Un viaje a lo invisible: el diálogo con la Pachamama y los rituales del Carnaval de Oruro

En Oruro, nadie bebe antes de que lo haga la Pachamama. O, al menos, eso fue lo primero que vislumbré cuando puse un pie allí por primera vez en 2014. Cada lata de cerveza que se abre, cada vaso que se alza por primera vez, comienza con un gesto tan sencillo como cargado de sentido: verter un sorbo sobre la tierra. Es la forma más directa de recordar que todo lo que disfrutamos viene de ella.

Este pequeño ritual se llama ch’allar, una palabra que proviene de los términos quechuas ch’allay o ch’allakuy, que significan literalmente “rociar insistentemente”. La Real Academia Española: lo define en su versión castellanizada como “rociar el suelo con licor en homenaje a la madre tierra o Pachamama”. Pero cuando estás en Oruro —o en cualquier otro rincón de Bolivia, Perú o el norte de Argentina, donde la ch’alla es una práctica común— pronto comprendes que es mucho más que un formalismo.

Sobre todo durante el Carnaval, la ch’alla es un recordatorio permanente de que la vida es un intercambio continuo de dar y recibir. Es entender que vivir es un rito de reciprocidad, donde se ofrece algo a la tierra a cambio de sus bendiciones. O, como resume Jorge Drexler en una sola frase luminosa, “cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da”, de su canción “Todo se transforma”

A grandes rasgos, consiste en rociar con alcohol el suelo, las puertas de las casas, los vehículos, los negocios o cualquier bien que uno quiera bendecir. También se colocan pétalos de flores, serpentinas, confites, granos de maíz. En algunos casos, se queman incienso y hierbas mientras la música de las bandas envuelve el ambiente. Todo ocurre a la vista de todos, con naturalidad, como si aquí la gratitud fuera una costumbre cotidiana y no un acto excepcional.

La primera vez que presencié una ch’alla me quedé con la sensación de no entender nada. Incluso, con mi mirada obsesiva por la limpieza, pensé instintivamente “¡qué guarrada!, se va a quedar todo pringoso”. La segunda vez volví a sentir que no entendía casi nada, pero en esta ocasión me di cuenta de que estaba bien así. Que uno no viajaba para descifrarlo todo, sino para aprender a mirar con otros ojos.

Durante mi segunda visita a Oruro, con una mirada más abierta, con una mente más pausada y con tiempo para la profundidad, pude adentrarme en un viaje más íntimo por los rituales del Carnaval.

Con esa curiosidad encendida, acompañado por el investigador Miguel Ángel Foronda Calle, llegué una mañana al Mercado Fermín López. Tras caminar entre pasillos atestados de figuritas, dulces, velas, sullus y cientos de objetos curiosos, encontramos el puesto de doña Antonia, una mujer de voz serena y manos que se movían con precisión mientras preparaba una mesa ritual.

Pequeñas hormiguitas de plástico, elefantes diminutos, billetitos de juguete, estrellas de colores… Me explicó que cada figura tenía un significado: la hormiguita representaba el trabajo constante; el elefante, la buena suerte; la bolsa de plata, la prosperidad; las estrellas, la claridad del pensamiento.

“Esto no es brujería”, me dijo con un tono firme que no admitía discusión. “Es agradecimiento. Aquí venimos a dar gracias por el techo, la comida, el trabajo”. Mientras escuchaba su relato, me preguntaba cuántas veces habríamos juzgado como superstición lo que simplemente era una manera distinta de agradecer. De Oruro se llevaban mesas a todos lados —me contaba con un orgullo tranquilo—: Chile, Buenos Aires, incluso Estados Unidos, porque todo se hacía con fe.

En aquel puesto lleno de colores y aromas dulzones comprendí que nada se colocaba al azar. Cada elemento hablaba un idioma antiguo que solo se entendía si uno decidía quedarse un rato más, preguntar, observar y dejarse tocar por algo que, a simple vista, parecía pequeño pero era inmenso.

Viernes de ch'alla en la Mina Nuevo San Jose de Oruro Bolivia Mario Trotamundos

Mi viaje por la ritualidad continuó el viernes previo al Carnaval, el viernes de ch’alla de las minas y los negocios. Ese día, un taxi se convirtió en mi particular Delorean y me llevó desde el centro de Oruro hasta las puertas de las Minas Nuevo San José. Formábamos la expedición el fotógrafo Marcelo Meneses, más conocido localmente como Alma Tunante; Natilena Blanco, arquitecta, danzante, presentadora de televisión y, sobre todo, quien nos abría el paso gracias a su padre, empleado en estas minas; y yo, con expectación ante ese viaje en el tiempo.

Con la expedición reducida a dos, tras la baja por malestar de Alma Tunante, atravesamos un túnel largo y húmedo en el que el “chof, chof” de nuestras pisadas sobre agua ácida rompía un silencio que pesaba más que la oscuridad. Al final, la música de una banda empezó a sonar y la luz se convirtió en guía.

Al llegar, frente a nosotros se extendía una mesa ritual cubierta de ofrendas: botellas de cerveza abiertas, confites, serpentinas, figuras pequeñas que parecían hablar un idioma propio. Junto a la mesa, además de mineros, familiares y amigos, cinco llamas blancas esperaban inmóviles con los ojos vendados. Parecía que intuían lo que les aguardaba una vez dentro de la mina. Representaban la conexión con la vida y la fertilidad.

Se trataba de rituales que los mineros ofrecían al Tío de la Mina, pidiendo permiso para trabajar la tierra y extraer el mineral que sustentaba la economía de la región. Él, dios del mundo subterráneo para los mineros andinos, les transmitía la fuerza espiritual y el coraje para afrontar el trabajo diario.

Sentí que aquel instante no era un espectáculo, sino un acto de respeto profundo. Durante un rato tomé fotos en silencio, hasta que un minero se me acercó con cortesía firme y me pidió que no siguiera. Guardé la cámara sin protestar. Entendí que allí no se iba a documentar, sino a aprender. A reconocer que este ritual, cargado de sincretismo entre creencias indígenas y cristianas, se convertía en una conexión directa con los valores espirituales que también se celebraban durante el Carnaval.

Salí de la mina con la sensación de que algo se había transformado en mí. Mi manera de mirar Oruro ya no sería la misma. Partí con la convicción de que un periodista no siempre necesitaba llevarse imágenes: a veces bastaba con quedarse con el recuerdo. Y, curiosamente, recordé la primera vez que, en aquel lejano 2014, en un mercado de Potosí, me había llamado la atención un tenderete donde colgaban pequeños fetos de llama que, en mi ignorancia, confundí con simples peluches a modo de souvenirs. Hoy sabía que los sullus, al igual que las llamas sacrificadas en los rituales al Tío que acababa de presenciar, eran ofrendas que representaban la fertilidad y la vida.

De regreso al corazón urbano de Oruro, me reencontré con Alma Tunante. Él tenía prevista para mí una nueva parada en ese viaje íntimo por los rituales vinculados al Carnaval. Mientras en las calles la música de las bandas se mezclaba con el aire espeso de Khoa y mixtura, nuestros pasos se encaminaron al negocio de uno de sus amigos, muy cerca de la Plaza 10 de Febrero.

Allí, haciendo real la canción de “los amigos de mis amigos son mis amigos”, me recibieron con abrazos y serpentinas que caían sobre mi cuello como símbolos de buenos deseos. Ya habían llevado a cabo la ch’alla del negocio que, debo confesar, interpreté que era un despacho, pero nunca supe bien de qué.

