de fiesta, no te conformes con la superficie. Donde fueres, no solo hagas lo que vieres: pregunta, observa, respeta y siente. Porque la verdadera belleza de estas celebraciones no está solo en lo que se muestra, sino en lo que permanece invisible, esperando ser descubierto por quien se atreve a mirar con el corazón.

Santuario del Socavón de Oruro: cielo e infierno conectados por una escalera

Desde el primer paso que di dentro del Santuario del Socavón, primer lugar que pisé nada más llegar a Oruro, sentí que estaba entrando en un espacio de contradicciones armoniosas: la Virgen de la Candelaria, conocida como la Mamita del Socavón, miraba desde su altar neogótico, mientras abajo, por una escalera de piedra, me esperaba el Tío de la Mina en su museo subterráneo. Era una conexión entre cielo e infierno y ese misticismo, esa energía indescriptible pero palpable me alcanzó en cada una de mis visitas al Santuario, pese a no ser creyente.

Hay lugares que concentran en sus muros símbolos y tensiones que trascienden el tiempo. El Santuario del Socavón es uno de ellos. Allí, una devoción ancestral y una espiritualidad contemporánea conviven con signos que revelan el sincretismo y la profundidad de las creencias andinas. Porque allí, en el corazón del altiplano boliviano, el cielo y el inframundo están unidos por una escalera.

La cima: devoción a la Virgen del Socavón

Al llegar, lo primero que se encuentra es una iglesia que mira a Oruro desde una colina sagrada. El templo, oficialmente dedicado a la Virgen de la Candelaria —aunque todos la conocen como la Virgen del Socavón—, es el corazón espiritual del Carnaval y uno de los grandes santuarios marianos de Bolivia.

La imagen de la Virgen, una pintura mural, está colocada en el altar mayor, es pequeña, morena, de expresión serena. A sus pies llegan a postrarse los danzarines cada sábado de Peregrinación, tras recorrer cerca de cuatro kilómetros de recorrido desde la Avenida 6 de Agosto hasta la Plaza del Folclore. No vienen solo a bailar. Vienen a cumplir promesas. A agradecer. A pedir.

La importancia del Santuario no se limita a lo litúrgico. Según el arquitecto Carlos Delgado —uno de los responsables de su restauración y entrevistado para mi pódcast Voces del Carnaval de Oruro—, “coexisten capas simbólicas y arquitectónicas que cuentan una historia profunda”. En sus bóvedas, en sus pasillos y altares, no solo se respira devoción mariana, sino también rastros de otras cosmovisiones.

Iconografía andina: señales dentro del templo

El fraile Sergio, rector del Santuario y miembro de la Orden de los Siervos de María —otra de las personas que entrevisté para la serie documental de pódcast Voces del Carnaval de Oruro— habla de la “genuidad” de este lugar. Una palabra que resume la autenticidad espiritual y cultural de Oruro. En su visión, el Santuario es un punto de encuentro entre la religiosidad popular católica y el sustrato ancestral andino.

Esa genuidad se expresa en detalles que a veces pasan desapercibidos: figuras de animales prehispánicos talladas en piedra, patrones que remiten a la Chakana o cruz andina, la presencia de elementos vinculados a los cuatro elementos de la naturaleza. “Aquí no se trata de imponer una visión religiosa sobre otra —afirma el fraile—, sino de aceptar que muchas veces conviven, dialogan, se funden”.

El resultado es un espacio que, arquitectónicamente, funciona como una tesis viva del sincretismo. En una misma bóveda pueden convivir frescos de víboras, sapos, lagartos y hormigas —símbolos de plagas y castigos en la cosmovisión Uru— con pinturas barrocas de ángeles, querubines y custodios del Santísimo. Todo convive. Todo dialoga. Nada se excluye.

