Carnaval de Oruro: el único del mundo donde los diablos bailan por una Virgen
A diferencia de otros carnavales, que celebran la vida como antesala del ayuno, el de Oruro celebra la fe en medio del bullicio. En ningún otro lugar del mundo los personajes infernales protagonizan una peregrinación devocional hacia una Virgen.
En Oruro, el carnaval no es solo fiesta: es promesa hecha danza, procesión vestida de alegría, herencia sagrada nacida del sincretismo entre el mundo andino y el cristianismo colonial.
Aquí, como me dijo Víctor Hugo Vásquez Mamani, Secretario de Cultura y Turismo del Municipio, “los diablos bailan por la Virgen”. Y esa frase, más que una imagen poética, es la clave para entender por qué el Carnaval de Oruro no tiene igual en el mundo.
Lo entendí la primera vez que vi a un diablo arrodillado frente al altar de la Virgen del Socavón, la “Mamita” del Socavón. No era contradicción. Era devoción pura. Era el alma de un pueblo expresándose en cada paso y en cada nota, en cada máscara y en cada mirada.

La Virgen del Socavón, Mamita de los danzarines
La Virgen del Socavón, la “Mamita” del Socavón, no solo es la patrona del Carnaval: es el destino final de la peregrinación, la razón íntima que mueve los pies de miles de danzarines que atraviesan la ciudad durante horas.
Su imagen preside el altar mayor del Santuario, en la entrada misma de la mina, como un punto de encuentro entre cielo y tierra, entre lo divino y lo subterráneo.
Los bailarines hacen una promesa: danzar tres años consecutivos para ella. Y esa promesa es personal e intransferible. Algunos la cumplen en silencio, otros la renuevan año tras año. Fray Sergio Mendoza, rector del Santuario, me explicó que en este lugar la fe no es un adorno, sino el centro de todo: “Si se pierde la genuinidad del culto, el Carnaval pierde su alma. Los que bailan para la Virgen lo hacen con el corazón, no solo con los pies”.
Su presencia se siente en los trajes bordados, en los murales urbanos, en muchas esculturas callejeras, en las letras de las morenadas y diabladas que la invocan…
En las entrevistas que realicé, Javier Cárdenas, investigador y escritor, me recordó que su origen está ligado a la Virgen de la Candelaria, y que su culto se fusionó con leyendas locales hasta convertirse en la Virgen del Socavón que hoy veneran.
Para Mauricio Cazorla, historiador e investigador, la conexión con la Virgen de la Candelaria de Canarias y la fijación de la fecha en el calendario católico son claves para entender su centralidad en la fiesta. Y, sin embargo, en Oruro esta devoción adquirió un matiz único: “Aquí no se la celebra con procesión solemne solamente, sino con música, baile y color. Pero el sentido sigue siendo el mismo: honrarla”.
Algunos devotos hablan de milagros. Otros, de protección en momentos difíciles. Muchos, simplemente, de gratitud.

Yo pienso en las palabras de un texto que encontré escrito en un pequeño libro conmemorativo del centenario de la Morenada Central fundada por la Comunidad Cocani: “A tus pies siempre llegamos, Mamita Kantila, cantando y bailando con el corazón… Bendita seas por la eternidad, Dulce Morena de nuestros corazones, por permitirnos recorrer el mundo con esperanza”.
Porque al final, todo el Carnaval, con su ruido, sus máscaras y su exceso de vida, converge en ese instante: cuando un danzarín exhausto se arrodilla frente a ella y la mira como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Y es ahí donde confieso algo: yo no soy creyente, pero su fuerza me alcanzó. El Santuario del Socavón fue para mí un punto de energía pura, un lugar donde lo sagrado se siente más allá de la fe, como una vibración que te envuelve, te aquieta y, al mismo tiempo, te impulsa. Tal vez no rece como ellos, pero en ese instante entendí que, en Oruro, la devoción también se baila.
Un Carnaval con calendario litúrgico
En casi cualquier parte del mundo, el carnaval es la gran fiesta pagana previa a la Cuaresma. Un estallido de música, baile y exceso que sirve como último respiro antes del ayuno y la sobriedad que marca el calendario cristiano. Oruro comparte esa condición… pero la transforma por completo.
Su historia está íntimamente ligada a la Virgen de la Candelaria, cuya festividad se celebra el 2 de febrero. Durante siglos, la fiesta patronal de Oruro coincidía con esa fecha, que marcaba el corazón de las celebraciones religiosas.