Llegamos justo en el momento de compartir los manjares, porque poco después de nuestra llegada apareció un invitado especial: la cabeza de vaca asada, recién traída del horno de una panadería. Este plato típico de la gastronomía orureña, especialmente en Carnaval, aún conservaba su forma animal y el vapor denso se mezclaba con el aroma de la carne. No estaba seguro de si aquel era el mejor día para experimentos culinarios, después de una noche de malestar y una mañana de ayuno. Pero ¿cómo resistirme a compartir la comida en un ambiente tan cálido?

Con una cerveza Huari fría en la mano, me animé a probar primero un trozo de carne, luego la lengua, tierna y casi aterciopelada, y por último los sesos, suaves como mantequilla. No fui capaz de llegar a los ojos. Entre brindis, risas y aquel calor que no venía solo del horno, comprendí que allí no solo se compartía un plato: se compartía la gratitud por la vida y la esperanza de que nunca faltara el sustento.

Los días de Carnaval transcurrieron entre amigos, confesiones, fotografías y muchos sorbos vertidos a la tierra en señal de gratitud. Aquella ritualidad tuvo su punto culminante el martes de Carnaval, ya lejos de Oruro, a las afueras de La Paz, donde tuve la suerte de sentirme uno más en la familia Meneses Vargas —la familia de mi amigo Alma Tunante— durante la celebración del conocido martes de ch’alla. Fue un tiempo de celebración que también fue, sin saberlo, un tiempo de aprendizaje silencioso.

Esa vez no fui un mero observador de la mesa ritual presidida por un sullu. Me convertí en un actor más, entregando a la Pachamama ofrendas sencillas, como piezas de fruta, desde el respeto y la gratitud.

Mientras reíamos, compartíamos y brindábamos, comprendí que lo inolvidable no era solo lo que uno veía o probaba. Era aquello que se quedaba pegado a la piel como un tatuaje. Quizá eso fuera lo esencial: entender que la gratitud allí no se proclamaba en voz alta. Se practicaba cada día, con gestos pequeños que resultaban más poderosos que cualquier discurso.

A menudo, después de aquel viaje, me he preguntado qué ocurre cuando dejamos de agradecer. Si no es entonces cuando empezamos a creer que todo nos pertenece por derecho. En Oruro entendí que nada estaba garantizado. Que la música, la salud, la cosecha o la compañía podían faltar mañana. Quizá por eso lo esencial era invisible a los ojos. Porque no siempre se ve, pero siempre se siente. Y porque, a veces, viajar consiste precisamente en eso: en aprender a mirar de nuevo y recordar qué es lo esencial.

La Paz (Bolivia), parada de camino al Carnaval de Oruro

En este episodio de En viaje y alma, la ruta hacia el Carnaval de Oruro me lleva primero a La Paz, la ciudad que vive a más de 3.600 metros de altura. Entre el bullicio y los colores del Mercado Lanza, descubro sabores que reconfortan después del viaje: un combo Illimani en el puesto de Doña Mary y un batido de mango con Jimena, que se convierten en el primer brindis de un viaje que promete fiesta, cultura y emociones… para saborear con todos los sentidos.

Fotografiar el alma del Carnaval de Oruro: consejos prácticos para capturar una Obra Maestra viva

El colorido de los trajes, las historias bordadas en cada vestimenta, las máscaras que susurran mitos, los gestos y guiños de los danzantes, el movimiento vibrante de las coreografías, las reacciones del público al paso de los conjuntos folclóricos, el fuego de las Diabladas, las escenas costumbristas que emergen entre danza y devoción, la ternura de los pequeños bailarines, la vida paralela en las gradas, los semblantes al cruzar la Puerta Santa del Santuario…

La Peregrinación del Carnaval de Oruro es, para cualquier fotógrafo, un disparo continuo, un latido visual. Resulta imposible imaginar la cantidad de fotografías que se generan durante esos días. En algún rincón del tiempo, sería fascinante poder cuantificar los millones de imágenes que han nacido aquí como testimonio gráfico de una celebración única en el mundo.

Y es que el Carnaval de Oruro —reconocido como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad desde 2001— representa una experiencia fotográfica que todo fotógrafo o periodista de viajes, profesional o amateur, debería vivir al menos una vez en la vida.

Si estás considerando viajar a Bolivia para documentar con tu cámara esta celebración desbordante de espiritualidad, cultura, música, color y movimiento, aquí comparto algunas recomendaciones basadas en mi experiencia durante el Carnaval de 2025.

Acreditación para cubrir la Peregrinación desde dentro

Si tu objetivo es fotografiar la entrada desde dentro del recorrido oficial y captar los momentos más cercanos y simbólicos de los danzantes, debes saber que, como ocurre en muchas celebraciones festivas del mundo, necesitarás una acreditación de prensa. Este pase te permite ingresar al circuito con ciertos permisos, siempre bajo condiciones de respeto y movilidad limitada.

Me refiero a que, aunque estés acreditado, es importante no entorpecer el desarrollo de la Peregrinación ni el paso de los danzantes, porque se prioriza el respeto al carácter devocional de la festividad. Bien es cierto que, luego, en el terreno, la realidad es otra, y existen actitudes por parte de fotógrafos, creadores de contenido y periodistas que resultan bastante cuestionables. Incluso, por experiencia, te encuentras con personas cuya acreditación brilla por su ausencia. Pero ese sería debate para otro post.

El organismo encargado de emitir las acreditaciones es el Sindicato de Trabajadores de la Prensa de Oruro (STPO), con quien es necesario ponerse en contacto para realizar la solicitud. Habitualmente, la documentación requerida incluye:

  • Nota de solicitud y obtención de la credencial para cobertura periodística
  • Certificado del medio de comunicación en el que desempeñas funciones
  • Credencial institucional vigente
  • Fotografía con fondo blanco (4×4, formato digital)
  • Pago de la tasa correspondiente (en 2025 fue de 20 Bs para prensa local, 130 Bs para nacional y 230 Bs para internacionales)

Siempre existen situaciones especiales, como fue mi caso. Yo no iba de la mano de ningún medio de comunicación ni contaba con credencial institucional, sino que viajé como estudiante del Máster de Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism  como parte del viaje para mi Trabajo Final de Máster. Así, tras conversar con el STPO, la documentación aportada en sustitución del certificado del medio fue un certificado emitido por la escuela y mi título de periodista.

Para abordar estas gestiones, te recomiendo contactar con el STPO al menos un mes antes del Carnaval. Ya en Oruro, deberás visitar las oficinas del sindicato —el día previo a la Peregrinación o incluso esa misma mañana— para liquidar la tasa y recoger tu acreditación. Para ese momento, te aconsejo ir con tiempo… y paciencia.

Los mejores lugares del recorrido

El recorrido de la Peregrinación tiene una extensión aproximada de 4 km, comenzando en la avenida 6 de Agosto y cruzando calles como Bolívar, La Plata, Adolfo Mier, Presidente Montes, Petot y la Avenida Cívica, hasta alcanzar el Santuario de la Virgen del Socavón.

Elegir bien el lugar desde donde fotografiar puede marcar la diferencia entre una imagen documental y una que transmita emoción, contexto y alma.

Desde mi experiencia, estos son algunos de los puntos más recomendables:

  • Calles La Plata, Adolfo Mier y Presidente Montes, en torno a la Plaza Principal 10 de Febrero, ofrecen un fondo arquitectónico único y expresiones intensas del público.
  • Mi preferida fue la calle Presidente Montes, que mantiene un ambiente más relajado y familiar, frente al público más joven y bullicioso de La Plata y la Mier. A determinadas horas, ese jolgorio puede dificultar la labor fotográfica. Además, para las fotografías en la calle Presidente Montes, el edificio de la Gobernación es un muy buen telón de fondo, sobre todo con su iluminación nocturna.
  • A primera hora, muchos fotógrafos comienzan en la Avenida 6 de Agosto, donde la luz matinal es ideal y la decoración aérea añade color y contexto.
  • La Avenida Cívica es otro lugar álgido. Allí se aprecia la magnitud del Carnaval y los bloques folclóricos entregan el alma en sus últimos pasos. En 2025, las restricciones para fotógrafos no facilitaron buenas tomas desde esta zona.