Estas pinturas, realizadas por artistas locales, no son meros ornamentos. Son testimonios visuales de una espiritualidad que no se borró con la evangelización, sino que se transformó, se adaptó, se camufló… y sobrevivió. Por eso no es extraño que el Santuario acoja mesas rituales durante el martes de ch’alla, ni que en sus inmediaciones se realicen pagos a la Pachamama. Aquí la fe tiene muchos rostros. Y uno de ellos espera bajo tierra.

El descenso al Museo del Socavón

Una de las singularidades del Santuario es que bajo sus cimientos late una mina. El acceso al Museo del Socavón parte del interior mismo del templo. Una escalera empinada, de piedra húmeda, conduce desde el altar mariano hasta las entrañas del cerro Pie de Gallo. El descenso es literal y simbólico: del mundo celestial, al subterráneo.

Como metáfora, esa escalera resume lo que Oruro representa: no hay cielo sin tierra, ni fe sin raíces. Arriba, las promesas. Abajo, los pactos con la vida y la muerte.

Durante mi visita, el guía de la visita nos recordó que esta es una mina real, en la que se empezó a extraer plata en el siglo XVI, poco después de la llegada de los españoles. Pero, mucho antes de eso, el cerro Pie de Gallo ya era considerado un cerro sagrado por los pueblos originarios. Era un lugar de poder espiritual y energético, hogar de apus y espíritus tutelares.

El recorrido por el museo transcurre entre galerías húmedas, marcadas por vetas aún visibles. Las paredes rezuman historia. La luz es escasa. El suelo, inestable. El aire, denso. Hay que caminar con cuidado, como si el cerro exigiera respeto.

El Tío de la Mina: protector del inframundo

En lo más profundo de la galería espera una figura imponente: el Tío de la Mina. Con casco minero, bigote, una sonrisa inquietante y mirada fija. A menudo confundido con el diablo, el Tío no es tal cosa. “No es el diablo, es el alma del cerro, su guardián”, nos precisó el guía.

En la cosmovisión andina, todo lugar tiene su espíritu protector. En las minas, ese espíritu es el Tío. A él se le ofrece coca, alcohol, cigarrillos. Pero no es un ídolo al que se venera por miedo, sino un ser con el que se establece un pacto de reciprocidad.

“El Tío protege, pero también exige respeto”, apuntó el guía. No basta con ofrecer: hay que compartir. El minero mastica coca junto a él, bebe lo que también le ha dado, fuma con él. Es una forma de decir: ‘Estoy aquí, y reconozco tu poder’.

Carlos Delgado destaca la paradoja: “El altar de la Virgen está justo encima del Tío. Están en planos distintos, pero forman parte de una misma experiencia espiritual”. Es un templo sin fronteras tajantes entre lo celestial y lo telúrico.

Un museo que cuenta y conmueve

Además del Tío, el Museo del Socavón muestra herramientas originales de los mineros, vetas reales, y símbolos como el agua de copajira, que fluye entre galerías con su olor azufrado y color metálico. El túnel principal conecta, bajo tierra, con la antigua mina San José. No está abierto al público por seguridad, pero su existencia refuerza la idea de que Oruro se alza sobre un entramado físico y simbólico que une el mundo material con el espiritual.

Una leyenda impactante es la del Chiru Chiru, un personaje mítico de Oruro que robaba a los ricos para ayudar a los pobres y que, tras ser asesinado, fue hallado con una imagen de la Virgen sobre su lecho. Ese mito encarna la fusión de justicia, resistencia y devoción popular.

Volver a la superficie con otra mirada

Al terminar el recorrido por el subsuelo de Oruro, se vuelve a la superficie por una escalera diferente a la de acceso que conduce a la calle, que te lleva hacia la luz, pero tras haber atravesado por símbolos, creencias, ecos de dinamita, susurros de oraciones y mitos entrecruzados. Reconozco que uno no sale igual que entró. Se vuelve con otra mirada. Porque, como dice el fraile Sergio, “el Santuario tiene una espiritualidad que no necesita traducción. No hay que entenderlo todo con la razón. Hay que vivirlo”.