El historiador Mauricio Cazorla me explicó que ese vínculo se mantuvo hasta que, por razones de organización y para no coincidir de lleno con otras festividades andinas, la celebración principal se desplazó: “De la fiesta patronal del 2 de febrero pasamos al sábado de Carnaval, sin perder el sentido religioso. Ese día se realiza la Peregrinación, que es la Entrada del Carnaval, y todo el recorrido se convierte en un acto de fe”.
En ese cambio de fecha se mantuvo el hilo invisible que une el calendario litúrgico con la devoción popular: el Carnaval de Oruro sigue celebrándose en vísperas de la Cuaresma, pero la procesión-bailarín no se limita a un breve recorrido. Aquí dura horas y recorre kilómetros, con miles de danzarines que avanzan hasta el Socavón.
Javier Cárdenas Medina me detalló que la fiesta patronal tenía un carácter profundamente religioso mucho antes de la institucionalización del Carnaval como Patrimonio de la Humanidad: “La Virgen del Socavón fue incorporando elementos locales y, con el tiempo, se entrelazaron las prácticas católicas con las tradiciones prehispánicas. El calendario litúrgico marcaba la fecha, pero el pueblo lo adaptó a su forma de celebrar”.
Hoy, cada año, el sábado de Carnaval comienza con la Peregrinación. Miles de danzarines —diablos, morenos, caporales, tinkus, cullawadas— parten desde distintos puntos de la ciudad para recorrer cerca de cuatro kilómetros que culminan en el Santuario.
A lo largo del trayecto, las coreografías y las músicas no pierden su fuerza, pero al llegar a la explanada del Socavón todo cambia: la danza se vuelve más solemne, los pasos se suavizan, y la entrada al templo se convierte en un momento de recogimiento.
El fraile Sergio Mendoza, rector del Santuario, me dijo que, aunque el Carnaval tenga su parte festiva, la estructura sigue respondiendo a un marco de fe: “Aquí no solo se baila, se peregrina. El Carnaval es el camino para llegar a la Virgen, y eso es lo que lo hace único. Si se pierde ese sentido, deja de ser el Carnaval de Oruro para convertirse en otra cosa”.
En otras partes, el carnaval se agota en la calle. En Oruro, se culmina de rodillas, frente a un altar. Esa diferencia, marcada por el calendario y reforzada por la tradición, es lo que hace que esta fiesta no sea solamente un carnaval, sino una peregrinación danzada.
La Virgen de la Candelaria: de Canarias al Altiplano
La advocación mariana de la Virgen de la Candelaria tiene su origen en Tenerife (Islas Canarias), cerca de los albores del siglo XV donde representa a María como la «luz del mundo», reconocida por su milagrosa virtud de iluminación en los difíciles trances de la vida. Es venerada el 2 de febrero, día del encuentro y purificación.
Esta devoción viajó junto con los agustinos a América en el siglo XVI, y en Bolivia se integró profundamente en el territorio altiplánico. En el caso de Oruro, fue durante ese mismo período colonial que llegaron los padres agustinos, llamados por Lorenzo de Aldana, quien fundó conventos en Paria, Challacollo y Toledo (en lo que hoy es Oruro) en torno a 1559.
Es hacia 1606 cuando se funda la villa de Oruro, momento en el que, según la versión tradicional, el culto a la Candelaria se hacía en la iglesia matriz, en la Plaza Mayor, no en el cerro Pié de Gallo (donde actualmente se encuentra el Santuario del Socavón) y era una escultura, no una pintura. Sin embargo, una versión más reciente, documentada por los libros del Cabildo, mencionan una capilla nueva y una devoción mariana en el cerro Pié de Gallo de 1739 en adelante. De un modo o de otro, esa imagen adquirió identidad propia y sería conocida como Nuestra Señora del Socavón, integrada plenamente al folclore y la devoción local.
El traslado de su celebración desde el 2 de febrero a los días del Carnaval fue un paso significativo: se mantuvo la esencia de la festividad litúrgica, pero se adaptó la fecha al ritmo popular y cultural local.
Hoy, como señala un reciente artículo sobre la festividad en Bolivia, la Candelaria y el Carnaval de Oruro “se hermanan como expresión de una espiritualidad colectiva: el 2 de febrero sigue siendo el día de la espiritualidad orureña, pero ese fervor desemboca en la Peregrinación del sábado de Carnaval”
La leyenda de la Ñusta y las cuatro plagas
En Oruro, la historia no solo se lee en libros: se ve en los muros, en los retablos, en las máscaras y en las coreografías. Y una de las narraciones más profundas que atraviesa la identidad de la ciudad es la leyenda de la Ñusta y las cuatro plagas.