Pero, sin duda, el momento más impactante ocurre frente a la Puerta del Santuario del Socavón. Las miradas se elevan, los pasos se ralentizan, muchos lloran. Desde el punto de vista de la fe y la devoción, es el instante más poderoso. Si te gusta capturar gestos, muecas y detalles faciales, busca un buen ángulo justo tras la Puerta Santa, donde muchos danzantes se despojan de sus máscaras.

Grupo-de-morenos-compartiendo-en-un-puesto-callejero-de-La-Calle-13-de-Oruro Bolivia Mario Trotamundos

Salirse del recorrido: historias que suceden al margen

Más allá del recorrido oficial, existen escenas igual de potentes, a veces más íntimas y humanas.

Algunas sugerencias desde mi experiencia:

  • Calles traseras y puntos de descanso: danzantes que se preparan, se ajustan el traje, se hidratan o simplemente descansan. Imágenes más auténticas y sin pose. Un lugar interesante es la zona entre calles Bolívar y Petot, una vez pasada la plaza principal.
  • La Calle 13: para muchos danzantes, es wasi —casa, refugio, reencuentro—. Allí se celebra tras la promesa cumplida. Te lo cuento en profundidad en este otro post.
  • Las gradas y el público: el Carnaval también se vive en las gradas, entre familias, visitantes, reencuentros. Fotografiar al público también es contar el alma de la fiesta.

Y, sin duda, mi mayor recomendación es no limitarse al sábado de Peregrinación ni al domingo de Carnaval. Llega a Oruro días antes y quédate unos días después. Solo así se comprende la transformación de la ciudad, se percibe su vibración completa, y se capta, con cámara o sin ella, el alma del Carnaval de Oruro.

La visión del fotógrafo orureño Marcelo Meneses, Alma Tunante

Si hay una mirada que ha sabido captar el alma del Carnaval de Oruro en los últimos años, esa es la de Marcelo Meneses, más conocido como Alma Tunante. Su trabajo va más allá de la estética: es fotografía emocional, documento histórico y activismo cultural al mismo tiempo.

“Conlleva demasiados detalles, no solo lo cultural, no solo lo religioso… hay muchas personas detrás de ello, y nosotros también hemos dedicado tiempo a hacer registro fotográfico como los bordadores, los carreteros, los danzantes… Vienen a contarte historias, historias familiares, descendencias, legados.”

Esa sensibilidad es la que guía su lente. No busca solo captar danzas; busca retratar vidas que se entrelazan con la tradición.

Fotografiar el Carnaval, como él lo entiende, implica un proceso de aprendizaje profundo. “Ha sido un proceso hermoso… entrenar ese ojo, perfeccionarlo, mostrar los detalles en todo, tratando de sensibilizar o emocionar al veedor de nuestras postales.” Y es que Marcelo no solo dispara su cámara: observa, escucha y conecta con quienes danzan, ofrendan o simplemente sienten.

Uno de sus sellos es su capacidad de retratar los cambios: en los trajes, los colores, los personajes que aparecen en las caretas, incluso en los músicos. “Se nota todo ese proceso evolutivo”, explica. La fotografía, para él, es memoria visual del tiempo. “La fotografía es atemporal… siempre te va a mostrar cosas que antes no podíamos tener. Nos ayuda a comprender el proceso evolutivo que han tenido las danzas.”

Lo que más conmueve de su testimonio es el respeto que mantiene hacia los danzantes y su espacio sagrado: “Estando en el recorrido tienes que estar dentro de los danzarines. Pero todo espacio del danzarín es sagrado, entonces estaríamos rompiendo con eso.” Aun así, su cercanía le ha permitido retratar desde adentro: “Me ha tocado estar dentro de un bloque de morenos… se vive desde otra manera estando ahí.”

A nivel técnico, su secreto está en la preparación y la paciencia. Asiste a los ensayos desde noviembre: “Ahí es donde nosotros también aprendemos los tiempos… los momentos en los que sí podemos hacer una buena foto.” Gracias a eso, cuando llega la Peregrinación, ya sabe anticipar movimientos y capturar emociones reales.

Y cuando le preguntan por qué seguir, por qué volver año tras año, responde con una frase que resume lo que tantos orureños sienten: “Si la Mamita quiere, no voy a faltar este Carnaval.”

Para Alma Tunante, fotografiar el Carnaval de Oruro no es un encargo, es una promesa devocional. Es un acto de fe, de identidad y de amor profundo por su tierra. Su lente nos recuerda que hay imágenes que trascienden el instante, porque guardan en sí el alma de un pueblo.

Para conocer más sobre Marcelo Meneses, Alma Tunante, puedes escuchar el podcast de “Voces del Carnaval de Oruro” en el que le entrevisto.

Después de vivir el Carnaval de Oruro desde dentro, siento que fotografiar el Carnaval de Oruro es mucho más que una cobertura periodística o visual. Es una experiencia sensorial y espiritual que te exige estar presente, abierto y dispuesto a comprender una cultura desde dentro, de la mano de quienes la hacen posible.

No se trata solo de capturar imágenes. Se trata de devolver, con cada disparo, algo del respeto que la celebración merece tras siglos de historia y devoción.

Como fotógrafo y periodista de viajes, viví el Carnaval de 2025 como un aprendizaje continuo. Y hoy, desde estas líneas, me ofrezco para, si decides viajar a Oruro en Carnaval, contagiarte de mi pasión viajera y mi amor por esta tierra. Porque hay celebraciones que se viven con los ojos, pero se fotografían con el alma.

Y sí, el Carnaval de Oruro también merece vivirse sin cámara. En algún momento, conviene guardar el visor y mirar con el alma. Hay imágenes que no se capturan con sensores, sino con emociones.

Voces del Carnaval de Oruro: el alma de un patrimonio vivo

No importa el tiempo que pase, ni los nuevos destinos que mi espíritu viajero me depare: el Carnaval de Oruro en Bolivia siempre ocupará un lugar privilegiado en mi corazón de Trotamundos porque aquella primera visita en 2014, fruto del azar, las causalidades o las casualidades, quedó marcada como un flechazo a primera vista. Jamás desaparecerá de mi recuerdo aquel impacto imborrable de hospitalidad, belleza, majestuosidad, folclore y fiesta en un lugar que ni siquiera existía en mi mapa mental y en mis referencias viajeras. Aquel “Carnaval cerca del cielo” que rezaban las pancartas publicitarias fue, para mí, exactamente eso: un éxtasis entre lo terrenal y lo sagrado, entre lo desconocido y lo sentido.

Ese impacto me ha acompañado desde entonces, y por eso, cada vez que se presenta la ocasión —ya sea en pequeños corrillos o con un micro por delante— me descubro convertido, sin proponérmelo, en embajador entusiasta del Carnaval de Oruro.

Uno de esos momentos “con micro por delante” fue en 2021, en el espacio viajero “De acá para allá” de Radio Elda SER, con el que colaboraba quincenalmente por aquel entonces. Entre tantos destinos que merecían voz, no podía faltar un programa dedicado enteramente al Carnaval de Oruro.

Pero claro, no quería que el programa fuese solo una sucesión de mis impresiones, emociones y percepciones: quería aportar profundidad, contexto y conocimiento.