Eso es, tal vez, lo que vuelve tan singular este lugar: su capacidad para ser sentido más que explicado. Para mostrar que el cielo y el infierno, lo sagrado y lo profano, lo indígena y lo cristiano, no siempre se oponen. En Oruro, a veces conviven a tan solo unos escalones de distancia.

Quizá por eso el Socavón no es solo un templo, sino un espejo. Un reflejo de lo que somos: seres de fe, contradicción, memoria, deseo. Que peregrinan, se internan en la oscuridad y emergen agradeciendo lo que no siempre se ve… pero siempre se siente.

DATOS PRÁCTICOS

Precio entrada Museo del Socavón: 10 Bs

Precio permiso uso de cámara: 20 Bs

Horarios de visita:

  • Mañanas de 09:00 a 12:00
  • Tardes de 15:00 a 18:00

Ingreso por grupos, armándose dos grupos por la mañana y dos por la tarde.

En Oruro, no hay Carnaval sin música, ni música sin Carnaval

Así lo comprobé nada más llegar a Oruro el viernes previo al Festival de Bandas, que cada año se celebra justo una semana antes del sábado de Peregrinación o Entrada.

Aquel viernes, mientras el taxi se deslizaba desde la terminal de buses hacia el centro de Oruro, recién llegado de La Paz, ya sentía que el Carnaval había comenzado para mí: el aire vibraba con ecos de trompetas, bombos y platillos. Abandoné rápido el equipaje en la habitación alquilada y, guiado únicamente por el sonido, aún sin referencias claras de la ciudad, caminé hasta la Avenida Cívica. Al día siguiente, ese mismo lugar congregaría a más de 4.000 músicos y a miles de personas para celebrar la XXIII edición del Festival de Bandas y yo iba a estar allí.

Bajo un cielo altiplánico cargado de presagios festivos, al girar la esquina de la calle Adolfo Mier, me topé, de pleno, con el origen de aquel estruendo que me había dado la bienvenida: cientos de músicos ensayaban, afinando instrumentos y emociones, para lo que estaba por venir. Para mí, era el primer latido de un corazón que ya no dejaría de sonar en los días siguientes.

Esa misma tarde, no sin antes dejar que mis pasos me llevasen por primera vez al epicentro espiritual del Carnaval y de Oruro, el Santuario del Socavón, la música continuó marcando mi jornada. Crucé la ciudad hasta el Teatro de la Casa Municipal de Cultura, donde me encontraría con uno de mis referentes orureños: el historiador Mauricio Cazorla. Esa noche, la Fraternidad Artística y Cultural La Diablada, junto con la Orquesta Sinfónica de Oruro, ofrecían el concierto “Carnaval Sinfónico Oruro”, un homenaje sonoro al Bicentenario que unía tradición folclórica y música académica. Y, lo mejor, que cada interpretación musical iba precedida de una narración histórica, en la voz del propio Mauricio Cazorla, que no solo contextualizó cada pieza, sino que siguió contribuyendo a enriquecer mi mirada sobre el alma histórica, simbólica y festiva del Carnaval que estaba por vivir.

Con solo unas horas en Oruro, ya percibía que la música aquí no es un acompañamiento: es el centro mismo de la experiencia. Recordaba algo que me impactó profundamente cuando viví el Carnaval por primera vez en 2014: algunas bandas superaban los 200 músicos. Yo, que vengo de Elda (Alicante) —tierra de Moros y Cristianos y de música de bandas—, donde ya nos parecen apoteósicas las que alcanzan los 70 u 80 integrantes, no podía dar crédito. Aquello no era una banda, era una marea sonora, una sinfonía andina que rompía cualquier referencia musical previa que yo tuviera.

Y lo mejor era saber que, pocos días después, iba a volver a vivirlo. Que una nueva Peregrinación me esperaba… y yo estaba listo para dejarme atravesar de nuevo por esa sinfonía andina.