Me la contaron más de una vez, con matices y variaciones, pero siempre con la misma fuerza mítica. Según la tradición, en tiempos remotos, el pueblo Uru sufrió el ataque de cuatro plagas enviadas por Wari, una divinidad hostil: una serpiente gigantesca, un sapo monstruoso, un lagarto descomunal y una interminable invasión de hormigas.
Cada uno amenazaba con destruir la región, y la salvación llegó gracias a la Ñusta Uru, una joven princesa andina, que con inteligencia y valor derrotó a cada una de las bestias.
Mauricio Cazorla me explicó que, con el tiempo, esta Ñusta se fusionó simbólicamente con la Virgen cristiana: “El imaginario popular no elimina a la Ñusta, la transforma. La imagen de la Virgen del Socavón absorbe su papel protector. Así, para el pueblo, la Mamita es también la que venció a las plagas”.
Esa fusión no quedó solo en las leyendas. Está presente en toda la vida orureña: las esculturas monumentales que decoran las avenidas, las figuras bordadas en los trajes, los adornos de las caretas, incluso en murales y souvenirs. Javier Cárdenas recuerda que este sincretismo fue clave para que el culto cristiano echara raíces en una población con una fuerte cosmovisión prehispánica: “Al unir a la Ñusta con la Virgen, el mensaje cristiano se hizo más cercano. Era una figura conocida, protectora, pero ahora también madre espiritual bajo la advocación mariana”.
Y si uno recorre las calles durante el Carnaval, puede ver cómo esta narrativa sigue viva: las diabladas lucen máscaras con dragones —una evolución de la serpiente y el lagarto—, los trajes de morenada llevan sapos bordados en hilos dorados, y en las entradas folclóricas no faltan referencias a las hormigas, aunque de forma más sutil.

El sincretismo: entre lo andino y lo cristiano
En Oruro, lo sagrado no es exclusivo de un credo. El Carnaval es la prueba viva de cómo dos universos espirituales, aparentemente opuestos, pueden entrelazarse hasta crear algo único. Fray Sergio Mendoza, rector del Santuario del Socavón, lo resume con una palabra que repitió varias veces durante nuestra conversación: genuinidad.
“Lo que aquí se vive no es una simple adaptación folclórica. Es una fe que ha encontrado su forma de expresarse en la danza y el color, pero que sigue siendo verdadera para quienes la practican”.
El sincretismo en Oruro tiene raíces profundas. Antes de la llegada de los españoles, los pueblos andinos ya reverenciaban a sus deidades protectoras: la Pachamama, madre tierra generadora de vida; y el Tío de la Mina, guardián de las entrañas y las riquezas minerales. Las ofrendas, las mesas rituales y las ch’allas eran —y siguen siendo— actos de reciprocidad con la naturaleza y los espíritus que la habitan.
Con la colonización, el cristianismo no borró esas creencias, sino que las envolvió en nuevos símbolos. Javier Cárdenas explica que el culto a la Virgen del Socavón se asentó sobre espacios y prácticas preexistentes: “El Santuario está construido junto a la bocamina, porque allí ya había un lugar de poder. No fue casualidad: el mensaje cristiano se ubicó justo en un punto de conexión espiritual para los urus y mineros”.
Hoy, esa mezcla se percibe en cada esquina: Los danzarines llevan amuletos andinos bajo trajes bordados con imágenes de la Virgen; Los músicos interpretan marchas que intercalan ritmos ancestrales con melodías de inspiración sacra; En el Santuario, las velas se mezclan con hojas de coca y alcohol de caña, símbolos de dos cosmovisiones que conviven sin anularse.
En este cruce de caminos, el viajero se encuentra ante una espiritualidad híbrida, tan profundamente arraigada que es imposible separar lo pagano de lo cristiano. Aquí, la fe y la tradición no se excluyen: bailan juntas.

¿Puede un carnaval ser una peregrinación?
El Carnaval de Oruro es un desafío para las etiquetas. No es solo un espectáculo folclórico ni una procesión tradicional. Es ambas cosas, y algo más: un puente entre lo visible y lo invisible, entre la música que retumba en la piel y la fe que late en el pecho.
La pregunta que me hice al llegar sigue sin tener una respuesta sencilla: ¿puede un carnaval ser una peregrinación? En Oruro, la respuesta no es sí o no. Es una coreografía de pasos y promesas que se renueva cada año, un latido que acompasa la fe y la fiesta.
Para el viajero, la lección es clara: aquí no basta con mirar. Hay que dejarse envolver por la música, seguir el flujo de la Entrada, llegar hasta el Socavón y sentir que, aunque no creas, algo dentro de ti se mueve. Quizá entonces entiendas lo que entendí yo: que en Oruro se baila con los pies, pero sobre todo con el alma.