Y, para ello, volví a buscar a mis bolivianos de referencia, a todas esas personas que, desde aquel viaje en 2014, me hicieron sentir el calor a 3.706 metros sobre el mar. Un simple mensaje bastó para encender de nuevo la chispa. La memoria hizo lo suyo. Y Oruro, como si nunca se hubiera ido, volvió a ocupar su lugar en mi presente.

Además, como canta la canción —“los amigos de mis amigos son mis amigos”—, surgieron nuevas conexiones: Mauricio Cazorla, historiador orureño; Pablo Osorio, amigo de Alicia, a la que conocí en 2014 junto a Raúl… Todos ellos abrieron nuevas puertas para seguir profundizando en esa fiesta lejana en el espacio y en el calendario, pero muy viva en mi memoria.

Lo que empezó como un deslumbramiento se convirtió, con los años, en una búsqueda. Quería comprender no solo lo que había sentido, sino por qué lo había sentido. Qué había detrás de esa emoción que no se apagaba. Fue así como entendí que, para contar el Carnaval de Oruro con justicia, tenía que escucharlo en voz de sus protagonistas.

Y ha sido gracias al máster de Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism que he tenido la oportunidad de desarrollar un proyecto de investigación sobre un destino. Al elegir destino, no lo dudé: vi el cielo abierto. Pero no cualquier cielo, claro está. El de Oruro. Ese lugar que, una década atrás, ya me había hecho vivir un éxtasis cerca del cielo.

Pero esta vez no quería limitarme a observar, ni siquiera a relatar solo desde la emoción —que, dicho sea de paso, nunca he querido dejar de lado, porque las fiestas populares, el folclore y la cultura tienen mucho de corazón, de piel—. Sentía, casi como un deber, la necesidad de escarbar más hondo. De ir más allá de la lente del turista o del viajero entusiasta. El Carnaval de Oruro merecía ser contado con rigor, respeto y profundidad. No bastaba con decir que era hermoso. Había que explicar por qué lo era. Qué memorias, qué símbolos, qué promesas y qué dolores lo tejían. Qué lo hacía único en el mundo.

Miguel Ángel Foronda Calle

Fue así como, en ese camino investigativo, llegué al videopodcast Calvario, un archivo sonoro tan esclarecedor como emotivo. Gracias al trabajo de Miguel Ángel Foronda Calle —danzante, gestor cultural y voz comprometida con la difusión del patrimonio— descubrí un mapa afectivo y testimonial del Carnaval que me ayudó a preparar el viaje con otra mirada. Cada episodio era una lección de historia viva, una pieza más en ese puzle que yo quería recomponer con mi propia voz periodística, pero también con las voces de quienes viven, sueñan y danzan el Carnaval desde dentro.

En esos pasos también me di cuenta, a través del material encontrado en el ciberespacio, de que la mayoría de las miradas periodísticas externas —incluso muchas dentro del propio país— se quedaban en la superficie. Mostraban lo espectacular, pero no desvelaban esa hondura que permite, no solo sentir, sino comprender el Carnaval de Oruro. Reforcé entonces mi convicción: a la mirada puesta en la belleza, había que sumarle la mirada puesta en lo profundo, en las raíces.

Y, para ir a las raíces, nadie mejor que los propios orureños: las voces protagonistas.

Comencé a tejer un universo de contactos de la mano de quien se convirtió en mi guía en todo este proceso, el historiador Mauricio Cazorla. Tenía claras las capas que quería abordar: la historia y orígenes del Carnaval, su dimensión religiosa, la organización y promoción de la fiesta, las tradiciones, el folclore y la música, las vivencias desde dentro, la economía, la moda, la artesanía, la sostenibilidad, la gastronomía y también cómo se vive el Carnaval desde la distancia. Y, por supuesto, los retos y desafíos que enfrenta.

Mauricio Cazorla, historiador

Siempre con el acompañamiento generoso de Mauricio, fui armando una red de más de 50 contactos anotados en mi Excel. Por supuesto, muchos se fueron quedando en el camino. Incluso, una vez en Oruro, algunas personas que habían confirmado su participación se cayeron de la agenda a última hora. Hubo inevitables dosis de frustración, pero también el aprendizaje de saber fluir con la vida. Como dice el dicho popular: “Somos los que somos, y estamos los que estamos”.

No voy a negar que me hubiese gustado contar con más representatividad institucional, especialmente por parte de organismos como el Viceministerio de Turismo , la alcaldía de Oruro o la ACFO (Asociación de Conjuntos del Folklore de Oruro), estos dos últimos, según la Ley N° 602 de Bolivia, los organizadores del Carnaval de Oruro conjuntamente con el Comité Departamental de Etnografía y Folklore de Oruro. Pero las puertas que se abrieron, y las voces que se sumaron, fueron las que han terminado dando alma a este proyecto hoy. Quién sabe si habrá otras que le den continuidad.

Igual que algunas entrevistas se truncaron en el camino, este también deparó otros descubrimientos. Como por ejemplo, el encuentro fortuito, en una entrevista a pie de grada, al Nuncio apostólico del Vaticano en Bolivia, Fermín Emilio Sosa Rodríguez.

Y así, una vez en Oruro, poco a poco, las voces se fueron sucediendo. Todas, sin excepción, dejaron en mí una huella. Historias de danzantes que lloran por promesa, diseñadoras que bordan identidad en cada traje, músicos que sienten la banda como una extensión de su alma, activistas que bailan por amor y por justicia. Cada testimonio me mostraba una nueva arista de ese mosaico inmenso que es el Carnaval de Oruro.

Entrevisté a Marcelo Meneses, “Alma Tunante”, cuya cámara no solo capta luz y color, sino también alma, memoria y dignidad y que, tras un carnaval codo con codo, se convirtió en mi “hermanito boliviano”. A Mauricio Cazorla, historiador incansable, que me llevó por los túneles del tiempo hasta los orígenes más profundos de la fiesta. A David Aruquipa Pérez, wapuri Galán de la Cullaguada, que danza con orgullo, disidencia y ternura. A Germán Flores, artesano caretero, cuyas manos modelan el rostro simbólico del Carnaval en el seno de una familia con más de 150 años de tradición. A Carlos Delgado, arquitecto y danzante, que me enseñó que entre piedra y fe también se puede bailar. A Mónica Siles y Carla Pinky, diseñadoras que no solo visten cuerpos, sino que visten historias, identidad y cultura. A Miguel Ángel Foronda, creador del videopodcast Calvario, que ha hecho de su voz una plataforma para preservar, emocionar y difundir. A Natilena Blanco, cocani y comunicadora, que encarna el poder de la promesa y la belleza vivida. A Ramiro Flores, músico fundador de Llajtaymanta y promotor cultural, cuya voz y guitarra resuenan como himno identitario. A Fray Sergio Mendoza, rector del Santuario del Socavón, con quien comprendí el verdadero significado de la peregrinación. Y a Javier Cárdenas, investigador y escritor, que me ayudó a mirar el sincretismo no como contradicción, sino como esencia del alma orureña.

Estas voces —doce, pero inmensas— dan forma a “Voces del Carnaval de Oruro”, el serial sonoro que he creado dentro de mi proyecto de pódcast En viaje y alma. Pero no son las únicas que resonaron durante mi paso por Oruro. Muchas otras personas me regalaron palabras, gestos, historias y miradas que, aunque no quedaron registradas en una entrevista formal, sí quedaron grabadas en mí. Danzantes anónimos, señoras que compartieron su comida, fotógrafos venidos de lejos, artesanos que me mostraron su taller sin cita previa, músicos que me hablaron entre ensayo y ensayo, desconocidos que se convirtieron en aliados. Todo eso también es parte de este viaje.