En esta tierra, las bandas, integradas efectivamente por cientos de músicos que tocan de memoria y con el alma, marcan el paso, la energía y la emoción del Carnaval. Son ellas quienes guían a los danzarines en su promesa a la Virgen del Socavón, quienes transforman el asfalto en un escenario y quienes encienden el corazón de los espectadores. Ese pulso colectivo que se siente en el pecho más que en los oídos se ha forjado a lo largo de décadas de historia.

La tradición de bandas en Oruro se hunde en un mestizaje musical que comenzó a gestarse entre los siglos XIX y XX, cuando trompetas, trombones y saxofones —herencia europea— se fusionaron con ritmos y cadencias andinas. Tras la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, florecieron las primeras bandas militares y civiles, y fue en la década de 1960 cuando las llamadas “bandas de bronce” comenzaron a interpretar danzas folclóricas con una fuerza y sonoridad que marcaron un antes y un después. Así nació un lenguaje musical propio, un sonido que hoy define al Carnaval.

Desde entonces, algunas agrupaciones se han convertido en emblemas sonoros del altiplano. La Intercontinental Poopó, con su potencia inconfundible; la Internacional Unión Pagador, de percusión temible y corazón vibrante; la Espectacular Bolivia, siempre fiel a la tradición; la Fabulosa Poopó, la Super Central, la Unión Imperial, la Central Cocani… Cada una ha labrado su personalidad, una forma de estremecer con una diablada, de acariciar con una morenada, de elevar una cullawada. Y no faltan agrupaciones más recientes como la juvenil Pendek’s Band o la Banda Imperial Sajama, que aportan nuevas generaciones, nuevos bríos y un colorido particular al repertorio.

Según me contaban muchos orureños, a veces basta con escuchar un solo compás —un bombo, una entrada de trompeta, un repique de platillo— para reconocer qué banda se aproxima. Porque cada una tiene su propio timbre, su cadencia, su forma de conmover. Son más que agrupaciones musicales: son custodios del ritmo, guardianes del sentimiento. Porque en el Carnaval, ellas no acompañan… Ellas guían. Ellas encienden. Ellas hacen que todo, absolutamente todo, comience a danzar.

Pero detrás de ese latido, de ese despliegue sonoro que conmueve a todo Oruro, hay mucho más que intuición o talento: hay ensayo, rigor, compromiso. Y así lo comprobé en los días previos al gran día.

Invitado por Iván Irigoyen, joven músico de la Banda Espectacular Bolivia, tuve el privilegio de asistir a uno de sus ensayos. Para llegar hasta allí tuve que alejarme del centro de la ciudad. Iván me había citado en el Teatro Internacional Oruro. No tenía claro dónde estaba, pero me dejé llevar por el taxi que intercepté junto a mi alojamiento. El trayecto fue largo —el más largo de todos los días que estuve en Oruro— y me dio la sensación de haber salido de los márgenes urbanos.

Al llegar, descubrí un edificio descomunal, cerrado a cal y canto, rodeado de descampados donde flotaba el polvo, sin aparente presencia humana. Tuve que bordearlo hasta alcanzar la parte trasera del complejo. Desde la distancia, vislumbré un grupo de personas ataviadas con trajes rojo, amarillo y verde: los colores de la bandera de Bolivia. Me sorprendió ver que, en medio de aquel paisaje desolado, bajo la fuerza seca del sol altiplánico, los músicos ensayaban con sus galas completas. Comprendí que, si en ninguna parte del mundo la música se improvisa, en Oruro menos que en ninguna.

Aquel nivel de entrega, disciplina y pasión era la materia prima del engranaje sonoro que sostiene al Carnaval. A un lado, músicos de todas las edades afinaban instrumentos, repasaban repertorios, corregían pasajes con atención quirúrgica. Al otro, parte de la banda ensayaba las coreografías que pronto llenarían las calles. Era como observar un corazón ensayando sus propios latidos.

Fue, sin duda, una experiencia de inmersión total. Ese primer pulso musical con el que me recibió Oruro la tarde de mi llegada seguía resonando en mi interior. Me fui de allí con la melodía grabada en la memoria… y con la marca del sol andino tatuada en la coronilla.