Porque si algo aprendí durante mi investigación es que el Carnaval de Oruro no se termina nunca. Siempre hay algo más por descubrir, por sentir, por entender. Cada encuentro abre nuevas preguntas. Cada relato invita a quedarse un poco más. Tanto, que no me bastarían diez carnavales para abarcarlo todo. Y aun así, valdría la pena vivirlos. Yo estoy dispuesto.

Por eso, con la mochila llena de grabaciones, emociones y certezas inciertas, quiero invitar al mundo a escuchar este universo compartido. Voces del Carnaval de Oruro no es solo un pódcast: es una celebración hablada de la memoria, la identidad y la fe de un pueblo. Un retrato coral tejido desde dentro. Ojalá al escucharlo, tú también sientas el eco de esos pasos que, como promesa, siguen danzando cerca del cielo.

Qué comer en Oruro durante el Carnaval: un festín de identidad, sabor andino y alma

Visitar Oruro en Carnaval es una experiencia multisensorial. El sonido atronador de las bandas, el colorido de los trajes, la fe y la devoción a la Virgen del Socavón, la hospitalidad local… y, por supuesto, el sabor. Porque la gastronomía orureña no debe abordarse como un simple segundo plato, sino como un capítulo central durante la estancia para disfrutar de esta fiesta Patrimonio de la Humanidad. Comer en Oruro durante el Carnaval es, también, una forma de peregrinación, una ruta de sabores por los rincones de la ciudad que habla de historia, resistencia, creencias y comunidad. Es alimento, sí, pero también identidad a retener en la memoria gustativa.

Carne, alma y territorio: lo esencial en la mesa orureña

Muchos de los platos tradicionales giran en torno a la carne. Cordero, llama, res… ingredientes centrales de una cocina pensada para resistir el frío altiplánico y la intensidad de las jornadas carnavaleras. Mi primer plato tradicional en Oruro fue el fricasé, un guiso que se prepara con carne de cerdo, chuño remojado y pelado, y maíz mote, y se sirve bien caliente, con ese toque de locoto que despierta cada centímetro del paladar. ¡Y tanto que lo hizo!

En Foster Food, en pleno centro urbano, un local curioso donde se cruza la comida rápida con los sabores del altiplano, pude probarlo, casi a la hora de merendar, el domingo del último convite antes del Carnaval. Allí, además, de la mano de mi “hermano” boliviano,  Marcelo Meneses, conocí a su amigo Fernando, su dueño, que tras vivir algunos años en España, se convirtió en un inesperado “primo” en medio de Oruro.

Otra joya de esta ruta culinaria es el rostro asado de cordero, cocinado al horno durante horas y sazonado solo con sal. Doña Chabelita es un buen lugar para probarlo, aunque durante el Carnaval también son muchos los puestos callejeros que lo sirven. En mi caso, no fue cordero, fue vaca. Durante el conocido como viernes de ch’alla de los negocios y las minas, en la celebración en el negocio de otro amigo de Marcelo, saboreé la cabeza de vaca asada. La cabeza aún conservaba su forma animal, y el acto de trincharla, entre serpentinas y Huari fría, fue tan crudo como sagrado. Me enfrenté a la lengua, los sesos… pero no a los ojos. Hay límites que mi curiosidad aún no se atreve a cruzar. Sin embargo, entendí que lo importante no era el qué, sino el cómo: compartir. Comer se volvió ceremonia.

Platos que narran historias

El charquekan, hecho de carne de llama seca, es uno de los más representativos del altiplano. En el restaurante El Puente, este plato —acompañado de mote, papas con cáscara, huevo cocido, una lonja de queso y llajua— ofrece un pedazo de historia en cada bocado.

En El Cedrón 100% Orureño, el “conejo estirado” (kui frito) llega con papa, camote, oca, plátano al horno, choclo y ensalada. Y en Bon Bar o Restaurante Nayjama, la estrella es la colita de cordero retostada al perol, aunque cualquier parte del cordero también es una buena opción. De hecho, yo me decanté por el brazuelo de cordero.

Pero si hay un lugar donde la identidad orureña se cocina a fuego lento es en la Plaza de La Ranchería. Allí, entre puestos humeantes, los chorizos de llama y res de Doña Rosita o Doña Anita llevan más de 40 años heredando sabor y saberes. Se cocinan en sus propios jugos y se sirven con mote blanco, pan con salsa y ensalada fresca, fieles a una receta heredada que guardan como secreto de familia.

Otro clásico callejero: los anticuchos de corazón de res, con papas nativas y ají picante, que en Doña Gladys alcanzan su máximo esplendor.

Y para quienes buscan algo curioso: Bravo’s Pizza ofrece una sorprendente pizza de charque que rompe esquemas sin perder raíces.

Dulces, bebidas y otros cariños

La comida en Oruro también se endulza. En Doña Dolly y en El Buen Gusto, las humintas de maíz molido con anís y queso son un complemento ideal para un café o un té caliente. Y si buscas algo más refrescante, el helado de canela —patrimonio no declarado pero esencial de la ciudad— se vende, por ejemplo, en el Mercado Fermín López o en el mirador de la Virgen. De color rojizo, acompañado (o no) de empanada de queso, es tradición que se derrite en la boca.

Para calentar cuerpo y alma, nada como un api orureño con pastel o buñuelo bien caliente. El Fermín López vuelve a ser buen punto de encuentro para este desayuno típico. Así lo fue para mí el jueves de la Anata Andina, acompañado por el investigador orureño Miguel Ángel Foronda Calle, quien me brindó el honor de ser voz protagonista en su videopodcast Calvario, en mi calidad de visitante extranjero del Carnaval.

Y claro, en Oruro, todo sabe mejor con una cerveza Huari en mano. Un buen lugar para tomarla es El Center, café histórico y punto de encuentro para locales, artistas y viajeros durante el Carnaval. Allí, entre fotos, brindis y abrazos, con el estruendo del Carnaval atravesando las paredes, compartí bonitos momentos con mi hermano Marcelo Meneses, quien me enseñó que hay sabores que también se capturan con la cámara.

Foster Food y El Center fueron “wasi” durante la celebración del Carnaval. Casa donde reponer fuerzas para seguir afrontando con energía renovada y estómago lleno las maratonianas jornadas carnavaleras.

Una reflexión final: no hay tiempo suficiente para tanto sabor

Recorrer Oruro durante el Carnaval es también aceptar que no hay tiempo ni estómago para probarlo todo. Pero quizá esa sea la enseñanza: dejarse llevar, no solo por lo que comes, sino por lo que compartes. Porque hay platos que se olvidan, y otros que te tatúan la piel desde el primer bocado. Como ese rostro asado entre serpentinas, como ese api con buñuelo entre colegas, como ese choripán después de una noche de fiesta; como esa sonrisa de quien te dice “hermano” sin haberte visto nunca antes.

Y así, entre locotos, charques, chorizos y canciones, uno entiende que la verdadera comida orureña no solo se mastica: se celebra.

De los pies de la “Mamita” a la Calle 13: la genuinidad del Carnaval de Oruro

“A la calle 13 yo me voy,
a la calle 13 a bailar La morenada;
La morenada en el carnaval,
siempre alegres con la gran central,
por la virgencita.”

🎶 Escucha la canción aquí

Para los orureños, y sobre todo para los fraternos y danzantes del Carnaval de Oruro, la Calle 13 no remite al famoso grupo musical de Puerto Rico. Aunque muchos de ellos podrían sentirse identificados con la fuerza simbólica de su tema “Latinoamérica” -que celebra la diversidad lingüística, espiritual y cultural de un continente- el sentido que tiene la Calle 13 en el Carnaval orureño está profundamente arraigado en la vivencia, la comunidad y la fe.

Bolivia se declara Estado Plurinacional, reconociendo que en su territorio coexisten múltiples naciones originarias que existían mucho antes de la llegada de los colonizadores españoles. Este carácter plural y profundo también se manifiesta en el Carnaval de Oruro, una de las expresiones religiosas y culturales más impactantes del continente, declarado Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la UNESCO en 2001.

En medio de esa inmensidad simbólica y espiritual que es el Carnaval, la Calle 13 se convierte en algo más que una simple calle. Es wasi, una casa temporal, un refugio simbólico donde se entrelazan la devoción, la celebración, el cansancio y la dicha. Es el espacio de reencuentro con los hermanos de fraternidad, con los amigos de siempre, con los de lejos que vuelven cada año. Allí se renuevan vínculos, se cuentan historias y se aligera el alma después del esfuerzo, una vez cumplida la promesa de danzar por la “Mamita” del Socavón.

Para un visitante que busca comprender en profundidad el espíritu del Carnaval, la Calle 13 ofrece una oportunidad privilegiada. Es el lugar donde lo sagrado y lo cotidiano se tocan, donde la solemnidad de la fe se transforma en alegría compartida. Entre anticuchos, rostro de cordero, charquekan y humitas, se cruzan las miradas de quienes han entregado cuerpo y alma al baile, y ahora, por fin, descansan. No es raro que, si vas con cámara en mano o simplemente con una sonrisa abierta, algún local te invite a una Huari —esa cerveza que también es símbolo de identidad— porque, como dice su lema, “una historia comienza con Huari”.

El Carnaval de Oruro no es solo música, danza y vestuario. Es, ante todo, peregrinación. Los danzantes recorren casi cuatro kilómetros desde la Avenida 6 de Agosto hasta llegar al Santuario del Socavón, donde se postran ante la imagen de la Virgen. Cada paso es parte de una promesa, de una fe íntima, muchas veces silenciosa. Bajo las pesadas máscaras de moreno, caporal o diablo, muchos confiesan sentir una extraña soledad: una especie de recogimiento interno en medio del estruendo de las bandas y el entusiasmo de los espectadores. Un espacio donde solo caben ellos y su Virgen.

Tal vez por eso, al llegar al final del recorrido, hablar, compartir, brindar, se vuelve urgente. La Calle 13 es ese espacio donde se libera la tensión, donde el cuerpo encuentra respiro y el alma se conecta con otros. Allí se descansa, pero también se renace. Quitarse las botas, el pechero, la careta, el maquillaje… es parte del ritual. Y también lo es levantar el vaso y mirar al cielo. Celebrar, pero con sentido.

Eso sí, hay que tener cuidado con el reloj detenido. Porque en la Calle 13, las Huari van y vienen, los abrazos se multiplican y las horas se escapan sin pedir permiso. Algunos pierden la cuenta, y en ese pequeño caos festivo también se revela otra cara del carnaval: la de la catarsis, la del exceso, la del desfogue necesario tras semanas —o meses— de ensayo, esfuerzo y entrega.

Para el visitante curioso y respetuoso, la Calle 13 es también una prueba de fuego. Para comprender de verdad lo que allí se vive, hay que despojarse de prejuicios. Hay que dejar en casa las ideas preconcebidas y abrirse a mirar con nuevos ojos. Entonces, los gestos cobran sentido: el compartir de un plato, la invitación espontánea, las risas entre desconocidos. Y el acto de “ch’allar”, esa costumbre ancestral de verter un sorbo de bebida a la tierra antes de beber, se revela como lo que es: un acto de gratitud a la Pachamama, una forma viva de espiritualidad que pervive en cada brindis.

El Carnaval de Oruro es único porque logra lo que pocos: entrelazar lo divino con lo humano, la devoción con la alegría, la tradición con la actualidad. Y la Calle 13 es uno de sus mejores espejos. Porque en sus aceras y puertas abiertas no hay artificio, sino verdad. Porque allí se come, se ríe, se llora y se recuerda. Porque allí, entre las brasas, las cervezas y las danzas, late, sin filtros, el corazón de Oruro.

Y si te dejas llevar, como me pasó a mí, puede que sin darte cuenta termines cumpliendo lo que dice la canción: A la calle 13 yo me voy, a la calle 13 a bailar La morenada.

Caretas con alma: la herencia artesanal de la familia Flores en el Carnaval de Oruro

En el corazón del Carnaval de Oruro, hay una tradición que no desfila sobre la ruta, pero que da rostro a su esencia: la elaboración de las caretas que coronan los trajes de los danzantes. Y dentro de ese universo artesanal, la familia Flores mantiene viva una herencia que combina técnica, historia y devoción.

Cuatro generaciones moldeando máscaras desde el yeso y el alma. Primero el abuelo, don Dionisio Flores, posteriormente don Cándido Flores, más tarde don Germán Flores y hoy, tras la muerte de Germán Flores en 2012 y de su hijo Fernando en 2018, doña Miriam Corrales –viuda de Germán–, su hijo Germán Flores y la esposa del hijo fallecido, Celia Capriles, siguen cultivando esta tradición artesanal que hace posible uno de los espectáculos enmascarados más multitudinarios del mundo.

Para conocer el trabajo de la familia Flores, es necesario alejarse del centro de la ciudad. En la Ciudadela Minera del barrio San José, muy cerca de la mina que lleva el mismo nombre, se encuentra el Taller de Máscaras Folclóricas El Quirquincho, como se puede leer en un enorme mural descolorido sobre la pared de una casa de tres plantas.

Dentro me reciben Germán Flores, una silenciosa doña Miriam Corrales y un perrito que, con sus tímidos ladridos ante presencia extraña, deambula por el taller. Respiro la carga de trabajo en estos últimos días previos a la celebración, porque Miriam Corrales, mientras la entrevisto, casi no levanta la vista de la máscara a la que está dando vida con una singular policromía. Es Germán Flores quien, amablemente, me dedica un valioso tiempo de su mañana para permitirme conocer mucho más sobre esta tradición artesanal que se resiste al «made in China».

Un arte que se transmite con las manos
“Desde niño, nuestros juguetes eran los moldes y el material que usaba mi padre”, me cuenta Germán Flores. Allí donde cuelgan dragones, plagas y diablos, la familia convierte la materia en símbolo. Las máscaras no se aprenden en talleres exprés: “Tendrías que haber nacido en una familia de mascareros. Es como aprender a pintar un cuadro, pero sin tener que pensarlo”.

Hoy, una nueva generación empieza a asomar. “Con que uno o dos nietos se interesen, mantenemos viva la tradición”. Porque, como recuerda doña Miriam Corrales, “me quedé con este legado de mi esposo, que era uno de los mejores mascareros, y hasta ahora sigo trabajando las máscaras”.

Caretas que narran leyendas
Las caretas del Carnaval de Oruro no son simples adornos. Representan una cosmovisión ancestral que se funde con la fe católica. “Antes de la llegada de los españoles no había demonios. Había dioses del alaxpacha (el mundo de arriba) y del manqhapacha (el mundo de abajo). La llegada de la colonia fusionó esas creencias y surgió el diablo como personaje principal del Carnaval”.

Cada máscara incorpora al menos uno de los elementos tradicionales: la víbora, el sapo, el lagarto o las hormigas. Las llamadas “cuatro plagas” que, según la leyenda, fueron derrotadas por la Ñusta Uru, una joven princesa andina, que posteriormente acabó fusionándose simbólicamente con la Virgen cristiana. “Eso es lo que nos liga con la historia y con la fe”, dice Germán.