Como tatuado tienen los orureños un nombre, el “Jacha” Flores. Porque hablar de la música del Carnaval es, inevitablemente., hablar de él: José Félix Flores Orozco, conocido por todos como el Jach’a, palabra aymara que significa ‘el grande’. Y lo fue. A lo largo de su vida compuso más de 300 canciones, muchas de las cuales hoy son himnos populares cargados de emoción y devoción. Su nombre, aunque no era el centro de mi investigación, apareció una y otra vez en las entrevistas que realicé a diversas “Voces del Carnaval de Oruro”.

Y luego, escuchando y sintiendo en la calle muchas de sus composiciones, entendí que el Jach’a no solo compuso canciones, sino que escribió parte del alma del Carnaval de Oruro. Temas como El Chiru chiru, Chiquita Orureñita, Cecilia o Antes de morir han trascendido generaciones y forman parte del repertorio ineludible de toda buena banda. La música de Jach’a tiene algo de marcha de guerra, de oración, de declaración de amor al pueblo y a la Virgen. Esas canciones no solo se tocan: se gritan, se bailan, se lloran. En cada compás se oye la memoria de un pueblo que ha sabido hacer de su música una forma de trascendencia.

No solo ocurre con las composiciones del “Jacha” Flores, sino con la mayoría de las canciones que suenan durante el Carnaval. Son verdaderos relatos que condensan emociones intensas: historias de amor, nostalgia por la tierra, orgullo por la fraternidad o ruegos a la Virgen. En sus versos se encierra una parte esencial del alma orureña. Algunas letras se convierten en mantras colectivos, coreados con fuerza al paso de la danza. Y, para un recién llegado como yo, resulta abrumador ver cómo cada letra está en boca de todos, sin distinción entre danzarines y público.

En la Peregrinación, aún para un oído no afinado como el mío, te das cuenta que cada danza tiene su estilo musical propio. La Diablada suena potente y teatral, con piezas como «Diablos Locos», «El Chiru Chiru», o «Corazón de Sudamérica». La Morenada es cadenciosa, elegante, a veces melancólica: «Brujita», «Aromeñita» o «Soy de Mejillones» son clásicos. Los Caporales combinan ritmo y fuerza, con temas como «Ay Rosita» o «Soy Caporal». Los Tinkus, con su energía guerrera, resuenan con «Leydi» o «Para que la vida». Los Tobas traen dinamismo y agilidad: «Somos de la Central» o los mixes de Fusion Ruana animan a saltar sin pausa.

Y así podría seguir con las llameradas, incas, negritos, wititis, cullaguadas, kallawayas, suri sicuris, potolos, zampoñeros o doctorcitos. Cada estilo tiene su color musical, sus instrumentos distintivos y su cadencia.

Y cada fraternidad y conjunto folclórico escoge cuidadosamente su banda y su repertorio.

En mi caso, fue una melodía la que me escogió a mí. El último día que estuve en Oruro, el lunes 3 de marzo, al subir al bus que me llevaría de regreso a La Paz, no podía sacarme de la cabeza un verso que había escuchado durante todo el Carnaval: “Mañana cuando me vaya, tú llorarás…”. El alma musical del “Jacha” Flores también se había apoderado de mí. Era como un eco, como un mantra, como una despedida sentida.

Y entonces, el viaje se cerró con una escena tan inesperada como simbólica: en el mismo bus viajaba Luzmila Carpio, la musa de “Jacha” Flores, una de las voces más icónicas de la música andina, como me contó mi hermanito boliviano, Marcelo Meneses, “Alma Tunante”. Sentí que el Carnaval no quería dejarme ir del todo. Que, incluso en la despedida, la música seguía marcando el compás.

La música del Carnaval de Oruro no es solo una banda sonora. Es un latido ancestral que sigue resonando en quienes lo han vivido. Porque cuando uno se va, no se va del todo: se lleva esas melodías tatuadas en el alma. Y algo de su alma, también, se queda danzando allá.