Como recuerdan algunos estudios históricos, las máscaras se originan en la reinterpretación de las wak’as y apus andinos —deidades protectoras de la naturaleza— que con la colonización fueron identificados con el demonio cristiano. Así, el arte de la careta contiene un sincretismo cultural único en el mundo andino: una forma de resistir y resignificar.

Creatividad con raíces
La familia Flores-Corrales ha sabido preservar una estética única. “El diablo de Oruro no es un demonio del infierno. Es folclore. Es fe. Termina de rodillas ante la Virgen”, explica Germán. La combinación de policromía, simetría y elementos fantásticos da como resultado máscaras que se definen como “horriblemente hermosas”.

Algunos elementos visuales también tienen una historia sorprendente. “Ese dragón que ahora es parte habitual de las máscaras —me comenta Germán— surgió por influencia de un logo asiático que llegó a Oruro en envases de té en los años 30. Un danzarín pidió que su máscara lo incluyera y de ahí pasó al imaginario colectivo”.

Doña Miriam también lo vive desde el baile. Bisnieta del fundador de la Diablada Auténtica, aún participa en la liturgia con su ramo de flores en mano. “Parece que los orureños nacemos bailando la diablada”, dice con una sonrisa.

Tiempo, esfuerzo y evolución
Hacer una máscara no es tarea sencilla. “Con la técnica antigua podías tardar entre 15 y 20 días por máscara. Hoy, con fibra de vidrio, podemos terminar una en tres o cuatro días, sin perder el detalle”. Pero el tiempo y el esmero no son los únicos desafíos.

La economía también marca el ritmo del taller. “En Carnaval se gana bien, pero lo que ganas te dura un mes, con suerte dos. El resto del año hay que sobrevivir. Por eso también restauramos imágenes religiosas”. La familia sueña con poder proyectarse internacionalmente y consolidar un museo. “Tengo guardados los mejores trabajos de mi padre. No me gustaría que se pierdan”, me confiesa Germán Flores.

Sostenibilidad y adaptación
Los materiales también han evolucionado. “Antes usábamos vidrio de botellas y focos rotos para los ojos. Hoy usamos bombillas navideñas. En vez de fieltro, buscamos alternativas más livianas y resistentes”. Aun así, el objetivo sigue siendo el mismo: mantener el alma de las máscaras sin ceder a la lógica del consumo rápido.

Máscaras con fe
Para muchas familias, la careta es una promesa. Una ofrenda. “Hay danzarines que prefieren que su máscara pese más. Dicen que así purgan más sus pecados. Lo ofrecen a la Virgen del Socavón”, explica Germán. Y Miriam lo confirma con emoción: “Ella es nuestra madre. Hasta el trabajo nos llega por su intercesión. Yo la amo mucho”.

Verlas danzar: la mayor recompensa
Cuando le pregunto a Germán qué siente al ver sus máscaras en la entrada del Carnaval, no duda: “Esa es la mayor satisfacción. Ver tu trabajo ahí, que le saquen fotos, que salga en televisión… Eso paga más que el dinero”. En palabras de Miriam: “Apenas escucho las bandas, ya no sé cómo salir volando a ver. Es algo que no se puede explicar. Hay que vivirlo”.

Una tradición que quiere perdurar
A pesar de los retos económicos, tecnológicos y generacionales, la familia Flores sigue moldeando mucho más que yeso. Moldea identidad. Cultura. Historia. “No es solo una máscara —dice Germán—, es una parte de ti. Es tu sangre, tu infancia, tu fe. Es algo que no se puede dejar”.

Para Doña Miriam, la respuesta a por qué hay que venir a Oruro en Carnaval es sencilla: “Porque aquí se ve todo lo mejor en folclore y devoción. El sábado de entrada es puro corazón. Esto no se puede contar, hay que vivirlo”.

Después de casi dos horas en el Taller de Máscaras Folclóricas El Quirquincho, me marcho agradecido por haber podido conocer desde dentro el trabajo artesanal de una larga saga de careteros que, con cada pieza, siguen contribuyendo al alma del Carnaval de Oruro. Y también por haber confirmado que el verdadero arte, como la fe, necesita tiempo, memoria y manos que se niegan a olvidar.

No todo brilla en el carnaval de Oruro

El Carnaval también tiene cicatrices. Tiene desafíos que enfrentar y que no se pueden —ni se deben— ignorar. No todo es perfecto. Pero quizá ahí radique parte de su genuinidad: es un espejo de la existencia misma. Una celebración con claroscuros, con momentos de belleza y de crudeza que conviven en un mismo escenario, reflejo, al fin y al cabo, de la dualidad de la vida.

A través de estas líneas no busco hacer reproches, sino mostrar la otra cara de un amor profundo. Porque solo lo que se ama de verdad merece ser cuestionado con la misma pasión con que se celebra, aportando una mirada crítica y reflexiva. Estos problemas no opacan la grandeza del Carnaval de Oruro, pero sí lo tensionan. Y creo que parte de su futuro depende de asumirlos con honestidad y compromiso, para que la Obra Maestra reconocida por la UNESCO no pierda su esencia.

La cara luminosa: hospitalidad, sincretismo y herencia viva

Antes de hablar de las sombras, quiero detenerme en lo que me enamoró y que, para mí, sigue siendo el corazón luminoso de esta fiesta.

Desde mi minuto uno en Oruro, me sentí acogido como en wasi (casa, en quechua). Cómo olvidar, aun más de una década después, la generosidad de Gastón Salazar y Janeth Taborga, los tíos de mis anfitrionas en 2014, Mariel y Brenda, familia que me abrió las puertas para ofrecerme más que un techo: un hogar. O el afecto de Marcelo y Mari Teresa, en cuya casa fui uno más de la familia en 2025.

La hospitalidad orureña no se finge: se ofrece como un abrazo abierto que termina convirtiéndose en amistad. La familiaridad con la que me recibieron me hizo comprender que el Carnaval no se vive solo en las calles, sino también en las mesas compartidas, en las conversaciones nocturnas, en los brindis improvisados.

Por supuesto, la riqueza histórica, cultural, folclórica y patrimonial de la celebración es incuestionable. Lo vi y lo sentí en muchos niveles.

El sincretismo religioso palpita en cada rincón del Santuario del Socavón, ese templo que tiende un puente entre lo subterráneo y lo divino, entre el mundo minero y la espiritualidad mariana. Allí, la Virgen del Socavón se convierte en Mamita protectora, pero también sobreviven las wakas prehispánicas y la devoción al Tío de la Mina. En Oruro lo sagrado no se impone: convive, se mezcla, se resignifica.

La música, por su parte, es una sinfonía colectiva que atraviesa la ciudad y la transforma. Escuchar a más de doscientos músicos tocar de memoria, en un mismo bloque, con la fuerza del viento y la percusión, es una experiencia imposible de olvidar. La ciudad entera se convierte en un pentagrama andino que late a cielo abierto.

La creatividad también es un corazón que nunca deja de latir. Los artesanos bordan trajes durante meses; los careteros convierten el mito en máscara; los diseñadores, como Mónica Siles o Carla Pinky, apuestan por unir tradición y sostenibilidad. Hay belleza, pero también herencia viva que pasa de padres a hijos, de taller en taller. Cada puntada y cada pincelada cuentan una historia que en Oruro no muere: se reinventa.

La gastronomía, en medio de la vorágine carnavalesca, es otro capítulo central. El fricasé revitalizante en una jornada festiva, el rostro asado compartido entre serpentinas, los chorizos humeantes de la Ranchería, el api con buñuelo que reconforta tras una noche larga. En Oruro, la comida no es solo alimento: es identidad, comunidad, una manera de reafirmar quién eres y con quién compartes.

Y, finalmente, la ritualidad. Porque aquí todo, absolutamente todo, tiene un sentido más profundo. La ch’alla con cerveza y serpentinas en los negocios, el gesto de quitarse la máscara al entrar al Santuario, el arrodillarse frente a la Virgen después de kilómetros de danza… Son actos que van más allá del folclore: pactos íntimos con lo divino, con la tierra, con los antepasados. Para una mirada observadora como la mía, la gratitud allí no se proclamaba en voz alta: se practicaba en gestos pequeños, más poderosos que cualquier discurso.

Por eso, aunque el Carnaval de Oruro tenga sus problemas, sería injusto no reconocer que lo que lo sostiene, lo que lo hace único, es precisamente esa suma de sincretismo, música, creatividad, gastronomía y ritualidad. Sin ellos, sería una fiesta más. Con ellos, se convierte en herencia viva.

Sombras del Carnaval: alcohol, desorden y excesos

Pero sería deshonesto quedarme solo con esa visión idealizada. Hay realidades que incomodan y que también forman parte del Carnaval de Oruro. Como toda fiesta, también aquí hay cicatrices.

El consumo excesivo de alcohol es, quizá, la más visible de ellas. La venta sin control en comercios y puestos callejeros convierte las jornadas en un escenario donde la devoción convive con el exceso. No niego que el brindis forma parte de la celebración, ni que el acto de ch’allar —verter unas gotas a la tierra antes de beber— es un gesto de gratitud ancestral a la Pachamama. Pero la línea entre lo ritual y lo desmedido se cruza con demasiada facilidad. Y, conforme avanza el día, lo que empezó como alegría compartida acaba, en demasiadas ocasiones, convertido en descontrol.

El Carnaval de 2025 dejó una imagen que me cuesta borrar: “Joven pierde su dedo al saltar de una gradería del Carnaval de Oruro”. Titulares como este no solo estremecen: nos recuerdan que detrás del bullicio también hay irresponsabilidad, falta de control y dolor.

Ese mismo exceso desemboca en otro problema que se intensifica por la tarde y, sobre todo, en la noche del domingo: el desorden. El público invade el espacio destinado a los danzantes, generando interrupciones, empujones y caos en ciertos tramos del recorrido. A veces esa cercanía propicia momentos de comunión muy especiales entre público y bailarines; otras, se convierte en una molestia que rompe la solemnidad y la fluidez de la peregrinación.

Miradas superficiales y silencios oficiales

Tampoco puedo obviar otro fenómeno cada vez más presente: la avalancha de fotógrafos, creadores de contenidos e incluso pseudo periodistas que viajan a Oruro atraídos por la espectacularidad del Carnaval. La mayoría actúa con respeto, pero no faltan quienes atraviesan bloques de danzarines, irrumpen en momentos de recogimiento o se lanzan en busca de la mejor toma sin medir consecuencias. Lo más preocupante es el intrusismo de personas sin credenciales, que circulan con total impunidad y sin control alguno por parte de las autoridades.

Y aquí conviene recordarlo con firmeza: el espacio del danzarín es sagrado. Así me lo dijo Marcelo Meneses, Alma Tunante, con la serenidad de quien lleva fotografiando el Carnaval más de 15 años. Romperlo por una foto no solo es una falta de respeto: es una herida a la esencia misma de la fiesta.

Otra sombra tiene que ver con la mirada superficial con la que, demasiadas veces, se narra el Carnaval de Oruro. Muchos medios, influencers y creadores de contenido se quedan en la epidermis: en el color de los trajes, la espectacularidad de las coreografías, el bullicio que fascina a primera vista. Pocos se detienen a profundizar en lo que sostiene todo eso: las raíces históricas, la espiritualidad que lo atraviesa, el sincretismo que lo hace único, los símbolos que lo cargan de sentido o los retos sociales que lo tensionan.

Sin esa profundidad, la narración se queda incompleta, como una fotografía desenfocada. Estoy convencido de que cualquier persona que quiera documentar el Carnaval debería pasar, al menos una vez, por una charla con Mauricio Cazorla: escucharlo es aprender a mirar, a sentir y a contar el Carnaval con la hondura que requiere.

También hay sombras en lo más práctico. La dificultad para acceder a las autoridades es real, incluso para quienes viajamos con la intención de narrar el Carnaval con rigor periodístico. Conseguir entrevistas, datos fiables o cifras oficiales se vuelve una carrera de fondo. El primer contacto con autoridades como la Alcaldía de Oruro, el Secretariado de Turismo, el Viceministerio de Turismo o la Asociación de Conjuntos Folclóricos de Oruro (ACFO) suele ser sencillo, pero después todo se complica como si uno caminara por pasillos interminables. Tras insistir mucho, logré finalmente un informe con cifras del Carnaval de 2025. Sin embargo, incluso con el documento en mano, la sensación era clara: no se concede al análisis institucional ni al rigor estadístico la importancia que merecen. Muchas de las cifras de visitantes o del impacto económico que circulan en Internet son las mismas que se repiten desde hace más de una década, recicladas año tras año sin actualización ni contraste, como si ese dato permaneciese congelada en el tiempo.

El impacto ambiental y la lección del barrendero

Tampoco se puede obviar el impacto ambiental. Las calles, tras el paso de la fiesta, se convierten en un mar de basura: botellas, vasos, restos de comida… El esfuerzo de los equipos de limpieza es encomiable, pero insuficiente frente a la falta de civismo de muchos asistentes. Esa imagen duele, porque ensucia no solo el espacio físico, sino también el espíritu de una celebración que debería ser ejemplo de respeto.

Sin embargo, incluso en medio de esa sombra, encontré un destello que me conmovió. En el Carnaval de 2025, un trabajador de limpieza se robó todas las miradas: mientras recogía los desechos, lo hacía bailando al ritmo de la música, con una alegría contagiosa que convertía la rutina en espectáculo. Escoba en mano, demostraba que la pasión y la entrega pueden dignificar cualquier labor.

Pero no deberíamos quedarnos solo con la anécdota pintoresca. Si un barrendero tuvo que llamar la atención con su baile para que miremos lo evidente, es porque como sociedad seguimos fallando en lo básico: el respeto por el espacio común. El Carnaval de Oruro necesita con urgencia más educación cívica, campañas de sensibilización y un compromiso colectivo que vaya más allá de la fiesta. Porque la basura no es solo un problema estético: es un reflejo de nuestra responsabilidad —o de su ausencia— con la ciudad que nos acoge y con una tradición que merece ser cuidada en todos sus aspectos.

Amar con los ojos abiertos

El Carnaval de Oruro es, y seguirá siendo, una de las expresiones culturales y espirituales más fascinantes del mundo. Pero sería ingenuo pensar que todo en él brilla. Como las minas que dieron origen a la ciudad, también esta celebración tiene vetas abiertas que deben ser trabajadas con responsabilidad.

Amar el Carnaval es también exigirle. Reconocer sus sombras no le resta grandeza, sino que la fortalece. Porque solo lo que se mira de frente puede transformarse.

Para un viajero y periodista como yo, la enseñanza es doble: venir a Oruro no solo es dejarse deslumbrar por la música, los trajes y la devoción. Es también observar con conciencia crítica, preguntarse qué hay detrás de cada gesto, de cada exceso, de cada silencio.

Yo sigo enamorado del Carnaval de Oruro. Pero lo amo con los ojos abiertos. Y por eso lo celebro… y también lo cuestiono.